domingo, 19 de octubre de 2014

La parte de adelante

Un domingo del año 2005 tuve el casamiento del primo de mi mamá. El evento era al mediodía en un conocido hotel céntrico donde podíamos comer en cantidades, usar Internet ilimitado y disfrutar shows de magia de la mano de uno de esos magos que te llama a viva voz para participar cuando aún estás con el trozo de panqueque en la boca. Sin embargo, en ese evento las cosas eran maravillosas.
Entre el segundo plato y el postre hubo una de esas tandas de baile en las cuales con mis airosos catorce años me escapaba corriendo a la computadora de la entrada porque se podía usar la web "sin pagar". Estaba en eso muy concentrada ubicandome en la silla cuando me rescato de que había que poner una contraseña para el wifi, intenté algunas cosas lógicas como el nombre del hotel pero no funcionaba, entonces refunfuñando me levanté de mi cómodo asiento para dirijirme a la conserjería a solicitar la contraseña correcta. Estaba justo acercándome a la recepción cuando un hombre salió del ascensor próximo haciendo barullo.

-El diario de hoy, ¿puede ser?

Dijo ésto y ubicó los codos en el mármol de la recepción tal cual estaba yo. Giré mi cabeza como sobresaltada por la voz que estaba escuchando y lo miré fijamente durante algunos segundos. No podía ser. Los lentes de sol le cubrían el rostro ampliamente, la campera de cuero era abotonada hasta el cuello y una de sus manos estaba tapándole la mitad de la cara. Los rulos estaban intactos. Tomó el diario, lo hojeó rápidamente y se disponía a retirarse malhumorado cuando se me prendió fuego el corazón... no sé si le grité o si lo tomé del brazo, o si tartamudeé pero hice que se quedara frente a mí por unos minutos escuchando mis altibajas emociones fanáticas. He aquí el diálogo que ha quedado en mi cabeza; cabe aclarar que es casi cien por ciento fiel al original debido a que estuve repitiéndome esa secuencia en mi mente casi todos los días. 

-Eh...vos... ¿Sos...?
- ...
- Sos... sos... sos Andrés, Andrés Calamaro?
- Ajá.
- Pero... pero, pará pará no te vayas. Te quería decir que... Vos sos... Andrés, y bueno, yo... para ser sincera... soy fanática tuya y... Si podía ser que me hagas un autografo tuyo, o dos, mejor...
- Acá te hago uno, después sacale fotocopias...
(...)
- No, que sean dos, por favor... 
- A ver... Dame ese papelito.
- Es que... en realidad me enamoré de tus canciones porque el chico que me gusta es fanático... y, el día que lo conocí... me parece que... estaba como... estaba como tarareando un tema tuyo y yo... justo lo vi, y el me miró y a partir de ahí... pero... sos vos... y yo... Andrés, si no es mucha molestia te quería pedir si podías...  uno para mí y otro para él porque... el y yo... nos gusta... 
- ¿Cuál tema mío tarareaba?
- Flaca.
- Ah.
- Es tu novio?
- No sé.
- Acá están los dos, espero que no te arrepientas.

Él se fue con su diario al ascensor, no vi qué piso marcaba pero me quede mirando la puerta de metal cerrada durante un largo tiempo, con la tarjeta de invitación del casamiento en la mano, autografiada por Andrés Calamaro, los ojos llenos de lágrimas y una frase que me retumbó toda la vida en la cabeza.

¿" Espero que no te arrepientas"?
Pasaron los años y comenté la anécdota con muchas personas, tratando de buscarle un sentido a lo que yo creía era un regalo, un tesoro del salmón, que no podía desperdiciar. La mayoría de la gente a la que interpelaba con mi historia me decía que no me vuele la cabeza, que probablemente tiró una frase cualquiera, producto de su resaca y su domingo de estado calamitoso, que no me enrosque en esas cosas, que seguramente era un decir, que no había nada detrás de eso.

Pasaron nueve años y algunos meses, la frase no se me borró de la memoria jamás. 
El autógrafo mío lo tengo guardado en un portaretrato como una gran reliquia, el otro lo regalé con total emoción a la persona para la cual lo había pedido. Él quizás lo haya guardado también, o quizás lo haya prendido fuego junto a todas mis pertenencias una vez terminada nuestra relación adolescente.
Ahora lo vuelvo a ver, nueve años después de nuestro enamoramiento ofuscado y voraginoso, como si nunca hubiera existido el pasado, nos sentamos en una mesa al aire libre debajo de un jacarandá. Después de algunas banalidades, me contó que estaba aprendiendo a tocar un tema en la armónica.

