lunes, 9 de noviembre de 2015


Si pudiera hablar con Dios, le preguntaría por qué no hace nada con tanta injusticia sobre la Tierra, pero asumo que el me preguntaría lo mismo.
Si pudiera hablar con Dios le preguntaría a dónde estuve yo cada vez que vos llorabas, por qué me dejó tan lejos de la parada de tu colectivo. Si él solamente me respondiera a dónde estás en cada tarde de lluvia, iría volando como un suspiro tibio a darte el alivio innecesario tal vez, que tantas otras te han negado.
Si Dios acudiera a mis súplicas, sabrías cuánto caminé en búsquedas inciertas, argumentando que iba hacia algún lugar falso, cuando en realidad cada paso que amortiguaba mi caída era una excusa para irte a buscar.
Si pudiera hablar con Dios le pediría que no haga que mañana sea peor. Que no sea indiferente a los dolidos y a los ciegos, que les diera más primaveras a los hombres de traje gris.
Si pudiera decirle a Dios que todo lo que deseo es verdadero, que si me da la manzana no la voy a dejar madurar sin antes probar cada apetitoso bocado. Si supiera Dios, que ardería en cualquier infierno con tal de no perderte.
Si pudiera llorarle a Dios otros tantos lamentos, el sabría (o vos sabrías) que no encuentro ninguna flor en este barro, que los despojos de un amor saben amargos, que la rutina marchita más que cualquier invierno sombrío. Si Dios fuera de carne y hueso, el entendería lo que duele el sexo no probado. Lo que se puede sufrir estando acá varado.
Si Dios tuviera una línea telefónica, llamaría temblando hablándole de vos.
Si estaríamos ahora ahí reunidos con el Salvador, entonaría todas las canciones que no me animé esa vez. El escucharía, se apiadaría y me daría otra vuelta de tuerca para recuperar armonía y algún Fa mayor. Tu música es tan linda, yo soy tan sin color.
Si Dios me escuchara, no dudaría en darme otra vida, en la que no estemos lejos ni a la deriva. Cuántos kilómetros me alejaron de las metas, que sin faroles me daban el okey.
Ay si Dios supiera, que la esencia es tan sensible a las transmutaciones. Que las bendiciones son temporales y que lo terreno es tan mortal.
Ay, si el tiempo no pasara tan de prisa, si yo pudiera ser inmortal como vos, Dios.
Quizás cuando Dios me vea me haga más preguntas de las que yo pueda responder. Diría algo así como: ¿Dónde estabas cuando te llamaba? Cuando te di la manzana, ¿Por qué no la quisiste pelar? No sé Dios, yo le diría, iba confundida, no prestaba atención. El me va a mirar y va a tocarme la frente. “Ahora andá, volvé, dale un beso de buenas noches.” Yo le voy a decir que no, que quiero seguir viviendo. Ahí me desperté, en un diálogo confuso, llorando en medio del sudor.
Y te extraño, y no sé si Dios habrá extrañado alguna vez, pero es punzante, es inminente y doloroso ser mortal contemporáneo. Es indeseable sentirse afligido por cosas que ni si quiera se han vivido.
Deberíamos comer y dejar comer, me dirá Dios.


Si pudiera robarle unos favores, le pediría encontrarte esta noche, en cualquier bar. Suplicaría que me escuches y me mires, que vengas conmigo sin dudar. Yo no sé, si Dios escucha… Pero vos que sos mortal, que tenés piel y gorgojos como todos, deberías ser más cuidadoso con mi equilibrio mental. Aunque sea escuchame vos, si pudiera hablar con vos… Que sos mi Dios.

