lunes, 30 de mayo de 2016

Mayo dura doce meses

Me detengo a escribir hoy quizás, porque creo que este mayo no termina nunca. Mire donde mire, estamos en mayo (con todo lo que eso puede significar). Cómo no entiendo de almanaques y solamente sé que vamos todos para el mismo lado, estoy sobresaltada por la extrañeza de este mes interminable. Mayo dura doce meses en mi ciudad. Arrancó un día uno de hace muchos días atrás, y todavía no terminó. Y en el medio... (¡Ay la parte del medio!) todas esas cosas que a veces no te dejan respirar y otras te alcanzan un tubo de oxígeno. Sí, todo eso en el medio de otro remolino de frío, viento, hojas de otoño y ojos de primavera.
Lo que pasa en el medio siempre es la mejor y la peor parte.
A veces creo que solamente nacimos para decir "hola" al principio y "chau" al final, y no para desenvolvernos en lo que nos ultraja en el medio. El fondo del asunto, el carozo de las historias, el medio de los meses, el conflicto de la película, el enredo de la novela, el jamón y el queso del sandwich, el epicentro del terremoto, todo eso... A dónde va todo eso que queda en el medio.
No estamos hechos de principios y finales, sino de los medios. De todo lo que acontece en esas mitades de tiempo y espacio. Si hay un antes y un después de nuestra vida, de nuestro nacer y morir... Es nuestra vida. Digamos que estamos hechos de lo que pasa entre que nacemos y morimos. Pero solamente sabemos decir hola y chau. Porque el asunto del medio es mucho lío para nosotros, simples mortales, que le echamos la culpa al principio y al final.
De la introducción al epílogo nos salteamos las páginas, y el fondo de la olla, solamente lo conoce la cuchara. Queremos llegar, no sabemos a dónde pero queremos saltearnos el quilombo y llegar al desenlace de algo que ni podemos ponerle nombre. (Porque es la muerte, amigos. Y a la muerte no hay que nombrarla ni bajo presión).
Y seguimos en mayo... Mayo está en el medio de todo ésto, es el eje del remolino. Mayo tiene la culpa de enero y de diciembre, del hola y del adiós, del nacer y de eso otro que no se nombra. Es mayo y nada más que mayo el ombligo del año, la mitad de 365, el 50 por ciento en la escala del 1 al 100.
Todos estamos hechos de lo que pasa en el medio, todos somos mayo. Pero no nos damos cuenta hasta que llegamos a la parte del chau, a la parte del 100, al final del capítulo, a los créditos de la película, al diciembre del año, al ocaso de todo... Y cuando eso ocurra estaremos realmente en el medio de la tierra, en el epicentro del terremoto, en la mitad de otra historia. (Por no decir muertos, ya que eso no lo puedo nombrar).
Siempre estaremos en el centro, en el medio, como mayo, como el miércoles, como la vida del mortal, pero solamente esperamos el hola y el chau, porque somos humanamente estúpidos para diseñar lo que pasa en el medio, para tomar conciencia que hoy es el único hola que hay, mañana ya es chau, ahora es mayo, ahora vivimos, cuando sea junio... Nadie sabe qué pasará.