-¿Qué tema? - le pregunté recorriendo con la mirada sus comisuras.
- La parte de adelante, de Andrés. - Me dijo con una sonrisa.

Ahí entendí lo que posiblemente significaba, lo que había significado todo este tiempo... 
Tras varios caminos truncos que jamás nos cruzaron durante casi una década, ahora está enfrente mío el mismo que no me dejaba dormir, ahora estamos debajo de la luna y el jacarandá y ya no somos adolescentes. Yo lo examino nostálgica mientras él habla de su vida, de la mía, de nuestras cosas, (o de las cosas que nunca fueron nuestras) y de ausencias profundas que ya ni duelen. 
Quizás tardé mucho en darme cuenta, o quizás hasta hoy no había entendido a Calamaro, pero... como sea, lo tengo frente a frente muchos años después y recuerdo tu frase, Andrés.
 Quedate tranquilo! Creo que nunca me arrepentí.


miércoles, 8 de octubre de 2014

somos como el cielo



Somos como el cielo quizás también.
Amenecemos algunas veces, y otras nos resignamos al ocaso.
Nos sale el sol por las venas, pero también oscilamos tempestades.
Garuamos finito y llovemos con furia (ay! cómo llovemos).
También nos nublamos y nos estrellamos, nos resguardamos solos como la luna o brillamos como las constelaciones inalterables.
Quizá también atardecemos, nos caemos como el sol,
quizás largamos rayos y gruñimos como el trueno.
A veces somos agua, otras partículas de polvo.
También levitamos y nos condensamos,
nos volvemos duros para luego caer en forma de graniso...
Nos permitimos ser cálidos como el alba o fríos como el anochecer.
También nos llenamos de neblina, explotamos cuando nos choca la nube, y nos escondemos cuando preferimos eclipsar...
Somos como el cielo quizás también.
Ahora estamos lloviendo.




domingo, 5 de octubre de 2014

De demonios y otras piedras

Mi anillo de malaquita había sido diseñado aparentemente por y para mí (sin sacarle crédito al amable artesano que casi me lo regala por mi emoción atolondrada al encontrarlo).
Apenas adquirí mi nuevo tesoro de 50 pesos, volví contenta a mi casa mostrándo a todos mi piedra de la suerte. Mi novio me observaba feliz poniendo el anillo en una vasija de barro con agua y sal, en una mesada del jardín.

Sé por aficionada a las piedras que cada una posee una energía particular, que debe ser estimulada. Esa energía se proyecta en la persona que las posee y conserva, así como la energía de esta persona transmite energía a la piedra en cuestión. Apenas adquirís una piedra, debes "lavarla" con agua y sal, colocándola al aire libre, a la intemperie, durante 24 horas aproximadamente. La piedra tiene que contactarse con la noche y con el día en partes iguales. Se llama "baño de sol y luna" y lo aprendí recolectando relatos por ahí.

Me lo explicaron de esta manera: "Es como un viaje cósmico que emprende la piedra para luego regresar a la Tierra y transmitir de mejor manera todo su potencial".
En este viaje me emprendí con mi nueva compañera verde mar. La puse al sol, la deje reposar durante la luna, y quizás la deje más tiempo de lo previsto porque quería que se cargue de la mejor manera posible para que me acompañe con fuerza. Soy un poco crédula, lo sé, pero cuando yo creo en algo, lo creo con toda mi voluntad.

Pasaron dos días y fui a buscar mi preciado objeto al patio, sabiendo que ya estaría lista para viajar conmigo. Cuando me acerqué a la vasija de barro tuve el peor de los hallazgos. No estaba más. Mi anillo de malaquita no estaba en el piso, ni en la vasija, ni en la mesada, ni lejos, ni cerca, ni dentro de mi casa, ni había sido comido por mi perra. No estaba casi como una desaparición fantasmagórica. Revolví todos los rincones, macetas y flores. Entré a mi pieza a buscar el sobrecito donde estaba envuelta la primera vez que la vi. Quizás se me había olvidado dejarla reposar por descuido. Quizás alguien la había agarrado. Interrogué a todos, nadie sabía nada de mi tesoro. 