jueves, 22 de octubre de 2015

BROOKLING BRIDGE

Sé que estás despierto.
Ya pasó la hora acordada.
Nunca voy a saber si estuviste ahí.
Algunas veces pienso que sí, otras que no.
Como sea, yo no estuve.
Sé que estás despierto porque a las doce de la noche tendríamos que haber dado el gran salto. No lo di.
¿Lo habrás dado solo?
El puente de Brooklyng era el testigo. Ahí teníamos que estar el viernes 23 de octubre de 2015. Dos días después de que Mc Fly llegaba al futuro en un día de lluvia. La idea era congelar el pasado en el reloj minucioso de nuestras vidas y llegar al futuro sin intervalos, sin rencores. La idea era llegar a hoy, esperar a que llueva, encontrarnos en el puente como si no hubiera corrido agua por debajo de él.
Sé que estás despierto, sé que fuiste. Sé que me esperaste y pensaste que quizás, yo llegaría demorada como siempre. O pensaste que al no tener mi número, ni yo el tuyo, me encontraría en algún lugar cercano mirando entre la gente a ver si te reconocía. Sé que esperaste hasta esta hora mi llegada. Sé que quizás todavía estés ahí esperando la lluvia y mirando el celular, cansado del viaje, cansado del recorrido sin sentido que acabás de hacer, cansado de mi indecisión, de mi no decisión. Sé que estás mirando el reloj que te regalé, una y otra vez, esperando verme llegar entre los yankees apurados. Sé que tenés la camisa azul y seguramente llevás la mochila con varios libros adentro. Sé que estás pensando que no conseguí el dinero para viajar, que no obtuve la VISA, que me dio pánico el vuelo, que no tuve el valor.
La promesa era clara. Si pasados dos años de nuestra separación, no conseguíamos el olvido, ni el desamor, estaríamos ahí a las doce de la noche debajo del puente. Si lográbamos perdonarnos el uno al otro, si estábamos convencidos de que no habría jamás otro amor de nuestras vidas, iríamos a Estados Unidos, tomaríamos el tren, llegaríamos a Brooklyng a las doce de la noche, hora de USA y nos abrazaríamos como si no hubiera existido nada malo entre los dos.
Sé que era una idea preciosa. De hecho, la idea más maravillosa que se me ha ocurrido en la vida. Sé que el día en que te lo dije me juraste que estarías ahí, que estabas seguro de que era un error, pero que preferías esperar estos dos años para ver qué ocurría con el tiempo, qué curaba y qué no.
Sé que estás despierto mirando a los autos correr a mil, sé que no comiste nada desde que llegaste y que estás aturdido de la multitud. Sé que fuiste porque sos un hombre de palabra y porque esperabas con toda el alma que yo esté.
- Si todo sale mal, te espero en el puente de Brooklyng el 23 de octubre del 2015, a las doce de la noche.
-¿Qué es para vos que todo salga mal?
-Que no pueda volver a amar..
-¿Y si todo sale bien?
-No voy a ir al puente.
-¿Y qué hay conmigo?
-Si ese día estás ahí, a esa hora y yo también, significa que vamos a estar juntos hasta que el amor se descomponga. Significa que me perdonás, que te perdoné, que no importa, que no vamos a volver a tocar ningún tema que nos haya lastimado, que no nos vamos a volver a mentir, que nunca más vamos a desear estar solos.
-¿Y si ni voy?
-No nos vemos nunca más.
-¿Y si sí voy?
- El mundo va a ser nuestro.

Te tomaste el micro llorando, me quedé en la plataforma 13 llorando también.

Esa promesa era la única que me habían dado, la única que yo hubiera deseado cumplir.
Sé que estás despierto y te pido perdón. No te perdoné. No me perdonaste, pero igual fuiste porque siempre te encantaron las causas imposibles.
Sin embargo, estoy en mi casa tomando un mate cocido. Son las 3 y 27 de la mañana, hora de Argentina. No tengo ganas de hacer las cuentas de qué hora es allá. Jamás hubiera ido de todas formas. Es una pena que no te hayas dado cuenta apenas te lo propuse, que no me hayas conocido, que no me hayas visto. Que me hayas creído...
Si ahora estás ahí es porque nunca me conociste de veras. Nunca entendiste ni una pizca de mí. Realmente si me conocieras, jamás me hubieras esperado en ese lugar. Quien me conoce, sabe que jamás sellaría un pacto en el puente de Brooklyng.

miércoles, 7 de octubre de 2015

La gente que ama raro

Cuando se descubrió que los muertos estaban en realidad vivos y nosotros, los vivos, estábamos en realidad muertos; se destapó la olla de la excentricidad. Todo de pronto se detuvo en algunas miradas, de los que amaban raro, de los que amaban de verdad. Porque el amor raro es en el fondo eso, una mirada y no el trajín de los buenos augurios y las cursilerías de estación. Cuando entendimos que éramos eternos dueños de la inmortalidad, nos dio escalofríos y muchos nos tapamos los ojos para no ver, para no mirar, para no darle la cara al amor del fin de los tiempos. Sólo los que amaban raro alzaron la vista al horizonte y fueron perdonados, porque ellos fueron los únicos que supieron vivir de verdad. A fin de cuentas estábamos muertos y la pregunta que nos hicieron al llegar al limbo no había sido cuánto hemos ganado ni cuánto hemos perdido. No nos preguntaron por nuestro trabajo ni por nuestros estudios, o qué tan prolijos y tenaces hemos sido. No nos consultaron por nuestros vicios ni por nuestras maldades. Solamente nos preguntaron: "¿Cuánto has amado?". Y sólo quienes han amado, al final de la vida, fueron eternamente salvados. Y ahí descubrimos (tarde) que eso era para lo único que habíamos venido.