lunes, 11 de abril de 2016

Cuando la explosión va por dentro

Por una de esas cosas de la vida el 6 de abril (fecha conmemorativa quizás por tratarse de un día 6), recibí unas fotos a mi celular. Me las enviaba un amigo que trabaja en tribunales y que pasó esa mañana por calle Salta y Oroño deteniéndose, como tantos de nosotros, en el paredón que hoy es santuario de las víctimas de la tragedia ocurrida el 6 de agosto de 2013. 
El mensaje que acompañaba la foto decía lisa y llanamente... "A que no sabés quién es este monstruo que se ve parado rezando frente al santuario... el gasista imputado." El hombre parado allí, ante el altar a las víctimas de la tragedia de calle Salta 2141, era efectivamente Carlos García. 
Todo eso que uno piensa que va a sentir cuando conoce a este tipo de personajes se vuelve muy efímero cuando de verdad te acercás a la realidad. De este hombre yo no sé casi nada, no sé cómo avanza la causa ni sé por qué me detengo a escribir esto, supongo que por la efervescencia de los sentimientos encontrados.
Cada vez que paso por ese lugar me detengo al menos cinco minutos. Miro las caras de las víctimas en las fotos, las flores de plástico que a veces acompañan sus imágenes, las inscripciones escritas en la pared, los colores que rodean el ambiente. Me detengo en la cara de Florencia Caterina porque a ella la conocí, porque me dolió su pérdida. Cuando sigo mirando hacia los demás rostros me doy cuenta de que, de una forma u otra, me dolieron todas esas pérdidas.
Y entonces pienso, me obligo a pensar: "¿Qué hace este hombre ahí? ¿A quién llora? No debería, después de tanto dolor" y me atrevo a decir: "¿Con qué cara se detiene a lamentarse en el mismo lugar en que lo hacemos todos nosotros?"
Saber de su presencia ahí no sólo me sorprende, me confunde, me descoloca, además me causa una profunda e infinita tristeza, una mezcla de bronca y piedad por ese tipo que no conozco pero aún así aprendí a aborrecer. Sin embargo, creo que las historias son siempre un pedazo de lo que percibe "un alguien" y que, por lógica, hay otros pedazos de otras historias de otros "alguienes", que también merecen ser contadas. Verlo al gasista ahí en las fotos, me lleva a pensar en todo lo que puede llegar a estar pasando por su cabeza: todo el miedo, toda la culpa, todo el cuestionamiento propio y ajeno que le pesa en los hombros. Este señor se detiene a lamentar sus culpas, a llorar sus "propias víctimas" ante el santuario de calle Salta 2141 y nadie se da cuenta de quién es. Esto es también un pedazo de historia.
Mientras intento comprender su presencia en ese lugar, también me descubro justificando esa visita, esperando quizás que él encuentre de ese modo su redención. Finalmente me pregunto (y con ésto quizás lo entiendo) ¿Por qué su dolor es menos válido que el mío? ¿De qué le serviría que lo perdonen, si no puede perdonarse a sí mismo?... Digo también: ¿Quién soy yo para impedirle a ese tipo ir a perdonarse a ese paredón?



martes, 5 de abril de 2016

¿Dónde está la libertad?


-¿Dónde creés que está la libertad? - le pregunté a un alumno de diez años.
-Es fácil. En las cárceles. - Me dijo sin dudar.
-¿Cómo que en las cárceles? - Dije confusa.
- Sí. Y en las jaulas, y en los cementerios.- Añadió.

Lo miré sin entender. Me miró con esa cara con la que (inequívocamente) miran los niños cuando un adulto no comprende las cosas más simples, más elementales. Tomó aire, como cansado de tener que explicar algo una y otra vez, y dijo...

-Las cosas solamente se pueden sentir y están ahí donde más faltan. Estamos libres todo el tiempo y no nos damos cuenta.
-¿Vos decís que no sentimos la libertad?
-Nunca sentimos la libertad, pero sí cuando falta, cuando falta ahí está.

El peso de las cosas se experimenta cuando faltan y vivimos toda la vida privados justamente de comprender lo que tenemos. No porque no exista... Es existe, pero no lo vemos.
Para mi alumno, solamente entre rejas entenderíamos qué es la libertad, la encontraríamos en una cárcel. Solamente cuando cae por el peso de su ausencia, cobra sentido una palabra. Lo que está lleno de sentido no es jamás la presencia, lo concreto, lo táctil. La ausencia de las cosas, nos hace sentir su real presencia, su significado. Todo ésto entendió un niño, y nosotros no.