Una vez, en otro relato de esos simples que me gustan a mí, mi amiga Cecilia que sabe de estas cosas me había dicho: "Es loco esto de las piedras, cuando no quieren quedarse en un lugar se van. Puede tener que ver con la energía de la persona que las tiene o puede que ya no quieran estar ahí. Pero una piedra energética, jamás se queda donde no quiere estar". Ella me había enseñado lo del baño de luna y sol, e inmediatamente recordé estas palabras.


Al otro día vi a Cecilia y casi con tristeza le conté lo sucedido con mi malaquita. Desapareció, se fue, ella, con el anillo, con mis ganas de estrenarlo, con el amor que entregué durante la preparación de su baño en agua y sal, con todo, había desaparecido. Yo estaba enojada con la piedra y dudando seriamente por qué no había querido quedarse conmigo. Le pregunté a mi amiga muy preocupada, si acaso yo tenía mala energía.


Cecilia me miró sonriendo mientras yo explicaba el suceso con manos y gesticulaciones.


"No lo tomes como que se desprendió de vos, entendé que quizás le gusto mucho el baño de luna que le preparaste. Se fue de viaje y no volvió. Donde esté, te agradece".


Ese día comprendí que nada es de nadie, ni aunque lo compres, ni aunque te lo regalen, ni aunque lo obligues. Ninguna piedra es de la suerte ni ninguna atadura debería forzarse. Cuando más amarras algo, más deseos tendrá de desprenderse.

 La piedra malaquita no es mía, pero sigue siendo mi preferida y ahora está viajando por el cosmos.



De piedras y otros demonios II

Con el paso del tiempo cambian muchas cosas de uno, menos la esencia. ¡Ah la inquebrantable esencia!
Siempre las piedras me han sido enigmáticas. Me resultan, incluso, un curioso elemento natural que no sirve para nada y justamente ahí, en la simpleza de este fenómeno, creo yo, reside su magia.
Las piedras son extractos de algo mucho más grande, que se ha roto, se ha desprendido y que jamás sabremos cuánto hace o por qué se han alejado de la masa que las contenía.
A algunas piedras las trae el mar, a otras la energía del viento. Hay piedras que se desprenden de acantilados, montañas, volcanes y precipicios. Hay otras que nadie sabe quién las ha puesto allí, pero ahí están. No deja de ser curioso.
Cuando era una niña pensaba seriamente en el uso de las piedras mientras las limpiaba con afán en la casa de mi tía abuela. Ninguno. Esa era la única respuesta que encontraba. No me interesaba.
De grande quizás comprendí que se usan para hacer construcciones, algunas herramientas también han nacido primeramente de alguna de estas deliciosas criaturas. Obras de arte, tallados, grabados y demás. Ahora las observamos con frecuencia en pulseras, collares, anillos y llaveros.
Las piedras me entusiasmaban y me intrigaban como nada en el mundo.

Hace algunos meses, (algunos largos meses que no sé si llegan a devenir en año) yo estaba caminando distraída por una feria artesanal junto al río de mi ciudad. Miraba agendas en un puesto, títeres en el otro, en el siguiente había mermeladas y especias, otro muy lindo con bijou en macramé, y cosas de estilo que me alegran la vista algunos domingos otoñales.