lunes, 31 de agosto de 2015

Cuando me muera quiero que me toquen cumbia

El libro cuenta de un prólogo, nueve capítulos, el epílogo y agradecimientos. En cada uno de estos apartados, se le da vida a un nuevo personaje, o a un hecho puntual que se va desarrollando con desnudez y precisión. Cada una de estas historias, tienen un vínculo directo con la vida del “Frente”, incluso también con su misticismo después de muerto. 
Alarcón se expresa en un tipo de escritura que no es cronológica Sus párrafos suelen ser largos, pero de frases cortas. La división en capítulos da la impresión de ser hasta innecesaria en parámetros del relato. Son más bien, pequeñas pausas para el lector. “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, es uno de esos libros de lectura fácil, pero de asimilación compleja. Que suelen hacerte cerrar el libro por momentos, respirar profundo y tener que tomarte un tiempo para volver a retomar la lectura. El autor mezcla el lunfardo villero, con palabras académicas, incluso en idioma inglés. Es un libro que está pensado para un público que tiene velada esta realidad. (Y al que se le pondrá pronto la piel de gallina.)
Cristian Alarcón se interna en las villas en el año 2000, en el colapso del neoliberalismo impulsado por Menem y detonando las mayores diferencias sociales y económicas entre los argentinos. Una parte de la clase media ostentaba por entonces, un halo de superioridad, que no duró mucho. La otra parte, y la gran mayoría, descendieron a una clase baja sin escalas. De ser empleados y obreros, a pasar a cirujear, de un día para el otro. En este lado de los hechos, se ubican varios de los vecinos de la villa san Francisco, quienes tomaron como modo de vida, sin otra opción, revolver entre las basuras de los ricos, primero como un entretenimiento, que de a poco se convirtió en la única manera de poder ganarse la vida.Otra de las grandes tragedias de este período, para quienes sobrevivían en las villas del cono-urbano, fue la entrada (siempre apañada por gran parte de la Policía Bonaerense) de la droga al barrio. Este fenómeno, una vez que comenzó, se transformó en un círculo vicioso sin precedentes. El pibe chorro, roba para comer, pero también para drogarse, para tener su “dosis” diaria. A su vez, le compra droga al dealer, que está protegido por la policía. La policía al mismo tiempo que se enriquece de esta debilidad, no para de perseguir a los mismos pibes chorros con la metralla.La muerte de los pibes de la villa, en este contexto no parecía nada extraño. Los que no han muerto asesinados por un cabo de la Policía, lo han hecho por enfrentamientos callejeros, tiroteos, sobredosis y sida. Los que pueden contar la historia, lo hacen detrás de las rejas de cualquiera de las cárceles del país. Muchos de ellos, incluso internados en reformatorios, por tratarse de menores de edad.Si bien nada parece sorprender en este estado de cosas, hubo un hecho que fue diferente. El asesinato del “Frente” Vital.A Víctor Vital lo mataron el 6 de febrero de 1999, tras un robo a mano armada que había efectuado con su amigo Luisito. 
El autor narra en un primer momento su encuentro con la vida de los pibes chorros en la villa San Francisco, donde se internó durante meses que se hicieron años, a recaudar vivencias de los allegados de Víctor Vital, el “Frente”, con el fin de conocer la historia de este santo pagano, el santo de los pibes chorros.
“Cuando llegué a la villa sólo sabía que en ese punto del cono-urbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel “El Frente” Vital, 17 años. (Un ladrón acribillado por un cabo de la bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba.) Se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo. Lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla. El Frente robaba al tiempo que ganaba fama por su precocidad y por preservar los viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y la de los sobrevivientes de las villas, esa porción de tercer cordón suburbano – La San Francisco, la 25 de mayo y La Esperanza- , son una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los secretos y las verdades veladas, a la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia entre los cerrados pasillos”.Cuando uno comienza a adentrarse en la lectura del libro, cada pasaje es un pasillo de villa que va abriendo sus puertas, en una lectura que va saltando de un personaje a otro, de un año a otro, de una generación a la siguiente; se va conformando la imagen no solamente del protagonista, sino de toda una cotidianidad que al principio, nos hace ruido con tan solo leerla. El mismo autor, asume que le ha pasado lo mismo.Los datos de color, los personajes, los vínculos entre ellos. La religión, la droga, los códigos, la traición, la vida y la muerte conviven en una realidad que parece contradictoria, paradójica, pero no hacen más que conformar las piezas de un “perfecto” rompecabezas.En estos mismos parámetros de contradicción se fundó la vida de Víctor: Su madre, seguridad de un supermercado, él robando para la droga:“Ja! La madre vigilante y el hijo chorro”. Le dijo cuando ella le comentó acerca de su nuevo trabajo. “A ver cuando me entregás un hecho, Sotello.”
El Frente Vital no era una especie de Robin Hood (aunque muchos de sus amigos lo tomaban como tal). Sus botines eran para sus placeres personales y los de sus amigos. Víctor era lo que Alarcón define como “arbitrariamente justo”. No hacía justicia dándole a los que tienen menos, sino que era desprejuiciado para compartir. Le daba lo mismo regalarle plata a un amigo para que se compre un yogurt, o para que se la gaste en pastillas y alcohol. Lo que no se le permitía era ingresar dinero sucio a su casa. Su madre, Sabina, fue quien más combatió durante toda la vida de su hijo, e incluso después de su muerte, la relación de sus chicos con el delito. 

“Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, y que no me recen cuando suenen los tambores, y que no me lloren porque me pongo muy triste, no quiero coronas ni caritas tristes, sólo quiero cumbia para divertirme”, esto reza la canción que le da título al libro. Se llama “mi último deseo”, y era una de las preferidas del Frente. Una vez bromeando con uno de sus amigos le dijo que quería que suene en su entierro, como anticipando un destino inminente, que de todos modos para estos adolescentes se sabía cercano. Sus amigos no solamente respetaron este deseo, también le dieron los colores de Boca a la corona y las camisetas de Boca y Tigre abrigaron el cajón en el último adiós.