lunes, 29 de febrero de 2016

Disculpen las molestias, pero nos están matando

Te gusta decir que es nuestra culpa para sentirte menos cómplice del machismo universal. Te gusta prestar atención a lo que tenemos puesto o a las palabras que usamos, para que un poquito "lo hayamos buscado".
Te ponés a contabilizar los hombres con los que estuvimos para quedarte tranquilo de que "fueron varios", entonces digamos, que nos violen no está del todo mal, hasta capaz que nos gustó.
Te gusta decir "no es por justificar al violador pero..." y todo lo que viene después de ese "pero" es cobarde, es monstruoso, es cruel e imperdonable.
Cuando decís que no estás avalando el accionar del violador o del asesino, pero que "¿Cómo puede ser que dos minas viajen solas a Ecuador?", estás siendo parte de un círculo infinito de justificaciones que ni vos podés entender el alcance que tienen. La respuesta es sí, es un gran sí. Lo estás justificando, lo estás defendiendo, lo estás cubriendo, y sos parte de eso. 
Parece irónico cómo muchos comunicadores sociales / periodistas / profesionales del medio, osan decir en un medio masivo y abierto que el tema está en la falta de conciencia de las víctimas y su falta de recaudo y no en asesino, violador, proxeneta, o lo que fuera que termino con las vidas de estas chicas (que son todas). Duele mucho que aún hoy haya personas asintiendo con la cabeza cuando un comunicador dice "Y... también los padres, ¿Cómo van a permitirles a sus hijas ir solas a un país desconocido?" Hace muchísimo ruido que a ustedes no les haga ruido. Estamos enseñando a nuestras hijas/amigas/hermanas/alumnas a no ser violadas en lugar de enseñarles a nuestros hijos/hermanos/amigos/alumnos a no violar.
Pueden decirnos que no es femicidio, que son actos crueles al azar, que te matan o te roban o te violan en cualquier lado, que pasó en todas las épocas, que no es saña contra el género femenino. Mentira. Puede que todos suframos injusticias alguna vez, pero mirá las estadísticas, las muertas siempre son mujeres.
Decimos no, decimos basta. Y NO ES NECESARIO SER MUJER PARA PONERTE LA CAMISETA. TAMPOCO ES NECESARIO SER HOMBRE PARA SER MACHISTA Y APAÑAR AL MACHISMO OPRESOR.
Si sos mujer, defendé a tus compañeras, podés estar vos adentro de esa bolsa solamente porque a un tipo le pareció que era insinuante tu escote. Si sos hombre y te duele tanto como a nosotras, defendé vos también lo que pensás. Sos más hombre cuidando y defendiendo a una mujer, que mostrando que te la podés ganar cuando se pone en pedo. De micro-machismos está hecho el mundo.
No digas que esto está de moda, no digas que el feminismo es un "ismo" pasajero, no digas que somos densos. No naturalices un asesinato, porque yo tengo puesta una pollera. 
Lo peor de todo esto, es que haga falta aclararlo
DISCULPEN LAS MOLESTIAS, PERO NOS ESTÁN MATANDO.

jueves, 25 de febrero de 2016

A veces hago críticas de cine


“EL CLAN”
Dirección: Pablo Trapero.
Países: Argentina, co-producción con España.
Año: 2015.
Duración: 110 minutos.
Género: Drama.
Calificación: No apta para menores de 16 años.
Reparto: Guillermo Francella, Antonia Bengoechea, Gastón Cocchiarale, Stefanía Koessl, Peter Lanzani.



El cine argentino nos ha dado últimamente unas lindas joyas que convocan no sólo a la sala sino además a la auto-reflexión, al debate entre amigos y a la incomodidad; entendida ésta como la capacidad de movernos un poco el suelo firme que pisamos y cuestionarnos qué sucede cuando se desdibujan los límites entre el bien y el mal, entre la culpa y la inocencia, entre lo moral e inmoral, etc. Temas como éstos han sido actualmente tocados con especial impacto en películas como “Relatos Salvajes”, “La patota”, y “El Clan”. Tres films que tienen en común ser un tipo de cine que reúne varios condimentos emocionantes: impecable guión, buenos actores, atractivas tramas, reconocidos directores, y buen marketing.


La película de El Clan está centrada en un momento convulso de la historia argentina: los comienzos de la década del 80, en Buenos Aires. El legendario clan Puccio, familia acomodada de la ciudad de San Isidro, tiene como cabeza de un plan siniestro al padre: Arquímedes Puccio, quién años después de abandonar su tarea como miembro de la inteligencia militar argentina, todavía quería lucrar de alguna manera con los restos de esa Dictadura Militar que había imperado tras el golpe de Estado del año 1976.
“El clan” se basa en una historia real, que conmovió a la Argentina en los años 80 con una serie de secuestros, extorsiones y torturas seguidas de muerte, que tenían como victimarios a los miembros de una familia de la coqueta zona norte de Buenos Aires.

El contexto de surgimiento del clan Puccio como tal, coincide con los resabios de una sociedad aún marcada por el terrorismo. Tras el golpe de estado que derrocó al gobierno de “Isabelita” Perón el 24 de marzo de 1976 en Argentina, una junta militar encabezada por tres comandantes de las Fuerzas Armadas se autoproclamó como “Proceso de Reorganización Nacional”, accionando en base a un terrorismo de estado, una constante violación de los derechos humanos que se tradujo en miles de desaparecidos. La sociedad argentina de ese entonces vivía atrapada en una mezcla constante de miedos, inmoralidades, secretos, silencios, incertidumbres y corrupciones propias de un proceso de transición hacia la futura democracia, alcanzada recién en 1983.