Caminaba junto a mi novio lenta y cuidadosamente para no perdernos detalle. A él le encantaban ese tipo de espectáculos callejeros y gratuitos. (Igual creo que a mí me gustaban mucho más). Las horas se me desvanecían mirando y re-mirando todo lo que se me presentaba de un puesto a otro.
En uno de esos arrebatos del destino nos topamos con un puesto precioso de orfebrería en alpaca. Ahí me detuve. El siguió caminando sin notarlo. Como sucedía siempre, cuando se daba cuenta de mi ausencia suponía que me había quedado atrás charlando con alguno buen vendedor o haciéndole preguntas a la chica que fabricaba sahumerios riquísimos.
Ese día no me había detenido a charlar, ¡había encontrado MI piedra!
Años atrás, cuando supe que la malaquita era para mí, jamás había visto una en vivo y en directo, solamente había encontrado algunas imágenes ilustradas en un diccionario antiquísimo que solía consultar cada vez que tenía curiosidad infantil. Luego, pasaron los años y me olvidé de cómo era mi piedra de la suerte y también de cuales eran sus propiedades. No supe dónde encontrarla o ella no supo donde encontrarme a mí. Hasta ese día en la feria de artesanos.
Un anillo bellísimo estaba mirándome desde un paño rojo colocado cuidadosamente sobre una tabla de madera sin patinar. El chico que estaba tras ese paño parecía muy simpático. Trabajaba la alpaca en ese mismo instante, con unas herramientas y maquinarias pequeñas que ignoré por completo. Me detuve a mirar el anillo que sostenía casi abrazando una hermosa piedra verde pequeña. Tenía distintos valores de verde, algunos en horizontal, otros un poco oblicuos, algunos verdes eran como el mar, otros como alguna copa de pino. Primero me fasciné con esos colores chorreados desprolijamente sobre algo tan pequeño. Parecía que alguien la había pintado a mano en un soplido. Me acerqué para mirarla de cerca y ahí recordé. Las imágenes se me vinieron a la mente en un instante y pude recordar el día que me dijeron que mi piedra era la malaquita, como el traje de la tortuga de la canción.
Instantáneamente supe que era para mí sin saber por qué. Después, como en un acto milagroso comprendí que era una malaquita, que era mía de verdad.
Recuerdo que el anillo salía $70 y que en ese momento era algo caro para mi presupuesto. Llamé con las manos a mi novio que me miraba desde lejos como preguntándome qué hacía ahí tanto tiempo. El vino hacia mí. Le conté todo lo que sabía de esa piedra, que no entendía cómo pero que era mía, que es mi favorita y que encima yo soy su favorita, que sus colores, que mi signo, que la suerte y no se cuántas cosas más. Conté todo presurosamente, casi sin respirar, como una niña que se enfrenta a su super héroe favorito.

El artesano me miró con ternura o algo así, y me dijo que por $50 me lo llevaba.
Mi novio sacó un billete y pidió que me lo envolvieran bien.
Mi sonrisa alcanzaba el cielo.