A este ritual, aún hoy se le suman muchos otros. No hay día que a la tumba del ídolo le falten flores, cerveza, marihuana y tabaco, como en ofrenda y agradecimiento por haber torcido tantas veces el destino de las balas para que sus amigos no corran su misma suerte.

El Frente ha sido desde el día de su muerte una especie de "protector". En el libro hay una anécdota que relate la corrida de Simón (amigo de Víctor), intentando escapar del arma de fuego de la policía, cuando éste se escapa de un enfrentamiento, se esconde casualmente en el cementerio. Tras correr unos metros cae rendido entre unas lápidas del campo santo; cuando logró salir del éxtasis de la corrida se dio cuenta que estaba rendido detrás de la tumba del Frente. Le rezó a su amigo muerto para que lo ayude a improvisar una salida, cuando mira hacia un costado, había una bicicleta abandonada como si el difunto la hubiera puesto ahí para que él pudiera escapar.

El periodismo de investigación, como sabemos, tiene 
la particularidad (y el deber) de poder develar
cuestiones ocultas, desnudar injusticias e historias vedadas por algún tipo de poder a quien no le conviene, por diversos motivos, que algunos hechos salgan a la luz y pasen a dominio público. Hay secretos que a los “peces gordos” no los dejarán bien parados si el pueblo, si lo “popular” logra tomar conciencia de esas verdades impunes.

A Cristian Alarcón y a sus entrevistados a lo largo de esta historia no les ha importado a dónde queda parado el poder al que están denunciando: la policía bonaerense y su metralla siempre cargada, su odio indomable a los pibes chorros, su apaño a quienes venden drogas a los chicos de las villas y su implacabilidad al tener que gatillar. No son sólo los hechos los que se están desnudando aquí (que de todos modos a esta altura es una verdad que a muchos nos resulta conocida). Lo importante aquí, lo escalofriante, lo desmoralizante y desesperanzador es la crudeza de los detalles.

El autor nos habla de personas que se aprovechan del poder que les han adjudicado por ser miembros de un aparato público, pero también nos habla a través de unos pibes que están gritando que se sepan los pormenores de la supervivencia en un pasillo de la San Francisco. El no saber si volvés. El día a día de la pastilla, del alcohol, de las trompadas de los patovicas, del humillante detrás de rejas cuando el lugar que te tiene que contener y corregir, te convierte en un resentido, en un rencoroso y en una persona que solamente espera salir para volver a robar y para poder vengarse de los “ratis” del penal.

Los detalles nos hablan del amor de las madres por esos hijos a los que las drogas y las necesidades los fueron torciendo, del auto que pasa tirando tiros a mansalva porque al conductor “le pintó”, del virus del HIV y su contagio imparable entre los suyos, de despertarte día a día sabiendo que hoy vas a perder a un amigo, o a tu mamá, o a tu hermanito, porque la suerte está echada.

El poder cuestionable de la policía no solamente queda presentado por medio de muchos ejemplos ante el lector, además nos hacemos eco a medida que leemos de que en el fondo, se responde siempre a un círculo vicioso imparable entre policía – transa – ladrón y de vuelta al policía. El policía cubre al transa que le vende la droga al ladrón para destruirlo, este ladrón vive toda su vida robando porque necesita la dósis que le administra el transa y le tiene que pagar. El policía espera al pibe chorro cuando está yendo a robar para gatillarle en la cabeza.
El Frente Vital es el fiel retrato de un anti-héroe. De un pobre pibe, y de un pibe pobre. Es el bueno y el malo que te hace entrar en contradicción con vos mismo, y te hace preguntarte: "¿Qué tan malo es? ¿Qué tan bueno pudo haber sido si mataba gente para pagarse la merca?". Simplemente la respuesta está ahí, en tratarse de una contradicción. No era un buen pibe, ni un pibe malo. Era víctima y victimario. Oprimido y opresor. Asesino y asesinado. Era un santo diabólico, o un adulto en cuerpo de niño, o un niño en cuerpo de adulto. Lo que sucede es que la pregunta está mal formulada. Qué tan malo es lo que pudo haber hecho no se discute. Ahora, ¿qué otra poca pudo haber hecho? Estos pibes no tienen más santo que la suerte, más protección que la de San Jorge. No tienen más ayuda que la de la misma gente de la villa, ni más dinero que el que pueden sacar de un rico al que se le vuelca el camión de La Serenísima en un cruce de puente. ¿Qué otra cosa puede hacer un pibe al que miramos con recelo cuando pasa por al lado con un carro de caballos? ¿Con qué mirada quieren que nos mire un pibe al que se le negó todo lo que nosotros tenemos? Un pibe de 17 años, carcomido por la droga y el desamparo, por la muerte y por el abandono, por la traición y la desolación de ser marginado todos los días durante toda su vida, un pibe que llora cuando le tocan a su vieja, que no conoce otra ley que la anti-ley, un pibe que va a la propia policía apañar a los dealers de su barrio, para seguir metiendo droga que hace que los chiquitos pierdan la cabeza. Un pibe que pide piedad debajo de una mesa y recibe un tiro en la cabeza. ¿Es un asesino? En fin, no sabemos.¿Quién sabe qué más era? ¿Quién sabe qué pudo haber sido? Si ya lo mataron.


