jueves, 26 de marzo de 2015

Cronopios

Cuando El Ale llegó a su casa ese día eran como las 10 de la mañana. Traía la campera rota y un rasguño en el antebrazo. No lo habían podido atrapar, de todas formas. No reparó ni en la campera ni en el antebrazo porque estaba muy drogado y le dolía mucho la cabeza. Se fue a dormir a la pieza que compartía con sus hermanos y las novias de todos ellos. Esta vez le tocaba el piso. La única que estaba despierta era su cuñada Pamela.
- ¿Qué hiciste pelotudo? ¿Cómo vas a caer así?
- Correte, cornuda.

Al decir "cornuda", sabía el Ale que estaba en lo cierto, que no estaba insultando sino remarcando un hecho inminente, al que Pamela sabía que se enfrentaba hacía diez años. Ella se fue a la cocina y lo dejó a medio vomitar en la habitación ya iluminada. El piso estaba frío pero él ni lo notaba. Se durmió como hasta las cinco de la tarde. Sabía que le tocaría un amanecer quejumbroso, casi como todos los otros.

Al despertarse miró de reojos la campera que estaba acostada al lado de él. Estaba pesada, tenía los bolsillos cargados de las cosas que había afanado el día anterior. Se incorporó e intentó llamar a Pepo desde uno de los celulares que tenía en el bolsillo de la campera.

-La puta madre, ya le bloquearon el chip.

-¿Otra vez afanaste, la concha de tu hermana?
-No te metas gordo de mierda.

El hermano se había levantado con los gritos que le dirigía el Ale al aparato que no podía usar. Una piña, otra piña, y al rasguño del antebrazo se le sumaron unos moretones en el pecho y un corte en la cara, que le proporcionó el gordo con una maquinita de afeitar.

El Ale salió a la calle, al barrio, al frío recientemente otoñal, un poco dolorido y con resaca. Se sentó en la esquina, con la campera y tiró todo lo que había en los bolsillos sobre las baldosas. Intentó reconstruir la historia.
Las señales eran claras... Si quería, si se esmeraba, podría armar la vida entera de la persona a la que le había sustraído las pertenencias. Sabía que era una piba, que salía de un boliche o algo así (por la hora en que se la encontró), conocía a los amigos que estaban con ella, porque también se encargó de robarles. "Qué loco", pensó el Ale. La vida entera de una persona podía sacarse incluso por contexto. Estaba ahí en sus manos, en una billetera, en un celular, en un porta-cosméticos, en unas anotaciones desprolijas en papelitos sueltos, y todas esas "huevadas" de llaveros y llaves.
Miró con detenimiento la billetera. Había fotos, había estampitas, algo de plata, un documento celeste, cartitas de las amigas, una tarjeta de bondi y algunas monedas. Sin pensarlo agarró la plata, se la metió en el bolsillo y revoleó la billetera al cordón. Las llaves tenían llaveros de distintos lugares del mundo y una jirafita de guata. "Qué gilada", pensó nuevamente el Ale y tiró las llaves al cordón. 
Cuando agarró el celular sin embargo, se intimidó. Estaba como pegoteado de alcohol y el fondo de pantalla era una foto de unos pies desnudos. Lo miró un rato, aún conmovido por los golpes y la jaqueca. Entró al buzón de mensajes y leyó "MAMÁ", un poco nublado. El mensaje rezaba: "hija, dónde estás?" Luego leyó el siguiente, mamá esta vez decía: "Estoy preocupada, llamame". El horario de los mensajes recibidos era el mismo en el que el Ale había interceptado a la pibita y le había robado las cosas. Se puso a pensar en su mamá. ¿Dónde estará? Por qué se había ido cuando el era un nene, por qué mierda lo había dejado con esos hijos de puta. Qué haría su mamá si lo viera acá sentado, revisando un botín.
El Ale tragó saliva. Apagó el celular. Se miró el antebrazo.
Quiso irse. Quiso pedir perdón. Quiso no haber nacido.

viernes, 20 de marzo de 2015

Rincones de ciudad

No le gustaba mi olor a cigarrillo entonces sacó un perfume de coco. Me lo puso en las manos y después las acarició. Las corrí, me sonrojé y miré por la ventana. Las buscó de nuevo y las encontró. No se puede escapar fácilmente de lo inminente.
Es tirano el tiempo éste, en el que encontrarnos una vez al mes resulta muchísimo, pero a la vez nos queda siempre pequeño. Son retazos de horas, que ni sabemos coser.
El mes pasado creo que no lo vi y no lo extrañaba. Pero cuando está ahí al lado no quisiera irme jamás.
Es discreto cuando termina el ritual.  "Te llevo a tu casa." Me decís.  Las ganas de preguntarte "¿Por qué ya?" no las puedo evitar. Evadís la pregunta. Me mirás. "Quisiera tener una nariz tan linda como la tuya". Susurrás.  "No quiero que tengas mi nariz, quiero que te quedes conmigo", no digo.
Cuando se acerca el fin siempre pienso en lo mismo, cuándo será la próxima vez. No hay respuesta, nunca hay respuestas. (¡Gracias a Dios!)
Cómo puede ser que siempre tengamos tantas cosas que contar y ninguna por decir. Nos callamos todo mientras nos reímos de un travesti que nos saluda desde una esquina. No nos da risa eso, estamos nerviosos, queremos llorar.

