domingo, 19 de octubre de 2014

La parte de adelante

Un domingo del año 2005 tuve el casamiento del primo de mi mamá. El evento era al mediodía en un conocido hotel céntrico donde podíamos comer en cantidades, usar Internet ilimitado y disfrutar shows de magia de la mano de uno de esos magos que te llama a viva voz para participar cuando aún estás con el trozo de panqueque en la boca. Sin embargo, en ese evento las cosas eran maravillosas.
Entre el segundo plato y el postre hubo una de esas tandas de baile en las cuales con mis airosos catorce años me escapaba corriendo a la computadora de la entrada porque se podía usar la web "sin pagar". Estaba en eso muy concentrada ubicandome en la silla cuando me rescato de que había que poner una contraseña para el wifi, intenté algunas cosas lógicas como el nombre del hotel pero no funcionaba, entonces refunfuñando me levanté de mi cómodo asiento para dirijirme a la conserjería a solicitar la contraseña correcta. Estaba justo acercándome a la recepción cuando un hombre salió del ascensor próximo haciendo barullo.

-El diario de hoy, ¿puede ser?

Dijo ésto y ubicó los codos en el mármol de la recepción tal cual estaba yo. Giré mi cabeza como sobresaltada por la voz que estaba escuchando y lo miré fijamente durante algunos segundos. No podía ser. Los lentes de sol le cubrían el rostro ampliamente, la campera de cuero era abotonada hasta el cuello y una de sus manos estaba tapándole la mitad de la cara. Los rulos estaban intactos. Tomó el diario, lo hojeó rápidamente y se disponía a retirarse malhumorado cuando se me prendió fuego el corazón... no sé si le grité o si lo tomé del brazo, o si tartamudeé pero hice que se quedara frente a mí por unos minutos escuchando mis altibajas emociones fanáticas. He aquí el diálogo que ha quedado en mi cabeza; cabe aclarar que es casi cien por ciento fiel al original debido a que estuve repitiéndome esa secuencia en mi mente casi todos los días. 

-Eh...vos... ¿Sos...?
- ...
- Sos... sos... sos Andrés, Andrés Calamaro?
- Ajá.
- Pero... pero, pará pará no te vayas. Te quería decir que... Vos sos... Andrés, y bueno, yo... para ser sincera... soy fanática tuya y... Si podía ser que me hagas un autografo tuyo, o dos, mejor...
- Acá te hago uno, después sacale fotocopias...
(...)
- No, que sean dos, por favor... 
- A ver... Dame ese papelito.
- Es que... en realidad me enamoré de tus canciones porque el chico que me gusta es fanático... y, el día que lo conocí... me parece que... estaba como... estaba como tarareando un tema tuyo y yo... justo lo vi, y el me miró y a partir de ahí... pero... sos vos... y yo... Andrés, si no es mucha molestia te quería pedir si podías...  uno para mí y otro para él porque... el y yo... nos gusta... 
- ¿Cuál tema mío tarareaba?
- Flaca.
- Ah.
- Es tu novio?
- No sé.
- Acá están los dos, espero que no te arrepientas.

Él se fue con su diario al ascensor, no vi qué piso marcaba pero me quede mirando la puerta de metal cerrada durante un largo tiempo, con la tarjeta de invitación del casamiento en la mano, autografiada por Andrés Calamaro, los ojos llenos de lágrimas y una frase que me retumbó toda la vida en la cabeza.

¿" Espero que no te arrepientas"?
Pasaron los años y comenté la anécdota con muchas personas, tratando de buscarle un sentido a lo que yo creía era un regalo, un tesoro del salmón, que no podía desperdiciar. La mayoría de la gente a la que interpelaba con mi historia me decía que no me vuele la cabeza, que probablemente tiró una frase cualquiera, producto de su resaca y su domingo de estado calamitoso, que no me enrosque en esas cosas, que seguramente era un decir, que no había nada detrás de eso.

Pasaron nueve años y algunos meses, la frase no se me borró de la memoria jamás. 
El autógrafo mío lo tengo guardado en un portaretrato como una gran reliquia, el otro lo regalé con total emoción a la persona para la cual lo había pedido. Él quizás lo haya guardado también, o quizás lo haya prendido fuego junto a todas mis pertenencias una vez terminada nuestra relación adolescente.
Ahora lo vuelvo a ver, nueve años después de nuestro enamoramiento ofuscado y voraginoso, como si nunca hubiera existido el pasado, nos sentamos en una mesa al aire libre debajo de un jacarandá. Después de algunas banalidades, me contó que estaba aprendiendo a tocar un tema en la armónica.

-¿Qué tema? - le pregunté recorriendo con la mirada sus comisuras.
- La parte de adelante, de Andrés. - Me dijo con una sonrisa.