jueves, 23 de julio de 2015

Immortalité

Cosas tontas.
Eso pensaba la mayoría de las personas que la rodeaban o la veían pasar.
Ella se dedicaba a cosas inútiles, definitivamente inútiles.
Usaba el paraguas sin tela de resguardo, para que puedan colarse los chubascos entre los alambres desprolijos. Ella podía así, mojarse la frente. 
Cuando llovía, ella juraba que respiraba.
Se proponía metas cortas en la vida. Contar las rejas de una Iglesia mientras recorría con las manos los barrotes, llegar a destino sin pisar las líneas blancas de la acera, caminar con los ojos cerrados hasta presentir que se acercaba la esquina. Y recién ahí... abrirlos.
Nunca se apuraba al caminar, ni si quiera cuando estaba corriendo. Coleccionaba barajas de poker que encontraba por la calle, casi místicamente. Las guardaba en una caja de madera de naranjo y las olía sin mirar, para asegurarse que aún conservaban el aroma inconfundible de la intemperie.
Imaginaba historias, en las que un niño persiguiendo un globo corría y corría hasta toparse con un anciano ciego de barba blanca, éste le prometía diez globos a cambio de poder ver a través de sus ojos, la vida por primera vez, y el niño decía que sí y ella reía, desconsolada.
Tenía un reloj de pulsera, sin agujas, lo llevaba a todas partes y lo miraba detenidamente durante algunos segundos, varias veces al día... como si estuviera llegando tarde a ninguna parte. En verdad, el reloj guardaba un secreto adentro que sólo ella conocía. Dentro de él había un minúsculo papel color amarillo con una inscripción que marcaba la hora exacta. "No corras", rezaba.
Fue al mar durante los cuatro meses que duró aquel verano. A la madrugaba abandonaba el campamento y se iba a la playa a juntar las estrellas de mar casi deshidratadas, atoradas en la arena de la orilla, despojadas de su hogar. En una oportunidad se le acercó un niño que había ido a llorar al muelle. Al observarla largo rato hacer su trabajo, arrojando una de las miles de estrellas marinas al océano, le preguntó qué hacía. Ella con una luz de plácton en la mirada y sin abandonar su tarea, le dijo: "Las estoy salvando".
El niño la miró y analizó el panorama. Luego, le replicó: "No tiene sentido. Son miles. No acabarás nunca. La próxima ola la volverá a desprender del mar y esa estrella tarde o temprano morirá". Ella se rió a carcajadas y con un bonito ejemplar de cinco puntas en su mano, le dijo: "¿Qué importaría eso? Para esta estrella, hoy es un día más de vida. Para ella, entre estas miles, hoy ha habido una diferencia". El niño en ese momento dejó de llorar en el muelle.
Ella asumía que las cosas no podían ser blancas o negras. Amaba los grises y todas sus variantes, Un poco más de claro, una pizca más de oscuro pero nunca era puramente blanco y jamás, nunca, (mucho menos), negro.
En una ocasión ella estuvo muy sana, pero en seguida se curó. Fue a una montaña y desde ahí se puso a cantar, lloró todo lo que quiso y tiró su reloj al precipicio cantando y llorando sin parar.
Una sola cosa lograba asustarla más que la vida misma y era la Nada. El avance inevitable e intrépido de la Nada. Luchaba contra esa Nada y así vivió sin dejar rastros, y así murió sin ni siquiera entender si había vivido. Nunca supo bien si la Nada la había carcomido o si ella misma era incluso, la Nada.
Cuando se fue, lloraron todos los puntos cardinales. Gritaron las nubes llenas de lluvia, y se escondieron todas las estrellas del mar. Los relojes se detuvieron y dejaron al fin, de correr. Estaban cansados de haber corrido cientos de años, de haber apurado, de haber retardado, de haber causado tantos desencuentros, de haber matado.
Cuando ella se fue, el niño encontró por fin su globo, antes de que llegue al anciano. Pero el viejo se quedó sin poder ver una vez más el mundo.
La lluvia cayó con desgano en paraguas coloridos que frenaban su impetuoso impacto. Las gotas tuvieron que pedirles permiso.
Los grises fueron de pronto o blancos o negros y las barajas olvidadas en las calles perdieron su olor a humedad.
Sólo quedó una cosa: La Nada.
Si me preguntan su nombre, aunque nunca me lo haya dicho, yo creo que ella se llamaba Inmortalidad.

martes, 28 de abril de 2015

Lamer

Quiero que sepas que creo en las energías y vos avanzás en la neblina como un espartano. Lo escribo en lápiz así se puede borrar, por si me arrepiento. El que sala las heridas es el malo, el que las lame, es el pelotudo. Nunca sabés dónde buscar. Más vale dejalas ahí a mis heridas, ahí donde están. No las toques. Más bien dejarlas solas que mal acompañadas.

jueves, 26 de marzo de 2015

Cronopios

Cuando El Ale llegó a su casa ese día eran como las 10 de la mañana. Traía la campera rota y un rasguño en el antebrazo. No lo habían podido atrapar, de todas formas. No reparó ni en la campera ni en el antebrazo porque estaba muy drogado y le dolía mucho la cabeza. Se fue a dormir a la pieza que compartía con sus hermanos y las novias de todos ellos. Esta vez le tocaba el piso. La única que estaba despierta era su cuñada Pamela.
- ¿Qué hiciste pelotudo? ¿Cómo vas a caer así?
- Correte, cornuda.

