Si pudiera
hablar con Dios, le preguntaría por qué no hace nada con tanta injusticia sobre
la Tierra ,
pero asumo que el me preguntaría lo mismo.
Si pudiera
hablar con Dios le preguntaría a dónde estuve yo cada vez que vos llorabas, por
qué me dejó tan lejos de la parada de tu colectivo. Si él solamente me
respondiera a dónde estás en cada tarde de lluvia, iría volando como un suspiro
tibio a darte el alivio innecesario tal vez, que tantas otras te han negado.
Si Dios
acudiera a mis súplicas, sabrías cuánto caminé en búsquedas inciertas,
argumentando que iba hacia algún lugar falso, cuando en realidad cada paso que
amortiguaba mi caída era una excusa para irte a buscar.
Si pudiera
hablar con Dios le pediría que no haga que mañana sea peor. Que no sea indiferente
a los dolidos y a los ciegos, que les diera más primaveras a los hombres de
traje gris.
Si pudiera
decirle a Dios que todo lo que deseo es verdadero, que si me da la manzana no
la voy a dejar madurar sin antes probar cada apetitoso bocado. Si supiera Dios,
que ardería en cualquier infierno con tal de no perderte.
Si pudiera
llorarle a Dios otros tantos lamentos, el sabría (o vos sabrías) que no
encuentro ninguna flor en este barro, que los despojos de un amor saben
amargos, que la rutina marchita más que cualquier invierno sombrío. Si Dios
fuera de carne y hueso, el entendería lo que duele el sexo no probado. Lo que
se puede sufrir estando acá varado.
Si Dios
tuviera una línea telefónica, llamaría temblando hablándole de vos.
Si
estaríamos ahora ahí reunidos con el Salvador, entonaría todas las canciones que
no me animé esa vez. El escucharía, se apiadaría y me daría otra vuelta de
tuerca para recuperar armonía y algún Fa mayor. Tu música es tan linda, yo soy
tan sin color.
Si Dios me
escuchara, no dudaría en darme otra vida, en la que no estemos lejos ni a la
deriva. Cuántos kilómetros me alejaron de las metas, que sin faroles me daban
el okey.
Ay si Dios
supiera, que la esencia es tan sensible a las transmutaciones. Que las
bendiciones son temporales y que lo terreno es tan mortal.
Ay, si el
tiempo no pasara tan de prisa, si yo pudiera ser inmortal como vos, Dios.
Quizás
cuando Dios me vea me haga más preguntas de las que yo pueda responder. Diría
algo así como: ¿Dónde estabas cuando te llamaba? Cuando te di la manzana, ¿Por
qué no la quisiste pelar? No sé Dios, yo le diría, iba confundida, no prestaba
atención. El me va a mirar y va a tocarme la frente. “Ahora andá, volvé, dale
un beso de buenas noches.” Yo le voy a decir que no, que quiero seguir
viviendo. Ahí me desperté, en un diálogo confuso, llorando en medio del sudor.
Y te
extraño, y no sé si Dios habrá extrañado alguna vez, pero es punzante, es
inminente y doloroso ser mortal contemporáneo. Es indeseable sentirse afligido
por cosas que ni si quiera se han vivido.
Deberíamos
comer y dejar comer, me dirá Dios.
Si pudiera
robarle unos favores, le pediría encontrarte esta noche, en cualquier bar.
Suplicaría que me escuches y me mires, que vengas conmigo sin dudar. Yo no sé,
si Dios escucha… Pero vos que sos mortal, que tenés piel y gorgojos como todos,
deberías ser más cuidadoso con mi equilibrio mental. Aunque sea escuchame vos,
si pudiera hablar con vos… Que sos mi Dios.
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