Ahí entendí lo que posiblemente significaba, lo que había significado todo este tiempo... 
Tras varios caminos truncos que jamás nos cruzaron durante casi una década, ahora está enfrente mío el mismo que no me dejaba dormir, ahora estamos debajo de la luna y el jacarandá y ya no somos adolescentes. Yo lo examino nostálgica mientras él habla de su vida, de la mía, de nuestras cosas, (o de las cosas que nunca fueron nuestras) y de ausencias profundas que ya ni duelen. 
Quizás tardé mucho en darme cuenta, o quizás hasta hoy no había entendido a Calamaro, pero... como sea, lo tengo frente a frente muchos años después y recuerdo tu frase, Andrés.
 Quedate tranquilo! Creo que nunca me arrepentí.


miércoles, 8 de octubre de 2014

somos como el cielo



Somos como el cielo quizás también.
Amenecemos algunas veces, y otras nos resignamos al ocaso.
Nos sale el sol por las venas, pero también oscilamos tempestades.
Garuamos finito y llovemos con furia (ay! cómo llovemos).
También nos nublamos y nos estrellamos, nos resguardamos solos como la luna o brillamos como las constelaciones inalterables.
Quizá también atardecemos, nos caemos como el sol,
quizás largamos rayos y gruñimos como el trueno.
A veces somos agua, otras partículas de polvo.
También levitamos y nos condensamos,
nos volvemos duros para luego caer en forma de graniso...
Nos permitimos ser cálidos como el alba o fríos como el anochecer.
También nos llenamos de neblina, explotamos cuando nos choca la nube, y nos escondemos cuando preferimos eclipsar...
Somos como el cielo quizás también.
Ahora estamos lloviendo.




domingo, 5 de octubre de 2014

De demonios y otras piedras

Mi anillo de malaquita había sido diseñado aparentemente por y para mí (sin sacarle crédito al amable artesano que casi me lo regala por mi emoción atolondrada al encontrarlo).
Apenas adquirí mi nuevo tesoro de 50 pesos, volví contenta a mi casa mostrándo a todos mi piedra de la suerte. Mi novio me observaba feliz poniendo el anillo en una vasija de barro con agua y sal, en una mesada del jardín.

Sé por aficionada a las piedras que cada una posee una energía particular, que debe ser estimulada. Esa energía se proyecta en la persona que las posee y conserva, así como la energía de esta persona transmite energía a la piedra en cuestión. Apenas adquirís una piedra, debes "lavarla" con agua y sal, colocándola al aire libre, a la intemperie, durante 24 horas aproximadamente. La piedra tiene que contactarse con la noche y con el día en partes iguales. Se llama "baño de sol y luna" y lo aprendí recolectando relatos por ahí.

Me lo explicaron de esta manera: "Es como un viaje cósmico que emprende la piedra para luego regresar a la Tierra y transmitir de mejor manera todo su potencial".
En este viaje me emprendí con mi nueva compañera verde mar. La puse al sol, la deje reposar durante la luna, y quizás la deje más tiempo de lo previsto porque quería que se cargue de la mejor manera posible para que me acompañe con fuerza. Soy un poco crédula, lo sé, pero cuando yo creo en algo, lo creo con toda mi voluntad.

Pasaron dos días y fui a buscar mi preciado objeto al patio, sabiendo que ya estaría lista para viajar conmigo. Cuando me acerqué a la vasija de barro tuve el peor de los hallazgos. No estaba más. Mi anillo de malaquita no estaba en el piso, ni en la vasija, ni en la mesada, ni lejos, ni cerca, ni dentro de mi casa, ni había sido comido por mi perra. No estaba casi como una desaparición fantasmagórica. Revolví todos los rincones, macetas y flores. Entré a mi pieza a buscar el sobrecito donde estaba envuelta la primera vez que la vi. Quizás se me había olvidado dejarla reposar por descuido. Quizás alguien la había agarrado. Interrogué a todos, nadie sabía nada de mi tesoro. 


Una vez, en otro relato de esos simples que me gustan a mí, mi amiga Cecilia que sabe de estas cosas me había dicho: "Es loco esto de las piedras, cuando no quieren quedarse en un lugar se van. Puede tener que ver con la energía de la persona que las tiene o puede que ya no quieran estar ahí. Pero una piedra energética, jamás se queda donde no quiere estar". Ella me había enseñado lo del baño de luna y sol, e inmediatamente recordé estas palabras.


Al otro día vi a Cecilia y casi con tristeza le conté lo sucedido con mi malaquita. Desapareció, se fue, ella, con el anillo, con mis ganas de estrenarlo, con el amor que entregué durante la preparación de su baño en agua y sal, con todo, había desaparecido. Yo estaba enojada con la piedra y dudando seriamente por qué no había querido quedarse conmigo. Le pregunté a mi amiga muy preocupada, si acaso yo tenía mala energía.


Cecilia me miró sonriendo mientras yo explicaba el suceso con manos y gesticulaciones.


"No lo tomes como que se desprendió de vos, entendé que quizás le gusto mucho el baño de luna que le preparaste. Se fue de viaje y no volvió. Donde esté, te agradece".


Ese día comprendí que nada es de nadie, ni aunque lo compres, ni aunque te lo regalen, ni aunque lo obligues. Ninguna piedra es de la suerte ni ninguna atadura debería forzarse. Cuando más amarras algo, más deseos tendrá de desprenderse.

 La piedra malaquita no es mía, pero sigue siendo mi preferida y ahora está viajando por el cosmos.