Al decir "cornuda", sabía el Ale que estaba en lo cierto, que no estaba insultando sino remarcando un hecho inminente, al que Pamela sabía que se enfrentaba hacía diez años. Ella se fue a la cocina y lo dejó a medio vomitar en la habitación ya iluminada. El piso estaba frío pero él ni lo notaba. Se durmió como hasta las cinco de la tarde. Sabía que le tocaría un amanecer quejumbroso, casi como todos los otros.

Al despertarse miró de reojos la campera que estaba acostada al lado de él. Estaba pesada, tenía los bolsillos cargados de las cosas que había afanado el día anterior. Se incorporó e intentó llamar a Pepo desde uno de los celulares que tenía en el bolsillo de la campera.

-La puta madre, ya le bloquearon el chip.

-¿Otra vez afanaste, la concha de tu hermana?
-No te metas gordo de mierda.

El hermano se había levantado con los gritos que le dirigía el Ale al aparato que no podía usar. Una piña, otra piña, y al rasguño del antebrazo se le sumaron unos moretones en el pecho y un corte en la cara, que le proporcionó el gordo con una maquinita de afeitar.

El Ale salió a la calle, al barrio, al frío recientemente otoñal, un poco dolorido y con resaca. Se sentó en la esquina, con la campera y tiró todo lo que había en los bolsillos sobre las baldosas. Intentó reconstruir la historia.
Las señales eran claras... Si quería, si se esmeraba, podría armar la vida entera de la persona a la que le había sustraído las pertenencias. Sabía que era una piba, que salía de un boliche o algo así (por la hora en que se la encontró), conocía a los amigos que estaban con ella, porque también se encargó de robarles. "Qué loco", pensó el Ale. La vida entera de una persona podía sacarse incluso por contexto. Estaba ahí en sus manos, en una billetera, en un celular, en un porta-cosméticos, en unas anotaciones desprolijas en papelitos sueltos, y todas esas "huevadas" de llaveros y llaves.
Miró con detenimiento la billetera. Había fotos, había estampitas, algo de plata, un documento celeste, cartitas de las amigas, una tarjeta de bondi y algunas monedas. Sin pensarlo agarró la plata, se la metió en el bolsillo y revoleó la billetera al cordón. Las llaves tenían llaveros de distintos lugares del mundo y una jirafita de guata. "Qué gilada", pensó nuevamente el Ale y tiró las llaves al cordón. 
Cuando agarró el celular sin embargo, se intimidó. Estaba como pegoteado de alcohol y el fondo de pantalla era una foto de unos pies desnudos. Lo miró un rato, aún conmovido por los golpes y la jaqueca. Entró al buzón de mensajes y leyó "MAMÁ", un poco nublado. El mensaje rezaba: "hija, dónde estás?" Luego leyó el siguiente, mamá esta vez decía: "Estoy preocupada, llamame". El horario de los mensajes recibidos era el mismo en el que el Ale había interceptado a la pibita y le había robado las cosas. Se puso a pensar en su mamá. ¿Dónde estará? Por qué se había ido cuando el era un nene, por qué mierda lo había dejado con esos hijos de puta. Qué haría su mamá si lo viera acá sentado, revisando un botín.
El Ale tragó saliva. Apagó el celular. Se miró el antebrazo.
Quiso irse. Quiso pedir perdón. Quiso no haber nacido.

viernes, 20 de marzo de 2015

Rincones de ciudad

No le gustaba mi olor a cigarrillo entonces sacó un perfume de coco. Me lo puso en las manos y después las acarició. Las corrí, me sonrojé y miré por la ventana. Las buscó de nuevo y las encontró. No se puede escapar fácilmente de lo inminente.
Es tirano el tiempo éste, en el que encontrarnos una vez al mes resulta muchísimo, pero a la vez nos queda siempre pequeño. Son retazos de horas, que ni sabemos coser.
El mes pasado creo que no lo vi y no lo extrañaba. Pero cuando está ahí al lado no quisiera irme jamás.
Es discreto cuando termina el ritual.  "Te llevo a tu casa." Me decís.  Las ganas de preguntarte "¿Por qué ya?" no las puedo evitar. Evadís la pregunta. Me mirás. "Quisiera tener una nariz tan linda como la tuya". Susurrás.  "No quiero que tengas mi nariz, quiero que te quedes conmigo", no digo.
Cuando se acerca el fin siempre pienso en lo mismo, cuándo será la próxima vez. No hay respuesta, nunca hay respuestas. (¡Gracias a Dios!)
Cómo puede ser que siempre tengamos tantas cosas que contar y ninguna por decir. Nos callamos todo mientras nos reímos de un travesti que nos saluda desde una esquina. No nos da risa eso, estamos nerviosos, queremos llorar.