A principios de los 80, Arquímedes trabajaba como contador y tenía además un comercio al público, que no dejaba mucho resto. Su esposa Epifanía se desarrollaba como docente y tenían cinco hijos adolescentes: Alejandro, Silvia, Daniel (apodado “Maguila”), Guillermo y Adriana. Alejandro era conocido por su brillante carrera de jugador de Rugby en el club C.A.S.I y luego su fugaz paso por la Selección Nacional. En un primer momento, la salida elegida por el patriarca del hogar para solventar la inestable situación económica, fue apurar con extorsiones a personas conocidas, que podían aportar un dinero extra a su gran familia. El modo era simple: se llamaba con amenazas, se insistía y la familia de la potencial víctima, dejaba dinero en algún parque, o vía del tren, donde Puccio iba a buscarla, con dos ex compañeros como cómplices. Con el correr de los días, el plan se tornó cada vez más siniestro y despiadado: no sólo los hijos de Arquímedes (Alejandro y Maguila) debieron unirse al trabajo sucio, sino que la víctima elegida era un compañero de Rugby y amigo de Alejandro. Esta vez, el secuestrado reconocía a su secuestrador, la extorsión no era suficiente y había que acabar con el muchacho para no dejar rastros. Su modus operandi fue desde el principio frío, calculador, crudo, pero empezaba a tomar dimensiones asesinas.

La familia era numerosa, discreta, unida y en apariencia muy normal. Los vecinos creían en su inocencia y su aire tradicional. Las actividades diarias se desarrollaban con total costumbrismo y dignidad; pero en el corazón del sótano de su casa de San Isidro se ocultaba un secreto desopilante: secuestro, privación ilegítima de la libertad, tortura y muerte. Las víctimas fueron primeramente hombres fuertes, jóvenes, llenos de vida, y por supuesto, de una suelta posición económica.

A veces la frase “la realidad supera la ficción” puede sonarnos un cliché, y más tratándose de este tipo de películas que rozan una arista de nuestra historia que ha sido y sigue siendo aún, muy susceptible y blanco de ambivalentes críticas e interpretaciones. Pero en este caso, la revelación de los operativos macabros de una familia en apariencia recta y costumbrista, que han tenido lugar en la historia real de nuestro país, no hacen más que consternarnos con su cruda presentación en la pantalla grande. Trapero logra centrarse de manera notoria, en el núcleo familiar, en el seno de la cotidianeidad de esta familia descomunal y en el desarrollo de su actividad monstruosa que termina por destruir todos los esquemas éticos imaginables.



El director centra su atención, como dijimos, en el microcosmos familiar de los Puccio que refleja despiadadamente el ciudadano cómplice de un estado que fue macabro. Epifanía sumisa, callada, agachando la cabeza y obedeciendo a su marido. Los hijos intentando distraerse en sus actividades cuando en realidad sabían que algo no andaba bien, pero en silencio, siempre en silencio. Todo esto habla de una complicidad, como han resultado ser miles de ciudadanos durante las dictaduras militares, de esos que han dicho: “yo no maté, pero veía cómo lo hacían”, o de esos que han dicho: “yo solamente obedecía órdenes”. Esas frases tienen lugar aquí, todas juntas, en el seno de la familia Puccio.


Realmente Arquímedes (Guillermo Francella) encarna en su apariencia y en sus acciones, un lado monstruoso de la condición humana, sin escrúpulos, sin moral, sin límites. Epifanía (Antonia Bengoechea) representa la sumisión, la cobardía, la complicidad ciega (pero no sorda). Los hijos encarnan una y otra vez contradicciones, desquicios, impaciencias, miedos, caos mental. Más que nada Alejandro Puccio (Peter Lanzani), que ha logrado notoriamente una actuación riquísima, una matización de los climas dramáticos y los suspensos que ha sido reveladora. Por su parte, Maguila (Gastón Cocchiarale) termina por huir, consternado, de su infierno familiar. Lo interesante de los hijos varones de los Puccio es su lado cómplice durante el desarrollo de los secuestros, su silencio durante el destino inminente de los secuestrados y su falta de entendimiento (o no) ante lo que en verdad estaban haciendo. Esto es algo que nunca queda claro. ¿Hasta qué punto Maguila y Alejandro estaban tomando conciencia de sus actos? ¿Se hacían los tontos? ¿Estaban asustados? ¿Querían la plata y por eso jugaban a hacer la vista gorda? Nunca queda explícito lo que sintieron, lo que pensaron, hasta casi llegado el final de la película, final que consagra nuevamente la actuación estelar de Peter Lanzani.