- ¿Esa noche que te toqué bocina estabas con otro?

- Uy, mirá ese faro en el medio del río.

Y así sin más una y otra vez, te esquivo, me esquivas, nos reímos. Nos reímos para no llorar.

El Monumento a la Bandera de estandarte allá de fondo, él sabe, todos saben. Nosotros dos sabemos las veces que nos escapamos acá.
Faltaba a la escuela para irte a buscar a la escalinata, para que me abraces debajo de la estatua de un general y me digas que estoy despeinada. Caminábamos de la mano mientras me apretabas fuerte para hacerme doler y que yo te aparte (casi como hoy), y nos metíamos entre las canaletas de agua a besarnos el cuello.
Pasaron diez años. El mismo escenario. Las mismas ganas, pero otro pudor. Es que el pudor no sabe de edades.

-Acá vinimos un día de los enamorados.

- Sí, y te largaste a llorar.
- Es que me dijiste que no me amabas más.
-¿No es irónico? Era el día de los enamorados y estaba con vos. ¿De dónde saqué que no te amaba más?
- No sé. Voy a llorar de nuevo.
-¿Por qué?
-Porque me mentiste, sí me amabas.
-Sí, te amaba.
-¿Para qué lo habías dicho?
-Me dolías algunas veces.
-Ya sé.
- Mirá ese banco, ahí contamos las semillas para la huerta.

Y así... La ciudad nos pertenece, de algún modo. En cada rincón sucio tenía ganas de gritarte que ahí, justo ahí habíamos hecho tal cosa, habíamos tomado un helado o cruzado un puente. Nos habíamos detenido a pelear en el medio de la avenida mientras los autos pasaban. Ahí en ese túnel me habías dado tu buzo. En esa rivera del río habíamos desayunado medialunas duras, y en ese otro puesto había feo olor pero nos preparaban unos panchos riquísimos. Acá nos habíamos acostado a jugar al que ríe primero pierde, y en ese portal estábamos abrazados cuando se largó a llover y cayó granizo. Todo, todo era pintado para nosotros. Aunque no, aunque cualquier pareja podría decir lo mismo en cualquier ciudad.


El tiempo es tirano en todo sentido. Cuando llega la hora de la despedida, y cuando me doy cuenta que pasaron diez años pulverizados en rincones de una ciudad que ni sabe quienes somos. Esta vez no había un Jacarandá pero había un sauce llorón. Claro, todo quería llorar.


Cuando llegamos a mi casa, cordialmente saludamos sin reparar en el daño que no nos queríamos hacer. Le dolía algunas veces, dijo. Hasta la próxima, hasta el mes que viene, hasta el día del nunca jamás, hasta que juntemos fuerzas para gritarnos las puteadas que nos quedaron atragantadas y nos besemos para pedirnos perdón.


-Chau, que tengas buen viaje.

-Parecía el cielo...
-¿Qué cosa? - Dije casi a los gritos porque estabas a cinco metros.
-Parecía el cielo porque estabas conmigo.

Abrí la puerta rápido, el corazón me palpitaba un montón.

Entré y me puse a escribir esta carta abierta a nadie.
El tiempo es tirano.