- ¿Esa noche que te toqué bocina estabas con otro?

- Uy, mirá ese faro en el medio del río.

Y así sin más una y otra vez, te esquivo, me esquivas, nos reímos. Nos reímos para no llorar.

El Monumento a la Bandera de estandarte allá de fondo, él sabe, todos saben. Nosotros dos sabemos las veces que nos escapamos acá.
Faltaba a la escuela para irte a buscar a la escalinata, para que me abraces debajo de la estatua de un general y me digas que estoy despeinada. Caminábamos de la mano mientras me apretabas fuerte para hacerme doler y que yo te aparte (casi como hoy), y nos metíamos entre las canaletas de agua a besarnos el cuello.
Pasaron diez años. El mismo escenario. Las mismas ganas, pero otro pudor. Es que el pudor no sabe de edades.

-Acá vinimos un día de los enamorados.

- Sí, y te largaste a llorar.
- Es que me dijiste que no me amabas más.
-¿No es irónico? Era el día de los enamorados y estaba con vos. ¿De dónde saqué que no te amaba más?
- No sé. Voy a llorar de nuevo.
-¿Por qué?
-Porque me mentiste, sí me amabas.
-Sí, te amaba.
-¿Para qué lo habías dicho?
-Me dolías algunas veces.
-Ya sé.
- Mirá ese banco, ahí contamos las semillas para la huerta.

Y así... La ciudad nos pertenece, de algún modo. En cada rincón sucio tenía ganas de gritarte que ahí, justo ahí habíamos hecho tal cosa, habíamos tomado un helado o cruzado un puente. Nos habíamos detenido a pelear en el medio de la avenida mientras los autos pasaban. Ahí en ese túnel me habías dado tu buzo. En esa rivera del río habíamos desayunado medialunas duras, y en ese otro puesto había feo olor pero nos preparaban unos panchos riquísimos. Acá nos habíamos acostado a jugar al que ríe primero pierde, y en ese portal estábamos abrazados cuando se largó a llover y cayó granizo. Todo, todo era pintado para nosotros. Aunque no, aunque cualquier pareja podría decir lo mismo en cualquier ciudad.


El tiempo es tirano en todo sentido. Cuando llega la hora de la despedida, y cuando me doy cuenta que pasaron diez años pulverizados en rincones de una ciudad que ni sabe quienes somos. Esta vez no había un Jacarandá pero había un sauce llorón. Claro, todo quería llorar.


Cuando llegamos a mi casa, cordialmente saludamos sin reparar en el daño que no nos queríamos hacer. Le dolía algunas veces, dijo. Hasta la próxima, hasta el mes que viene, hasta el día del nunca jamás, hasta que juntemos fuerzas para gritarnos las puteadas que nos quedaron atragantadas y nos besemos para pedirnos perdón.


-Chau, que tengas buen viaje.

-Parecía el cielo...
-¿Qué cosa? - Dije casi a los gritos porque estabas a cinco metros.
-Parecía el cielo porque estabas conmigo.

Abrí la puerta rápido, el corazón me palpitaba un montón.

Entré y me puse a escribir esta carta abierta a nadie.
El tiempo es tirano.


jueves, 5 de marzo de 2015

Cosas raras

- Estuve pensando algo raro hoy.
-¿Algo como qué?
- Me detuve a pensar qué haría yo si vos te morís.
- (...)
- Porque viste que yo no soy de llorar mucho, como que me pinta hacer otras cosas.
- ¿No llorarías si yo me muero mañana?
- No.
- Entonces... ¿Qué harías?
- Bueno algo de eso estuve pensando. De alguna manera debería descargarme.
- O sea que te dolería de todas formas.
- Claro que me dolería pero me empecinaría en recordarte.
- ¿Cómo?
- Si me entero que te morís iría muy rápido a comprar una cerveza (porque sé que te gusta la cerveza). Me metería en cualquier función de teatro, o quizás muchas seguidas, una detrás de la otra. Me acordaría de vos y me imaginaría que comentarios harías ante cada situación en cada escena.
- Ajá.
- Después iría al video-club y me alquilaría muchas películas de Hitchcock, de las que a vos te gustan. También algunas de Tarantino. Las miraría una detrás de la otra comiendo chocolate e imaginando en qué momentos cerrás los ojos porque estás asustada. Después supongo que me pondría a leer tus libros preferidos, todos esos que me recomendaste. Los que te dije que nunca leería. Esta vez te haría caso e intentaría interpretar por qué te gustaban tanto.
- ¿Con cuál libro empezarías?
- La sirena viuda, de Benedetti.
- Mi favorito.
- Iría al pasaje Pan una tarde de lluvia, me pediría un café abajo y me lo llevaría al segundo piso donde está el pasillo oscuro con la mesita solitaria llena de recortes de Cortázar debajo del vidrio, ahí tomaría el café mientras escribo algunas cosas.
- ¿Qué escribirás?
- Una obra de teatro, que narre la vida de un ciego. También creo que después de ahí caminaría bajo la lluvia sin paraguas y me metería en tu librería. Esa que me hiciste conocer una vez. La que queda escondida en un tercer piso de galería a la que solo entra gente conocida y en la que los libros están acomodados en valijas. Elegiría el más raro de todos, exactamente ese que vos te comprarías y me lo llevaría contento debajo del abrigo.
-¿Cuál compraría yo?
-El que nadie compraría. Supongo que "Naked lunch."
-¿ Y después?
- Después lloraría, lloraría muchísimo.