De piedras y otros demonios II

Con el paso del tiempo cambian muchas cosas de uno, menos la esencia. ¡Ah la inquebrantable esencia!
Siempre las piedras me han sido enigmáticas. Me resultan, incluso, un curioso elemento natural que no sirve para nada y justamente ahí, en la simpleza de este fenómeno, creo yo, reside su magia.
Las piedras son extractos de algo mucho más grande, que se ha roto, se ha desprendido y que jamás sabremos cuánto hace o por qué se han alejado de la masa que las contenía.
A algunas piedras las trae el mar, a otras la energía del viento. Hay piedras que se desprenden de acantilados, montañas, volcanes y precipicios. Hay otras que nadie sabe quién las ha puesto allí, pero ahí están. No deja de ser curioso.
Cuando era una niña pensaba seriamente en el uso de las piedras mientras las limpiaba con afán en la casa de mi tía abuela. Ninguno. Esa era la única respuesta que encontraba. No me interesaba.
De grande quizás comprendí que se usan para hacer construcciones, algunas herramientas también han nacido primeramente de alguna de estas deliciosas criaturas. Obras de arte, tallados, grabados y demás. Ahora las observamos con frecuencia en pulseras, collares, anillos y llaveros.
Las piedras me entusiasmaban y me intrigaban como nada en el mundo.

Hace algunos meses, (algunos largos meses que no sé si llegan a devenir en año) yo estaba caminando distraída por una feria artesanal junto al río de mi ciudad. Miraba agendas en un puesto, títeres en el otro, en el siguiente había mermeladas y especias, otro muy lindo con bijou en macramé, y cosas de estilo que me alegran la vista algunos domingos otoñales.

Caminaba junto a mi novio lenta y cuidadosamente para no perdernos detalle. A él le encantaban ese tipo de espectáculos callejeros y gratuitos. (Igual creo que a mí me gustaban mucho más). Las horas se me desvanecían mirando y re-mirando todo lo que se me presentaba de un puesto a otro.
En uno de esos arrebatos del destino nos topamos con un puesto precioso de orfebrería en alpaca. Ahí me detuve. El siguió caminando sin notarlo. Como sucedía siempre, cuando se daba cuenta de mi ausencia suponía que me había quedado atrás charlando con alguno buen vendedor o haciéndole preguntas a la chica que fabricaba sahumerios riquísimos.
Ese día no me había detenido a charlar, ¡había encontrado MI piedra!
Años atrás, cuando supe que la malaquita era para mí, jamás había visto una en vivo y en directo, solamente había encontrado algunas imágenes ilustradas en un diccionario antiquísimo que solía consultar cada vez que tenía curiosidad infantil. Luego, pasaron los años y me olvidé de cómo era mi piedra de la suerte y también de cuales eran sus propiedades. No supe dónde encontrarla o ella no supo donde encontrarme a mí. Hasta ese día en la feria de artesanos.
Un anillo bellísimo estaba mirándome desde un paño rojo colocado cuidadosamente sobre una tabla de madera sin patinar. El chico que estaba tras ese paño parecía muy simpático. Trabajaba la alpaca en ese mismo instante, con unas herramientas y maquinarias pequeñas que ignoré por completo. Me detuve a mirar el anillo que sostenía casi abrazando una hermosa piedra verde pequeña. Tenía distintos valores de verde, algunos en horizontal, otros un poco oblicuos, algunos verdes eran como el mar, otros como alguna copa de pino. Primero me fasciné con esos colores chorreados desprolijamente sobre algo tan pequeño. Parecía que alguien la había pintado a mano en un soplido. Me acerqué para mirarla de cerca y ahí recordé. Las imágenes se me vinieron a la mente en un instante y pude recordar el día que me dijeron que mi piedra era la malaquita, como el traje de la tortuga de la canción.
Instantáneamente supe que era para mí sin saber por qué. Después, como en un acto milagroso comprendí que era una malaquita, que era mía de verdad.
Recuerdo que el anillo salía $70 y que en ese momento era algo caro para mi presupuesto. Llamé con las manos a mi novio que me miraba desde lejos como preguntándome qué hacía ahí tanto tiempo. El vino hacia mí. Le conté todo lo que sabía de esa piedra, que no entendía cómo pero que era mía, que es mi favorita y que encima yo soy su favorita, que sus colores, que mi signo, que la suerte y no se cuántas cosas más. Conté todo presurosamente, casi sin respirar, como una niña que se enfrenta a su super héroe favorito.

El artesano me miró con ternura o algo así, y me dijo que por $50 me lo llevaba.
Mi novio sacó un billete y pidió que me lo envolvieran bien.
Mi sonrisa alcanzaba el cielo.




