Cuando yo tenía siete años tenía un hobby. En realidad tenía muchos pero había uno en particular que esperaba muy ansiosa.
Mi tía Nieves vivía en ese momento a la vuelta de mi hogar. Su casa era muy grande y siempre tenía olor a muebles lustrosos o a algún tipo de madera cítrica. Tenía ambientes amplios, un living con muchas sillas alrededor de una mesa larga que parecía haber salido de otro siglo, una escalera que invitaba a subir y un enorme piano en la sala principal que me encantaba tocar cuando nadie me veía. Arriba del piano estaba colocado un florero precioso, que siempre me daba la sensación de que se estaba por romper solo.
Pasando el living había una pequeña cocina con una puertecita que daba a un patio pequeño donde estaba Sheimy, una dálmata bastante agradable que mi tía encerraba para que "no me moleste" mientras yo hacía mi trabajo.
Yo tocaba el timbre algunos sábados por la tarde (casi siempre en verano). Recuerdo que la puerta de calle era blanca con rejas negras y tenía un llamador de bronce que estaba adherido a la puerta y no se podía hacer sonar. De todos modos mi tía me aguardaba casi detrás de la puerta o estaba ya esperando en el umbral mi visita vespertina.
Yo llegaba, la saludaba, e íbamos a la cocina a tomar mates con galletitas. Charlábamos de cosas de niños y también de cosas de adultos. A mi tía le encanta contar anécdotas de viaje. Yo miraba con los ojos bien abiertos mientras ella me comentaba: "las coyas que viven en el Norte son bastante sucias. Una vez me encontré a una orinando en la calle. Se levantó la pollera y largó el chorro, así sin más. Después no se limpió con nada y siguió caminando".
Terminada mi merienda íbamos juntas a la sala. Yo me sentaba en una de las sillas con enormes respaldos y mi tía me traía la bandeja de la fortuna. Casi siempre tenía que ponerme un almohadón para que logre alcanzar la mesa, aunque mis piernas quedaban colgando.
La bandeja constaba de un tesoro que me encantaba cuidar. Desparramadas formando círculos había piedras preciosas (no por su valor, sino porque de verdad eran preciosas). Había de todos los tamaños, clases, formas y colores. Estaban las pequeñas gemas redonditas, las rosas morganítas, las cristal de cuarzo que eran transparentas, algunas negras y azul profundo que no recuerdo el nombre pero eran mis favoritas. Algunas eran magmáticas, otras habían sido recolectadas del pie de alguna montaña. Todas eran maravillosas. Había también de las "caras": malaquita, zafiro, turquesa y ámbar, entre las únicas que recuerdo. Algunas tenían como un agujero infinito en el centro que te hacía observar hacia adentro una y otra vez hasta que te dabas cuenta que era imposible encontrar el fondo de la cuestión. Parecía que en su interior había un montón de secretos, casi como en el hueco de un caracol. (Cuantos secretos que caben en el fondo de una caracola o de una piedra hueca, casi todos los que caben dentro del mar).
Mi tía me acercaba un trapo, un Blem para lustrar cada uno de mis tesoros y algunos otros productos que las dejaban relucientes sin demandar demasiado trabajo. A veces adentro se les hacía telaraña, a veces se alojaban bichitos extraños entre piedra y piedra. Yo me sentía una médica durante una cirujía. Extraía todos los agentes patógenos (pelos, bichos, telas de araña, polvo, cenizas, o lo que sea) con un plumerito pequeño. Luego las observaba con detenimiento una por una hasta quedarme tranquila de que todo esté bajo control. Ahí comenzaba el proceso de limpieza con Blem y otros rociadores que dejaban rico aroma a todas mis pequeñas obras de arte. Las lustraba lentamente, las soplaba, les tiraba mi aliento y las volvía a lustrar incansablemente hasta que se les note el brillo a las que debían brillar, y se les note lo opaco a las que debían ser opacas. Yo me conocía todos los secretos de cada piedra, a algunas no se les podían aplicar ciertos productos, a otras no se las podía mojar y estaban las que ni siquiera podrían soportar el peso de un trapo sobre ellas. con un soplido bastaba para conformarlas.
Lamentablemente aunque haga esfuerzos sobrehumanos, hoy en día no recuerdo ni la mitad de esos secretos. Se perdieron en algún lugar de mi memoria al igual que mi hobby favorito.
Mi tía me acompañaba a hacer mi tarea, me ayudaba y me charlaba. Me contaba la historia de cada una de ellas y juntas buscábamos en el diccionario ilustrado las propiedades y los significados de las que más me gustaban. Supe que la piedra perteneciente a mi signo era la malaquita, que llevaba distintas tonalidades de verde. El día que me enteré de dicha astucia le dije contenta: "tía, ¡Mi piedra es como el traje de Manuelita!"
Pasadas las horas, la bandeja entera quedaba organizada, acomodada algunas veces por color, otras veces por forma, otras veces las piedras eran clasificadas según tamaño y otras por lugar de procedencia. Yo cada sábado decidía cómo quería ubicarlas y por qué. Hasta que yo no volvía a la semana siguiente, nadie tocaba mis piedras. Eran mi tesoro, así lo veía yo.
Cuando me iba le pedía a mi tía por favor que nadie las cambie de lugar ni las limpie hasta que yo regrese. Cuando tardaba más de una semana en ir a visitarla, ella me llamaba para avisarme que estaban sucias y que me extrañaban. Yo me sentía muy importante y dejaba todo lo que estaba haciendo (viendo algunos dibujos animados o haciendo alguna tarea de Lengua) para dirigirme campante a la vuelta de la esquina a realizar mi actividad favorita de la mano de mi tía Nieves.
Han pasado 15 años (quizás más o quizás menos), y por esas cosas caprichosas que tiene el crecer, he olvidado muchas cosas que había aprendido durante esas tardes de verano. Sin embargo, cuando paso por alguna feria de artesanos, o algún local de alfarería, las veo allí tan bonitas y relucientes que me detengo y las examino, les sonrío, le hago consultas al vendedor y vuelvo casi a oler el aroma a madera que pregonaba la casa enorme de mi querida tía.
Hoy mi mamá me comentó al pasar: "Es 5 de octubre, ¡es el cumpleaños de la tía Nieves!", y por un segundo tuve el deseo incontrolable de ir a tocarle el timbre, darle un abrazo grande y disponerme contenta a limpiar sus piedras.

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