jueves, 5 de marzo de 2015

Cosas raras

- Estuve pensando algo raro hoy.
-¿Algo como qué?
- Me detuve a pensar qué haría yo si vos te morís.
- (...)
- Porque viste que yo no soy de llorar mucho, como que me pinta hacer otras cosas.
- ¿No llorarías si yo me muero mañana?
- No.
- Entonces... ¿Qué harías?
- Bueno algo de eso estuve pensando. De alguna manera debería descargarme.
- O sea que te dolería de todas formas.
- Claro que me dolería pero me empecinaría en recordarte.
- ¿Cómo?
- Si me entero que te morís iría muy rápido a comprar una cerveza (porque sé que te gusta la cerveza). Me metería en cualquier función de teatro, o quizás muchas seguidas, una detrás de la otra. Me acordaría de vos y me imaginaría que comentarios harías ante cada situación en cada escena.
- Ajá.
- Después iría al video-club y me alquilaría muchas películas de Hitchcock, de las que a vos te gustan. También algunas de Tarantino. Las miraría una detrás de la otra comiendo chocolate e imaginando en qué momentos cerrás los ojos porque estás asustada. Después supongo que me pondría a leer tus libros preferidos, todos esos que me recomendaste. Los que te dije que nunca leería. Esta vez te haría caso e intentaría interpretar por qué te gustaban tanto.
- ¿Con cuál libro empezarías?
- La sirena viuda, de Benedetti.
- Mi favorito.
- Iría al pasaje Pan una tarde de lluvia, me pediría un café abajo y me lo llevaría al segundo piso donde está el pasillo oscuro con la mesita solitaria llena de recortes de Cortázar debajo del vidrio, ahí tomaría el café mientras escribo algunas cosas.
- ¿Qué escribirás?
- Una obra de teatro, que narre la vida de un ciego. También creo que después de ahí caminaría bajo la lluvia sin paraguas y me metería en tu librería. Esa que me hiciste conocer una vez. La que queda escondida en un tercer piso de galería a la que solo entra gente conocida y en la que los libros están acomodados en valijas. Elegiría el más raro de todos, exactamente ese que vos te comprarías y me lo llevaría contento debajo del abrigo.
-¿Cuál compraría yo?
-El que nadie compraría. Supongo que "Naked lunch."
-¿ Y después?
- Después lloraría, lloraría muchísimo.

domingo, 1 de marzo de 2015

Historieta de la nada

¿Qué es lo peor que te puede pasar cuando ya no te pasa nada?
"Soltame porque no me puedo soltar sola", le dije sin quererlo de verdad. Me soltó.
Pero me amarró de nuevo con hilos invisibles (e inservibles).
¿Cuál es entonces el horizonte y el punto de llegada cuando no se ve más luz al final del camino?
En cualquier desierto descubrir un oasis es un festín. ¡Ay, sí!
Creo que hay algo de eso.
Quizás has sabido ser oasis cuando yo me moría de sed.
Pero la peor de las derrotas, cuando me sumergí mucho en ese oasis.
Descubrí que estaba vacío, seco, y maloliente. Un oasis que sin embargo, aunque rico y generoso, nunca supo saciar mi sed. Pero como dije, en cualquier desierto, CUALQUIER oasis es un festín.
Queda una sola manera de sobrevivir y creo que ni la estoy intentando.
Vos alegrás tu nariz, yo creo que miro para otro lado. 
Me hago la que no, ya no puedo estar ahí. ¿A dónde? ¿Otra vez al remolino?
Soltame, que no me puedo soltar sola. Si ves ésto corré.
Basta de taparme el sol, me vas a eclipsar. (Y eso que prefiero la lluvia...)
¿Yo voy a pesar de...? ¿O a favor de...? Soltame.
Adiós, indispensable ser de piedra, que alcances sin tanto polvo, tu inmortalidad.

¡Adiós, mi fuego fatuo!


PD: De cualquier manera, pobres ustedes, que nunca han abrazado el remolino.







Historias fatuas

"Pensemos en cosas lindas ahora", le dije...
"Pensemos en un libro sentado bajo la sombra de un árbol, leyendo seres humanos."
"Qué interesante"- Me respondió irónicamente. Sarcásticamente, como de costumbre.
Le mostré mi cuaderno donde escribo, donde dibujo, donde lloro.
"Acá tenés algo más interesante, quizás. Que veas mi cuaderno es casi como verme desnuda", le confesé.
"Ya te vi desnuda, varias veces". Me replicó.
Ahí entendí que todo lo que yo dijera era probablemente inútil, en vano.
Apagué la luz y me acosté al lado de el mientras casi amanecía. Me abrazó y se quedó dormido.
Yo me quedé inerte, mirándolo un rato largo, quizás un rato eterno.
Ojalá el tiempo hubiera podido detenerse en ese instante, para siempre.
Dormía profundamente, pero sin embargo me abrazaba con mucha fuerza. Con más fuerza que nunca antes.
(Como temiendo que me escapara...) Suspiré un deseo.
Sabía que cuando sea de día, el que se iba a escapar era él. Le besé el hombro que me rodeaba, y me dormí echada a su suerte.
Cuando me desperté seguía ahí en mi cama, latiendo. No había desaparecido.
Prendí el televisor para que haya ruido, no podía escuchar más mis pensamientos, me gritaban fuerte.
Abrió los ojos, me miró y le dije resignada. - ¿Ya te querés ir? - "No, todavía no". Suspiró.

Y se quedó siempre en mí.