De piedras y otros demonios

Cuando yo tenía siete años tenía un hobby. En realidad tenía muchos pero había uno en particular que esperaba muy ansiosa.
Mi tía Nieves vivía en ese momento a la vuelta de mi hogar. Su casa era muy grande y siempre tenía olor a muebles lustrosos o a algún tipo de madera cítrica. Tenía ambientes amplios, un living con muchas sillas alrededor de una mesa larga que parecía haber salido de otro siglo, una escalera que invitaba a subir y un enorme piano en la sala principal que me encantaba tocar cuando nadie me veía. Arriba del piano estaba colocado un florero precioso, que siempre me daba la sensación de que se estaba por romper solo.
Pasando el living había una pequeña cocina con una puertecita que daba a un patio pequeño donde estaba Sheimy, una dálmata bastante agradable que mi tía encerraba para que "no me moleste" mientras yo hacía mi trabajo.
Yo tocaba el timbre algunos sábados por la tarde (casi siempre en verano). Recuerdo que la puerta de calle era blanca con rejas negras y tenía un llamador de bronce que estaba adherido a la puerta y no se podía hacer sonar. De todos modos mi tía me aguardaba casi detrás de la puerta o estaba ya esperando en el umbral mi visita vespertina.
Yo llegaba, la saludaba, e íbamos a la cocina a tomar mates con galletitas. Charlábamos de cosas de niños y también de cosas de adultos. A mi tía le encanta contar anécdotas de viaje. Yo miraba con los ojos bien abiertos mientras ella me comentaba: "las coyas que viven en el Norte son bastante sucias. Una vez me encontré a una orinando en la calle. Se levantó la pollera y largó el chorro, así sin más. Después no se limpió con nada y siguió caminando".
Terminada mi merienda íbamos juntas a la sala. Yo me sentaba en una de las sillas con enormes respaldos y mi tía me traía la bandeja de la fortuna. Casi siempre tenía que ponerme un almohadón para que logre alcanzar la mesa, aunque mis piernas quedaban colgando.
La bandeja constaba de un tesoro que me encantaba cuidar. Desparramadas formando círculos había piedras preciosas (no por su valor, sino porque de verdad eran preciosas). Había de todos los tamaños, clases, formas y colores. Estaban las pequeñas gemas redonditas, las rosas morganítas, las cristal de cuarzo que eran transparentas, algunas negras y azul profundo que no recuerdo el nombre pero eran mis favoritas. Algunas eran magmáticas, otras habían sido recolectadas del pie de alguna montaña. Todas eran maravillosas. Había también de las "caras": malaquita, zafiro, turquesa y ámbar, entre las únicas que recuerdo. Algunas tenían como un agujero infinito en el centro que te hacía observar hacia adentro una y otra vez hasta que te dabas cuenta que era imposible encontrar el fondo de la cuestión. Parecía que en su interior había un montón de secretos, casi como en el hueco de un caracol. (Cuantos secretos que caben en el fondo de una caracola o de una piedra hueca, casi todos los que caben dentro del mar).
Mi tía me acercaba un trapo, un Blem para lustrar cada uno de mis tesoros y algunos otros productos que las dejaban relucientes sin demandar demasiado trabajo. A veces adentro se les hacía telaraña, a veces se alojaban bichitos extraños entre piedra y piedra. Yo me sentía una médica durante una cirujía. Extraía todos los agentes patógenos (pelos, bichos, telas de araña, polvo, cenizas, o lo que sea) con un plumerito pequeño. Luego las observaba con detenimiento una por una hasta quedarme tranquila de que todo esté bajo control. Ahí comenzaba el proceso de limpieza con Blem y otros rociadores que dejaban rico aroma a todas mis pequeñas obras de arte. Las lustraba lentamente, las soplaba, les tiraba mi aliento y las volvía a lustrar incansablemente hasta que se les note el brillo a las que debían brillar, y se les note lo opaco a las que debían ser opacas. Yo me conocía todos los secretos de cada piedra, a algunas no se les podían aplicar ciertos productos, a otras no se las podía mojar y estaban las que ni siquiera podrían soportar el peso de un trapo sobre ellas. con un soplido bastaba para conformarlas.
Lamentablemente aunque haga esfuerzos sobrehumanos, hoy en día no recuerdo ni la mitad de esos secretos. Se perdieron en algún lugar de mi memoria al igual que mi hobby favorito.
Mi tía me acompañaba a hacer mi tarea, me ayudaba y me charlaba. Me contaba la historia de cada una de ellas y juntas buscábamos en el diccionario ilustrado las propiedades y los significados de las que más me gustaban. Supe que la piedra perteneciente a mi signo era la malaquita, que llevaba distintas tonalidades de verde. El día que me enteré de dicha astucia le dije contenta: "tía, ¡Mi piedra es como el traje de Manuelita!"
Pasadas las horas, la bandeja entera quedaba organizada, acomodada algunas veces por color, otras veces por forma, otras veces las piedras eran clasificadas según tamaño y otras por lugar de procedencia. Yo cada sábado decidía cómo quería ubicarlas y por qué. Hasta que yo no volvía a la semana siguiente, nadie tocaba mis piedras. Eran mi tesoro, así lo veía yo.
Cuando me iba le pedía a mi tía por favor que nadie las cambie de lugar ni las limpie hasta que yo regrese. Cuando tardaba más de una semana en ir a visitarla, ella me llamaba para avisarme que estaban sucias y que me extrañaban. Yo me sentía muy importante y dejaba todo lo que estaba haciendo (viendo algunos dibujos animados o haciendo alguna tarea de Lengua) para dirigirme campante a la vuelta de la esquina a realizar mi actividad favorita de la mano de mi tía Nieves.
Han pasado 15 años (quizás más o quizás menos), y por esas cosas caprichosas que tiene el crecer, he olvidado muchas cosas que había aprendido durante esas tardes de verano. Sin embargo, cuando paso por alguna feria de artesanos, o algún local de alfarería, las veo allí tan bonitas y relucientes que me detengo y las examino, les sonrío, le hago consultas al vendedor y vuelvo casi a oler el aroma a madera que pregonaba la casa enorme de mi querida tía.
Hoy mi mamá me comentó al pasar: "Es 5 de octubre, ¡es el cumpleaños de la tía Nieves!", y por un segundo tuve el deseo incontrolable de ir a tocarle el timbre, darle un abrazo grande y disponerme contenta a limpiar sus piedras.