De piedras y otros demonios

Cuando yo tenía siete años tenía un hobby. En realidad tenía muchos pero había uno en particular que esperaba muy ansiosa.
Mi tía Nieves vivía en ese momento a la vuelta de mi hogar. Su casa era muy grande y siempre tenía olor a muebles lustrosos o a algún tipo de madera cítrica. Tenía ambientes amplios, un living con muchas sillas alrededor de una mesa larga que parecía haber salido de otro siglo, una escalera que invitaba a subir y un enorme piano en la sala principal que me encantaba tocar cuando nadie me veía. Arriba del piano estaba colocado un florero precioso, que siempre me daba la sensación de que se estaba por romper solo.
Pasando el living había una pequeña cocina con una puertecita que daba a un patio pequeño donde estaba Sheimy, una dálmata bastante agradable que mi tía encerraba para que "no me moleste" mientras yo hacía mi trabajo.
Yo tocaba el timbre algunos sábados por la tarde (casi siempre en verano). Recuerdo que la puerta de calle era blanca con rejas negras y tenía un llamador de bronce que estaba adherido a la puerta y no se podía hacer sonar. De todos modos mi tía me aguardaba casi detrás de la puerta o estaba ya esperando en el umbral mi visita vespertina.
Yo llegaba, la saludaba, e íbamos a la cocina a tomar mates con galletitas. Charlábamos de cosas de niños y también de cosas de adultos. A mi tía le encanta contar anécdotas de viaje. Yo miraba con los ojos bien abiertos mientras ella me comentaba: "las coyas que viven en el Norte son bastante sucias. Una vez me encontré a una orinando en la calle. Se levantó la pollera y largó el chorro, así sin más. Después no se limpió con nada y siguió caminando".
Terminada mi merienda íbamos juntas a la sala. Yo me sentaba en una de las sillas con enormes respaldos y mi tía me traía la bandeja de la fortuna. Casi siempre tenía que ponerme un almohadón para que logre alcanzar la mesa, aunque mis piernas quedaban colgando.
La bandeja constaba de un tesoro que me encantaba cuidar. Desparramadas formando círculos había piedras preciosas (no por su valor, sino porque de verdad eran preciosas). Había de todos los tamaños, clases, formas y colores. Estaban las pequeñas gemas redonditas, las rosas morganítas, las cristal de cuarzo que eran transparentas, algunas negras y azul profundo que no recuerdo el nombre pero eran mis favoritas. Algunas eran magmáticas, otras habían sido recolectadas del pie de alguna montaña. Todas eran maravillosas. Había también de las "caras": malaquita, zafiro, turquesa y ámbar, entre las únicas que recuerdo. Algunas tenían como un agujero infinito en el centro que te hacía observar hacia adentro una y otra vez hasta que te dabas cuenta que era imposible encontrar el fondo de la cuestión. Parecía que en su interior había un montón de secretos, casi como en el hueco de un caracol. (Cuantos secretos que caben en el fondo de una caracola o de una piedra hueca, casi todos los que caben dentro del mar).
Mi tía me acercaba un trapo, un Blem para lustrar cada uno de mis tesoros y algunos otros productos que las dejaban relucientes sin demandar demasiado trabajo. A veces adentro se les hacía telaraña, a veces se alojaban bichitos extraños entre piedra y piedra. Yo me sentía una médica durante una cirujía. Extraía todos los agentes patógenos (pelos, bichos, telas de araña, polvo, cenizas, o lo que sea) con un plumerito pequeño. Luego las observaba con detenimiento una por una hasta quedarme tranquila de que todo esté bajo control. Ahí comenzaba el proceso de limpieza con Blem y otros rociadores que dejaban rico aroma a todas mis pequeñas obras de arte. Las lustraba lentamente, las soplaba, les tiraba mi aliento y las volvía a lustrar incansablemente hasta que se les note el brillo a las que debían brillar, y se les note lo opaco a las que debían ser opacas. Yo me conocía todos los secretos de cada piedra, a algunas no se les podían aplicar ciertos productos, a otras no se las podía mojar y estaban las que ni siquiera podrían soportar el peso de un trapo sobre ellas. con un soplido bastaba para conformarlas.
Lamentablemente aunque haga esfuerzos sobrehumanos, hoy en día no recuerdo ni la mitad de esos secretos. Se perdieron en algún lugar de mi memoria al igual que mi hobby favorito.
Mi tía me acompañaba a hacer mi tarea, me ayudaba y me charlaba. Me contaba la historia de cada una de ellas y juntas buscábamos en el diccionario ilustrado las propiedades y los significados de las que más me gustaban. Supe que la piedra perteneciente a mi signo era la malaquita, que llevaba distintas tonalidades de verde. El día que me enteré de dicha astucia le dije contenta: "tía, ¡Mi piedra es como el traje de Manuelita!"
Pasadas las horas, la bandeja entera quedaba organizada, acomodada algunas veces por color, otras veces por forma, otras veces las piedras eran clasificadas según tamaño y otras por lugar de procedencia. Yo cada sábado decidía cómo quería ubicarlas y por qué. Hasta que yo no volvía a la semana siguiente, nadie tocaba mis piedras. Eran mi tesoro, así lo veía yo.
Cuando me iba le pedía a mi tía por favor que nadie las cambie de lugar ni las limpie hasta que yo regrese. Cuando tardaba más de una semana en ir a visitarla, ella me llamaba para avisarme que estaban sucias y que me extrañaban. Yo me sentía muy importante y dejaba todo lo que estaba haciendo (viendo algunos dibujos animados o haciendo alguna tarea de Lengua) para dirigirme campante a la vuelta de la esquina a realizar mi actividad favorita de la mano de mi tía Nieves.
Han pasado 15 años (quizás más o quizás menos), y por esas cosas caprichosas que tiene el crecer, he olvidado muchas cosas que había aprendido durante esas tardes de verano. Sin embargo, cuando paso por alguna feria de artesanos, o algún local de alfarería, las veo allí tan bonitas y relucientes que me detengo y las examino, les sonrío, le hago consultas al vendedor y vuelvo casi a oler el aroma a madera que pregonaba la casa enorme de mi querida tía.
Hoy mi mamá me comentó al pasar: "Es 5 de octubre, ¡es el cumpleaños de la tía Nieves!", y por un segundo tuve el deseo incontrolable de ir a tocarle el timbre, darle un abrazo grande y disponerme contenta a limpiar sus piedras.