domingo, 1 de marzo de 2015

Historieta de la nada

¿Qué es lo peor que te puede pasar cuando ya no te pasa nada?
"Soltame porque no me puedo soltar sola", le dije sin quererlo de verdad. Me soltó.
Pero me amarró de nuevo con hilos invisibles (e inservibles).
¿Cuál es entonces el horizonte y el punto de llegada cuando no se ve más luz al final del camino?
En cualquier desierto descubrir un oasis es un festín. ¡Ay, sí!
Creo que hay algo de eso.
Quizás has sabido ser oasis cuando yo me moría de sed.
Pero la peor de las derrotas, cuando me sumergí mucho en ese oasis.
Descubrí que estaba vacío, seco, y maloliente. Un oasis que sin embargo, aunque rico y generoso, nunca supo saciar mi sed. Pero como dije, en cualquier desierto, CUALQUIER oasis es un festín.
Queda una sola manera de sobrevivir y creo que ni la estoy intentando.
Vos alegrás tu nariz, yo creo que miro para otro lado. 
Me hago la que no, ya no puedo estar ahí. ¿A dónde? ¿Otra vez al remolino?
Soltame, que no me puedo soltar sola. Si ves ésto corré.
Basta de taparme el sol, me vas a eclipsar. (Y eso que prefiero la lluvia...)
¿Yo voy a pesar de...? ¿O a favor de...? Soltame.
Adiós, indispensable ser de piedra, que alcances sin tanto polvo, tu inmortalidad.

¡Adiós, mi fuego fatuo!


PD: De cualquier manera, pobres ustedes, que nunca han abrazado el remolino.







Historias fatuas

"Pensemos en cosas lindas ahora", le dije...
"Pensemos en un libro sentado bajo la sombra de un árbol, leyendo seres humanos."
"Qué interesante"- Me respondió irónicamente. Sarcásticamente, como de costumbre.
Le mostré mi cuaderno donde escribo, donde dibujo, donde lloro.
"Acá tenés algo más interesante, quizás. Que veas mi cuaderno es casi como verme desnuda", le confesé.
"Ya te vi desnuda, varias veces". Me replicó.
Ahí entendí que todo lo que yo dijera era probablemente inútil, en vano.
Apagué la luz y me acosté al lado de el mientras casi amanecía. Me abrazó y se quedó dormido.
Yo me quedé inerte, mirándolo un rato largo, quizás un rato eterno.
Ojalá el tiempo hubiera podido detenerse en ese instante, para siempre.
Dormía profundamente, pero sin embargo me abrazaba con mucha fuerza. Con más fuerza que nunca antes.
(Como temiendo que me escapara...) Suspiré un deseo.
Sabía que cuando sea de día, el que se iba a escapar era él. Le besé el hombro que me rodeaba, y me dormí echada a su suerte.
Cuando me desperté seguía ahí en mi cama, latiendo. No había desaparecido.
Prendí el televisor para que haya ruido, no podía escuchar más mis pensamientos, me gritaban fuerte.
Abrió los ojos, me miró y le dije resignada. - ¿Ya te querés ir? - "No, todavía no". Suspiró.

Y se quedó siempre en mí.






lunes, 19 de enero de 2015

La borra del café


Me viene a avisar el oleaje de la taza de café... Me viene a avisar que tengo insomnio y que es el día más frío de todo el verano.
La borra me avisa que te fuiste igual.
Creo que me hubiera bastado con que me digas que estabas por ahí.
Hasta quizás, en algún otro tiempo paralelo, hubiera ido a buscarte.
Hubiera preferido no enterarme por el viento u otros soplidos.
Creo que sólo me inspiraba el hecho de saberte risueño al lado mío. (Te fuiste igual).
Me sostenía la inocencia de creer que las cosas pueden ser para siempre.
Me hubiera bastado con un manuscrito que despertara alguna esperanza.
Me hubiera bastado, aunque sea, tu voz temblando en el teléfono... diciéndome que era tarde, o temprano, ya ni sé.
Creo que todo podría haber sido más fácil si me abrigabas un ratito más. Te fuiste igual.
A lo mejor, las excusas no son el mejor vestido de verano.
Sintiéndote lejos, es lo mismo que nada.
La borra de café me vomita estas astucias y yo miro la ventana por si se te ocurre saludar.
No, ya no estás. Te fuiste igual.
Me alcanzaba un minuto, me sobraba el tiempo para vos.
Te fuiste igual.
"¿A dónde van las nieblas, la borra del café, los almanaques de otro tiempo?" Se preguntó alguna vez Cortázar...
Ya no importa, te fuiste igual.