lunes, 29 de septiembre de 2014

Epílogo de Greta

Cuando empecé a escribir las memorias de Greta fui impulsada por alguna fuerza extraña de mi pasado. Esas fuerzas que reciben diversos nombres y que para Bergson son innecesarias, ya que para éste el pasado no existe sino que es el espejo de nuestro presente. Si bien su teoría me resulta magistral, yo siempre añoro, extraño y espero. Así que, con total respeto a usted señor, me cago un poco en sus escritos, y a veces me largo a llorar.
Llamémoslas entonces fuerzas de nostalgia, de melancolía, de ausencias.
Como sea que se llame todo ese torbellino de ideas sueltas del pasado, a veces lo vemos volver.
Pasaron cinco años de mi primer trabajo. Cambié tanto en este tiempo que hasta creo que volví a ser yo misma.

Tuve varios trabajos después de éste.
Recorrí las calles semanas enteras tirando currículums. Golpeé puertas y fui a entrevistas. Hice juegos tontos de improvisación para que me tomen en trabajos. He mentido acerca de mi compromiso y responsabilidades e incluso he mentido acerca de mi edad.
A veces me dieron trabajo, otras veces me sacaron a patadas.
Conocí muchos jefes, gerentes, encargados, compañeros, juniors y semi-juniors (también algunos otros puestos inventados).
Lavé más pisos, enceré más parqués, baldeé más veredas, saqué telarañas de muchas otras esquinas y hasta refregué inodoros ajenos sin titubear.
Vendí muchas otras cosas, que en nada se parecían a un juguete, pero sin embargo, recordando la técnica aplicada por Greta para la casita Barbie, logré desplegar estrategias en todo su esplendor. (De hecho aprendí que la técnica es siempre la misma).
Subí y bajé muchas más escaleras con cajas y cajitas llenas de productos. A veces escaleras más anchas, otras más angostas. A veces las pilas de cajas tapaban mi cara, y otras me terminé cayendo con todo encima por no hacer dos viajes.
Hice horas extras que nunca cobré. Otras que sí.
Algunas veces me dejaron sentar cuando me dolían las piernas, otras veces me tuvieron parada al rayo del sol durante 15 hs. repartiendo volantes.
Tuve jefes buenos, jefes a los que ni les conocí la cara, y otros que me hicieron llorar.
Hice amigos y enemigos.
Incluso me fui a trabajar a otra provincia a 900 km de mi ciudad.
Digamos, he aprendido de mucha gente, de muchos rubros y he crecido bastante. Sin embargo el primer trabajo de uno tiene algo así como el destello agridulce del primer amor, no? Hasta el día de hoy, en mi trabajo actual, a veces recuerdo a Greta. A sus consejos, a sus des-consejos, a sus gritos, sus enojos, sus lecciones, sus altibajos. La recuerdo sonriente, a pesar del cansancio. La recuerdo amistosa hasta con la gente que la despreciaba. La recuerdo erguida y de pie, aún cuando tenía ganas de llorar. Pienso en ella como una gran maestra que nunca se permitió que la veamos desprolija, ni enojada, ni triste. Pienso en ella como una niña que hubiera dado todo por quedarse jugando con montones de juguetes en vez de estar vendiéndolos a niños que afortunadamente si han tenido infancia. A veces pienso en ella y en el último día que la vi. Casi me pedía a gritos que me fuera, porque no quería despedirme. (Y quizá yo tampoco hubiera querido hacerlo jamás). En fin, pienso en Greta a menudo y luego con la misma rapidez la olvido y sigo con mi vida. MI juguetería como dije, ya no existía, en su lugar, un local de Claro, te tiraba celulares y planes novedosos por la cabeza. El mundo seguía girando.

Hace unos días yo iba caminando bajo la lluvia por alguna cuadra del centro. Una de mis mejores amigas me había advertido que habían abierto una sucursal de mi juguetería cerca de su casa. Y justo por ahí pasé yo casualmente. Miré como sin querer a la vidriera y sonreí ante algunos jueguetes que me invitaban constantemente al recuerdo. Había un pequeno Pony rosa, al lado de otro violeta y una pequeña casita que les hacía de reparo. Contiguo, un muñeco de Toy Story gigante, apoyado sobre una caja de un metro y medio que dejaba ver una muñeca bellísima dentro. Algunos rompecabezas apilados, casas de muñecas armando el contorno de la vidriera y detrás de todo eso, un reluciente mostrador. Hacía allí dirigí mi mirada mientras estaba dando un paso como para irme. Ahí justo, la vi.
Ella me estaba mirando mientras yo miraba. Ella me clavó los ojos mientras yo avanzaba. Cuando me di cuenta, ya era tarde, yo ya había seguido mi marcha y ella habrá dado por seguro que no la reconocí o que no era yo. Caminé media cuadra pensando en mi idiotez. Giré la cabeza para atrás para ver si la veía, si ella salía o si me daba coraje para volver la media cuadra y entrar a abrazarla.
Nada de eso sucedió.
Vi a Greta a través de un vidrio cinco años después y no supe cómo entrar a agradecerle todo lo que me había enseñado.



