lunes, 9 de noviembre de 2015


Si pudiera hablar con Dios, le preguntaría por qué no hace nada con tanta injusticia sobre la Tierra, pero asumo que el me preguntaría lo mismo.
Si pudiera hablar con Dios le preguntaría a dónde estuve yo cada vez que vos llorabas, por qué me dejó tan lejos de la parada de tu colectivo. Si él solamente me respondiera a dónde estás en cada tarde de lluvia, iría volando como un suspiro tibio a darte el alivio innecesario tal vez, que tantas otras te han negado.
Si Dios acudiera a mis súplicas, sabrías cuánto caminé en búsquedas inciertas, argumentando que iba hacia algún lugar falso, cuando en realidad cada paso que amortiguaba mi caída era una excusa para irte a buscar.
Si pudiera hablar con Dios le pediría que no haga que mañana sea peor. Que no sea indiferente a los dolidos y a los ciegos, que les diera más primaveras a los hombres de traje gris.
Si pudiera decirle a Dios que todo lo que deseo es verdadero, que si me da la manzana no la voy a dejar madurar sin antes probar cada apetitoso bocado. Si supiera Dios, que ardería en cualquier infierno con tal de no perderte.
Si pudiera llorarle a Dios otros tantos lamentos, el sabría (o vos sabrías) que no encuentro ninguna flor en este barro, que los despojos de un amor saben amargos, que la rutina marchita más que cualquier invierno sombrío. Si Dios fuera de carne y hueso, el entendería lo que duele el sexo no probado. Lo que se puede sufrir estando acá varado.
Si Dios tuviera una línea telefónica, llamaría temblando hablándole de vos.
Si estaríamos ahora ahí reunidos con el Salvador, entonaría todas las canciones que no me animé esa vez. El escucharía, se apiadaría y me daría otra vuelta de tuerca para recuperar armonía y algún Fa mayor. Tu música es tan linda, yo soy tan sin color.
Si Dios me escuchara, no dudaría en darme otra vida, en la que no estemos lejos ni a la deriva. Cuántos kilómetros me alejaron de las metas, que sin faroles me daban el okey.
Ay si Dios supiera, que la esencia es tan sensible a las transmutaciones. Que las bendiciones son temporales y que lo terreno es tan mortal.
Ay, si el tiempo no pasara tan de prisa, si yo pudiera ser inmortal como vos, Dios.
Quizás cuando Dios me vea me haga más preguntas de las que yo pueda responder. Diría algo así como: ¿Dónde estabas cuando te llamaba? Cuando te di la manzana, ¿Por qué no la quisiste pelar? No sé Dios, yo le diría, iba confundida, no prestaba atención. El me va a mirar y va a tocarme la frente. “Ahora andá, volvé, dale un beso de buenas noches.” Yo le voy a decir que no, que quiero seguir viviendo. Ahí me desperté, en un diálogo confuso, llorando en medio del sudor.
Y te extraño, y no sé si Dios habrá extrañado alguna vez, pero es punzante, es inminente y doloroso ser mortal contemporáneo. Es indeseable sentirse afligido por cosas que ni si quiera se han vivido.
Deberíamos comer y dejar comer, me dirá Dios.


Si pudiera robarle unos favores, le pediría encontrarte esta noche, en cualquier bar. Suplicaría que me escuches y me mires, que vengas conmigo sin dudar. Yo no sé, si Dios escucha… Pero vos que sos mortal, que tenés piel y gorgojos como todos, deberías ser más cuidadoso con mi equilibrio mental. Aunque sea escuchame vos, si pudiera hablar con vos… Que sos mi Dios.