Cuando El Ale llegó a su casa ese día eran como las 10 de la mañana. Traía la campera rota y un rasguño en el antebrazo. No lo habían podido atrapar, de todas formas. No reparó ni en la campera ni en el antebrazo porque estaba muy drogado y le dolía mucho la cabeza. Se fue a dormir a la pieza que compartía con sus hermanos y las novias de todos ellos. Esta vez le tocaba el piso. La única que estaba despierta era su cuñada Pamela.
- ¿Qué hiciste pelotudo? ¿Cómo vas a caer así?
- Correte, cornuda.
Al decir "cornuda", sabía el Ale que estaba en lo cierto, que no estaba insultando sino remarcando un hecho inminente, al que Pamela sabía que se enfrentaba hacía diez años. Ella se fue a la cocina y lo dejó a medio vomitar en la habitación ya iluminada. El piso estaba frío pero él ni lo notaba. Se durmió como hasta las cinco de la tarde. Sabía que le tocaría un amanecer quejumbroso, casi como todos los otros.
Al despertarse miró de reojos la campera que estaba acostada al lado de él. Estaba pesada, tenía los bolsillos cargados de las cosas que había afanado el día anterior. Se incorporó e intentó llamar a Pepo desde uno de los celulares que tenía en el bolsillo de la campera.
-La puta madre, ya le bloquearon el chip.
-¿Otra vez afanaste, la concha de tu hermana?
-No te metas gordo de mierda.
El hermano se había levantado con los gritos que le dirigía el Ale al aparato que no podía usar. Una piña, otra piña, y al rasguño del antebrazo se le sumaron unos moretones en el pecho y un corte en la cara, que le proporcionó el gordo con una maquinita de afeitar.
El Ale salió a la calle, al barrio, al frío recientemente otoñal, un poco dolorido y con resaca. Se sentó en la esquina, con la campera y tiró todo lo que había en los bolsillos sobre las baldosas. Intentó reconstruir la historia.
Las señales eran claras... Si quería, si se esmeraba, podría armar la vida entera de la persona a la que le había sustraído las pertenencias. Sabía que era una piba, que salía de un boliche o algo así (por la hora en que se la encontró), conocía a los amigos que estaban con ella, porque también se encargó de robarles. "Qué loco", pensó el Ale. La vida entera de una persona podía sacarse incluso por contexto. Estaba ahí en sus manos, en una billetera, en un celular, en un porta-cosméticos, en unas anotaciones desprolijas en papelitos sueltos, y todas esas "huevadas" de llaveros y llaves.
Miró con detenimiento la billetera. Había fotos, había estampitas, algo de plata, un documento celeste, cartitas de las amigas, una tarjeta de bondi y algunas monedas. Sin pensarlo agarró la plata, se la metió en el bolsillo y revoleó la billetera al cordón. Las llaves tenían llaveros de distintos lugares del mundo y una jirafita de guata. "Qué gilada", pensó nuevamente el Ale y tiró las llaves al cordón.
Cuando agarró el celular sin embargo, se intimidó. Estaba como pegoteado de alcohol y el fondo de pantalla era una foto de unos pies desnudos. Lo miró un rato, aún conmovido por los golpes y la jaqueca. Entró al buzón de mensajes y leyó "MAMÁ", un poco nublado. El mensaje rezaba: "hija, dónde estás?" Luego leyó el siguiente, mamá esta vez decía: "Estoy preocupada, llamame". El horario de los mensajes recibidos era el mismo en el que el Ale había interceptado a la pibita y le había robado las cosas. Se puso a pensar en su mamá. ¿Dónde estará? Por qué se había ido cuando el era un nene, por qué mierda lo había dejado con esos hijos de puta. Qué haría su mamá si lo viera acá sentado, revisando un botín.
El Ale tragó saliva. Apagó el celular. Se miró el antebrazo.
Quiso irse. Quiso pedir perdón. Quiso no haber nacido.
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