A nivel actoral, sabemos de la entereza de Guillermo Francella que ha demostrado salirse espectacularmente de su registro humorístico en El Secreto de sus ojos, papel que lo ha coronado por los espectadores y la crítica. En El Clan una vez más, deslumbra. Su mirada precisa, su aplomo, su lentitud al hablar y toda una crueldad concentrada solamente en la expresión, es fascinante. Peter Lanzani, como ya dijimos, ha sido la revelación de este largometraje, lo cual habla mucho no solamente del actor, sino además de un gran mérito de Trapero. El resto de los personajes, algunos más, otros menos, no han sido la gran cosa. Las mujeres de la familia han pasado, actoralmente, por pocos matices. Recién al final, se destapan un poco más algunas actuaciones, como la de Bengoechea y la de Gastón Cocchiarale, pero se quedan en lo ordinario.

En la trama entonces, se deslindan estos caminos de realidad, de historia documental y de archivo verídico. La cámara invade el espacio familiar, ese terreno que siempre nos es un misterio. ¿Cómo funciona una familia desde adentro? La respuesta en este caso es fatal. La intromisión en esta casa nos hace testigos y jueces de un crimen tras otro. Fueron tres en total. Vemos la culpabilidad en su mayor esplendor, y aún así, el silencio, la naturalización de la muerte, la ración de comida destinada al secuestrado y aún así el resto de la familia cenando tranquila en el piso de abajo, escuchando e ignorando los gritos que venían de la bañera ubicada en el baño de arriba: el secuestrado tenía que comer para no morir, la familia tenía que callar, el status se debía mantener gracias a ese ingreso, había que obedecer a papá, nadie quería preguntar.




Casi todo se presenta en modo de flash-backs. El final de la historia, se presenta en el montaje como la primer escena de la película, pasando luego por todo el tiempo precedente y finalizando nuevamente con esa primer escena, que es además, un gran gancho por las impresiones que genera. Podría pensarse que el recurso es injustificado, ya que se ve la misma escena más de una vez, pero lo que sucede con esta edición, es arte. Los últimos 20 segundos del film son, aún para quienes han leído algo de esta historia, lo más inesperado e impactante.


Uno de los grandes méritos de Trapero con esta película es, sin dudas, su trabajo de periodismo de investigación, que consagró su obra fílmica como una pieza casi documental que fue éxito de carteleras e inspiración para otras obras venideras con la fijación en esta familia sin igual. Por ejemplo, los capítulos de la serie unitaria “Historia de un clan”, emitida por Telefé y el libro “El Clan Puccio: la historia definitiva” investigación de Rodolfo Palacios. El guión es propio del director y su estilo en este caso, rompe un poco con sus trabajos anteriores, si recordamos Elefante blanco, Carancho, o Leonera. Si bien siempre ha llevado ese “sin filtro” al cine, yendo a todo o nada, tirando toda la carne al asador; esta vez, a nivel estético ha sorprendido por la pureza de sus planos, por no caer en el morbo ni en lo “clicheado”, y por lograr el tinte cálido en todas las escenas caseras, pasando por los fríos en las escenas callejeras. Se añade a todo esto, el recurso del plano secuencia, que ha logrado una escena lujosa.

El Clan es una película reveladora que despierta, cuánto menos, un gran interés. Quizás por tratarse de nuestra historia, quizás por preguntarnos permanentemente qué sucedía en la cabeza de esta familia, cuántos cómplices monstruosos de ese estilo ha habido en ese período de nuestro país (el hombre normal, clase media, que reza junto a su familia todos los días, que se levanta temprano y se pone a trabajar en un comercio de barrio), cosa que nos vincula directamente a otros períodos nodales de la historia del mundo: la complicidad del ciudadano promedio con el ejército nazi, por ejemplo. En este sentido, la invitación a la reflexión es permanente. Se entremezclan en una sola película aspectos claves para lograr un gran combo: gran guión, gran elenco y gran historia. Podría decirse de Trapero, que contar una historia real y hacerlo de modo convincente y verosímil, es un gran crédito.