jueves, 25 de septiembre de 2014

Última memoria de Greta

De todas las memorias que he escrito, ésta es la que menos me gusta.
Esta historia me huele a lluvia y a una tarde gris de cobardía y pudor. No sé por qué.
Cuando terminé de trabajar en esa jugueteria y me despedí de mi jefa, olvidé por completo mis días laborales porque me fui de inmediato a una playa a descansar. Fueron quince días maravillosos que deberían estar enmarcados en otro capítulo. (Este capítulo es para Greta y es el último).
Meses después de mi primer experiencia laboral, volví a pasar por esa esquina. Sin intención alguna, digamos que por descuido y de casualidad. Coincidamos que estaba ubicada en un lugar mayormente céntrico y paso casi obligado para dirigirme a varios lugares.

Pasé en otoño, algún día rutinario de semana yendo a mi novedosa facultad: Humanidades y Artes. Mi preciado nuevo edificio quedaba exactamente a dos cuadras de tan gentil esquina comercial en la que yo alguna vez atendí al público junto a Greta.
Digamos entonces, que un día de otoño del año 2010 yo pasaba con muchas pinturas y apuntes, dibujos semi-hechos que tenía que entregar, algún que otro acrílico que se me iba desvaneciendo del bolso, un libro de Picasso con un marcador fantasma porque nunca lo terminé de leer, el celular con los auriculares a todo volumen y alguna campera colgando de alguna extremidad mía. En ese instante en que estaba pisando la esquina a toda velocidad mi mente se activó: ES ACÁ.

Miré desorbitada a la esquina de Corrientes y Urquiza, con la esperanza de que se me agite el corazón.
No estaba más. MI juguetería no estaba más. Se había consumido con mis juguetes favoritos, con mis anécdotas de principiante, con mis cansancios matutinos, con Greta, con Facundo, con Gabi, con Carla, con todo lo que yo había aprendido ahí. Toda la esquina había desaparecido del mapa. En su lugar: Claro. Vendían celular donde yo vendía juguetes, donde yo jugaba con John, donde yo armaba torres de bebotes, donde yo probaba el juego de cocina metiendo tacitas en un microondas de plástico, donde yo me probaba disfraces y hacía sonar instrumentos musicales cada vez que estaba aburrida. En ese mismo lugar donde 3 meses antes yo estaba cansada de estar, ahora se vendían celulares.

Ese día me quedé parada mirando a la vidriera como veinte minutos. No había ni un solo rastro. Llegué tarde a la facultad. Olvidé mis auriculares colgando haciendo sonar música que yo claramente no estaba escuchando. Ese día me di cuenta que no tenía el teléfono de Greta, que nunca mas (de verdad), iba a volver a escuchar su voz de anís.


Memorias de Greta XVII

Aclaro antes de empezar a explayarme, que las memorias de Greta me han llevado 17 posts en este humilde blog. Este es el pen-último de una seguidilla de recuerdos de mi primer experiencia laboral. Si a alguien le interesa esta afable historia, podría comenzar desde el principio. Este es... cómo decirlo...casi... el final.

Dos días después de haber finalizado mis tareas en la juguetería yo ya era una mujer nueva. Me podía pintar las uñas porque tenía tiempo, estaba un poco más presentable estéticamente, dormía con frecuencia y planeaba mis prontas vacaciones con amigas. Lo único que restaba era ir a buscar el glorioso dinero ganado por mis días hábiles laborales (que fueron más intensos que el azul ultramar).

Llegué a la jueguetería por última vez, acompañada de dos de mis mejores amigas, con las que viajaría tres días después a la costa argentina. Ellas me esperaron en la puerta, yo me saqué los lentes de sol y entré a mi recientemente ex trabajo. Creo que esta fue una de las cosas más extrañas que me han pasado en la vida. La vi a Carla en la puerta, caricúlica y lustrándose las uñas con los dedos. Me sonrió cuando me vió y me dio un beso. Facundo no estaba, quizás también había terminado su labor o quizás con el tema de mi ausencia se había dignado por primera vez a trabajar y estaría en el deposito o haciendo un traspaso. Gabi había tenido a su bebé, por lo tanto no estaba hacía días y Greta...

- Qué hacés Agus? Acá en este sobre te dejé la plata. Llevate tranqui o contalo, como quieras...- Su voz era de sargento, hablaba rápido y no me miraba a los ojos.
-Greta, te quería agradecer por todo. - Dije arrastrando la voz desde el subsuelo hasta planta alta.
-Tranquila negra, te lo ganaste.
-No pero yo no te hablo del sueldo. Te hablo de... De nada, los días acá. Realmente la pasé muy bien.
-No mientas pibita, estás pensando seriamente en no laburar nunca más después de ésto.
Quise asincerarme con ella, sonreí y sentencié.
- La verdad es que me duelen las piernas todavía.
Greta me miró de casualidad, casi como si no quisiera hacerlo y me dijo finalmente...

-Que tengas un buen viaje!
Yo le dí un beso, agradecí y me fui a la puerta. Cuando estaba por salir, su voz metálica de anís y plata me llamó por última vez en mi vida.

