Por una de esas cosas de la vida el 6 de abril (fecha conmemorativa quizás por tratarse de un día 6), recibí unas fotos a mi celular. Me las enviaba un amigo que trabaja en tribunales y que pasó esa mañana por calle Salta y Oroño deteniéndose, como tantos de nosotros, en el paredón que hoy es santuario de las víctimas de la tragedia ocurrida el 6 de agosto de 2013.
El mensaje que acompañaba la foto decía lisa y llanamente... "A que no sabés quién es este monstruo que se ve parado rezando frente al santuario... el gasista imputado." El hombre parado allí, ante el altar a las víctimas de la tragedia de calle Salta 2141, era efectivamente Carlos García.
Todo eso que uno piensa que va a sentir cuando conoce a este tipo de personajes se vuelve muy efímero cuando de verdad te acercás a la realidad. De este hombre yo no sé casi nada, no sé cómo avanza la causa ni sé por qué me detengo a escribir esto, supongo que por la efervescencia de los sentimientos encontrados.
Cada vez que paso por ese lugar me detengo al menos cinco minutos. Miro las caras de las víctimas en las fotos, las flores de plástico que a veces acompañan sus imágenes, las inscripciones escritas en la pared, los colores que rodean el ambiente. Me detengo en la cara de Florencia Caterina porque a ella la conocí, porque me dolió su pérdida. Cuando sigo mirando hacia los demás rostros me doy cuenta de que, de una forma u otra, me dolieron todas esas pérdidas.
Y entonces pienso, me obligo a pensar: "¿Qué hace este hombre ahí? ¿A quién llora? No debería, después de tanto dolor" y me atrevo a decir: "¿Con qué cara se detiene a lamentarse en el mismo lugar en que lo hacemos todos nosotros?"
Saber de su presencia ahí no sólo me sorprende, me confunde, me descoloca, además me causa una profunda e infinita tristeza, una mezcla de bronca y piedad por ese tipo que no conozco pero aún así aprendí a aborrecer. Sin embargo, creo que las historias son siempre un pedazo de lo que percibe "un alguien" y que, por lógica, hay otros pedazos de otras historias de otros "alguienes", que también merecen ser contadas. Verlo al gasista ahí en las fotos, me lleva a pensar en todo lo que puede llegar a estar pasando por su cabeza: todo el miedo, toda la culpa, todo el cuestionamiento propio y ajeno que le pesa en los hombros. Este señor se detiene a lamentar sus culpas, a llorar sus "propias víctimas" ante el santuario de calle Salta 2141 y nadie se da cuenta de quién es. Esto es también un pedazo de historia.
Mientras intento comprender su presencia en ese lugar, también me descubro justificando esa visita, esperando quizás que él encuentre de ese modo su redención. Finalmente me pregunto (y con ésto quizás lo entiendo) ¿Por qué su dolor es menos válido que el mío? ¿De qué le serviría que lo perdonen, si no puede perdonarse a sí mismo?... Digo también: ¿Quién soy yo para impedirle a ese tipo ir a perdonarse a ese paredón?


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