-Agus!
Me di vuelta esperando algo qué ni siquiera hoy en día sé qué era.
- Si Gre, decime.
- Si querés venirte para el día del niño a laburar acá, me chiflás.

Asentí con la cabeza y crucé el umbral.
Abracé a mis amigas con el dichoso sobre blanco en mi mano, flameándolo victoriosa y con una sonrisa de oreja a oreja. No sé si desde la ventana de la juguetería me vieron, pero al fin y al cabo, lo tenía merecido. Como dijo mi jefa, me lo había ganado.
Hicimos unos pasos y ya estaba oficialmente desligada de ese local para siempre. Miré para atrás mientras caminaba y no, no había caso, no iba a extrañarlo. Al lugar no, pero a Greta... hubiera querido que sea mi amiga, realmente hubiera disfrutado escuchar un rock con ella en algún bar, o caminar por el parque tomando una gaseosa, o contándole mis cosas cuando me sienta triste. Sí, realmente a Greta la iba a extrañar.
De cualquier forma, me fui.
¡Ya era libre!
Nunca más hice un traspaso de juguetes de una esquina de la ciudad a otra.
Nunca más tuve que mentir a alguien para sentarme en una silla.
Nunca más estuve parada 14 hs consecutivas.
Nunca más memoricé tantos precios en una semana.
Nunca más vendí un juego de mesa.
Nunca más me sequé la transpiración de la frente con un pañuelo de Barbie.
Nunca más vi tantos niños felices en un mismo lugar.
Nunca más escuché la voz de Greta.




martes, 23 de septiembre de 2014

Memorias de Greta XVI

Mi último día de trabajo es el que menos recuerdo de todos. El ser humano, como sabemos, tiene memoria selectiva.
Sé que mi cansancio no ayudaba para nada, que mis piernas no respondían, que mi mal humor ya se había vuelto crónico, que dormir tan pocas horas (porque aparte de trabajar entre 8 y 14 hs pretendía tener una vida social) ya estaban causándome estragos, que mi trato con la gente ya no era efusivo ni forzado, simplemente había "aprendido" a atender como se supone que debería hacerse. La rutina era monótona y automatizada. El cliente entraba, yo le decía siempre lo mismo, algo así como: "Hola, ¿qué tal? En qué podría ayudarlos?" ponía mi mejor sonrisa y con esto daba por hecho, naturalmente, que su trato fuera también amable y cordial. Si no lo era, tampoco me interesaba. Así habían transcurrido los últimos 45 días de mi vida y así se suponía que se vendía. Todo estaba aprendido y era ejecutado cada día de la misma manera: la venta, la limpieza, el almuerzo, el orden de las góndolas, los traslados de juguetes, los puestos en el local, etc.

Lo que sí me acuerdo de ese último día es que miré mucho el celular, mucho más que ningún otro día de trabajo. Quería irme, ¡Quería irme con todas las fuerzas de mi ser! Que sean las 21 y que yo esté en mi casa cenando un plato de fideos enormes y que en mi bolsillo haya dinero y que no tenga que volver a ver un Ken ni un Playmovil nunca más en toda mi vida. Ese era ese día mi mayor deseo.
Sin embargo, por momentos, recuerdo haber mirado a Greta en silencio. ¡Cuántas cosas me había enseñado sin querer enseñarme nada! ¡Cuánto me había abierto su corazón sin haberme querido contar nada! La sensación agridulce se hacía cada vez más intensa. Había compartido con esta mujer más horas que con nadie en los últimos días. Sabía mis vicios y mis fobias, mis malos humores y algunos de mis secretos. Conocía mis mentiras y mis manias, las cosas que me molestaban y las cosas que me hacían reír. Yo de ella, quizás sabía menos, quizás sabía más, pero creo que había aprendido lo suficiente.
Ese último día a la hora de cierre mi papá me fue a buscar a la puerta. Le dije a Greta: "Mi papá viene a buscarme a las 21." Creo que él estaba tan contento como yo porque llegó media hora antes. Greta se dio cuenta porque yo miraba por la ventana a cada rato y saludaba cual princesa siendo rescatada del pantano. Entonces ella me dijo las palabras mágicas: "Pibita, rajá si querés. Venite a buscar el sueldo entero en dos días, dejame que saque bien la cuenta y te lo separo, puede ser?". La miré confundida. No me interesaba el sueldo, de hecho era en lo que menos estaba pensando en ese preciso momento. Me sorprendió que me saludé así sin más. Besé a Facundo en la mejilla, friamente, como siempre. Gabi ya no estaba. A Carla le di un beso y un abrazo, intentando por todos mis medios no rozar el arma que llevaba colgando. En Greta me detuve y la abracé silenciosamente...

"Pibita, no me gustan las despedidas, rajá"...
Ese fue mi último día de mi primer trabajo.


Memorias de Greta XV

Los Reyes Magos no son tan famosos como Papa Noel. O será que Papa Noel viene tan generoso que ya no quedan residuos económicos para poder enfrentarse a estos tres, o no sé qué será, pero los últimos cuatro días me aburrí muchísimo.
Trabajábamos entre 8 y 9 horas, contando las limpiezas mañaneras y nocturnas que (gracias a Dios), ya a lo último hacía con ayuda de Facundo. Nuestros diálogos seguían siendo de lo peor. Yo decía: "Vos que sos más alto podés pasar el felpudo este en el vidrio de afuera", él me miraba medio dormido y me decía que sí. Salía afuera. Lo hacía. Yo aprovechaba a mirar cómo se le caían los pantalones y se le asomaba el boxer de calaveras. Greta obvio, me agarraba siempre haciendo eso, me guiñaba un ojo y silbaba yendo hacia el mostrador.
Greta entendía todo, parecía que no se le escapaba detalle. Con un ojo me miraba a mí y a Facundo, con otro atendía y al mismo tiempo embolsaba, cuidaba la panza de Gabi, daba una barrida en el deposito y cambiaba de lugar los peluches, TODO lo hacía al mismo tiempo, sin cansancio y encima silbando.
En estos últimos días de trabajo yo lo único que quería era estar en la playa y que Menchor, Baltasar y Gaspar se extingan lo antes posible. En estos últimos cuatro días estuve más cansada que nunca y para colmo nostálgica.
Hay sensaciones que de tan agridulces pasan a amargas. Una de ellas es la sensación de despedida.
Cuando digo despedida ni hace falta aclarar que cualquiera sea el caso o la situación, ocurre más o menos de la misma manera. Uno se va. O se van varios, o nos vamos todos, o intentamos no irnos pero nos alejamos igual. En este caso yo estaba despidiéndome de mi primer trabajo.


lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de Greta XIV

En las últimas semanas de trabajo recuerdo una presencia que se nos sumó diariamente a la rutina. Su nombre era Carla. Sus botas eran negras, su traje era azul, su postura era erguida, sus cejos siempre fruncidos, su cinto era ancho y exagerado, su pelo alzado bien alto, sus manos siempre estaban dando ordenes y… El peor de los detalles… Cargaba un arma rozando el hueso de su cadera.
El primer día que entró Carla nos hicieron creer que nos iba a “cuidar”, que estaba ahí para “hacernos el aguante durante los días duros”. La verdad que no sé muy bien cual era su rol porque se la pasaba hablando de cosas tontas todo el día. Nunca nos cuidó ni tampoco había motivos para que nos estén cuidando.
El tema con Carla fue muy extraño para mí. Ella me quería y me hacía chistes, me buscaba para hacer comentarios, me tiraba indirectas cómplices, me ayudaba a ordenar algunos juguetes, me miraba con aceptación cuando yo hacía alguna tarea, me hacía preguntas de mi vida y me estimaba bastante. Yo no la podía ni ver.
Claramente, Carla era policía. Tenía una hija de la cual el padre jamás se había hecho cargo. Vivía en algún barrio humilde de la ciudad y tenía mucha, pero mucha bronca.
Greta y Carla fingían llevarse bien, pero yo no lo veía así. Nunca dije nada pero en sus miradas había cargas energéticas extrañas… Lo comprobé el día que Greta me dijo:

-Tené cuidado con las cosas que le contás a esta mina, no es confiable.
- ¿Nos cuida alguien que no es confiable?
- Qué se yo, capaz labura bien, pero habla mucho al pedo. Yo mucho no me la trago, aparte la conozco hace varios años.
- Ah! Pensé que la había mandado el dueño.
- Si, la mandaron. Justo acá, ¿Podés creer? Yo la conocía del barrio.
- Quedate tranquila, no le conté muchas cosas.
- No, qué se yo, por ahí te veo que sos pibita y no te das cuenta y contás cosas que la mina después lleva y trae…

(Greta no paraba de argumentar su sentencia: “No confíes en Carla”. Nunca supe exactamente que pasaba ni cómo había sido su relación en el barrio, pero me di cuenta desde el primer momento que entre ellas las aguas no estaban calmas).

-Despreocúpate Gre, nunca confiaría en alguien que lleva un arma. – Finalicé.

Como era de esperar, mi jefa se rió unos largos segundos y después me guiñó un ojo.


Mi primer trabajo estaba llegando a su fin.


Memorias de Greta XIII

En la juguetería había un oso que era muy especial.
Se llamaba John (así lo habíamos bautizado con Facundo en honor a Elton John). el peluche era blanco con pelo largo y tenía lentes de sol de plástico. Simulaba ser un oso polar o algo por el estilo.
La particularidad de John era que al apretarle la panza cantaba entero el tema “Only you”. El día que con Facundo descubrimos esa destreza del oso, nos reímos a carcajadas durante media mañana. Estábamos acomodando la góndola de muñecos para bebés.

-         ¿Qué es esa música?
-         ¿Tu celu?
-         No, lo tengo en silencio. Viene de afuera.

Nos mirábamos sin entender de dónde venía esa canción tan conocida.

-         A ver pará, pará. Mové ese Pony. Correlo para el costado. Viene de ahí atrás.

Corrí el Pony y efectivamente la música se hizo más fuerte y más clara.

-¡Es la canción Only You! Me encanta ese tema! – Gritó mi compañero.
- No puedo creer ésto, sale de ese oso. – Dije yo señalando a John.
- Pero… ¿cómo se activó?
- Le suena la panza, mirá. – Concluí yo mientras apretaba fuerte la barriga peluda del oso polar.

Entre risas y comentarios, escuchamos la canción entera y pusimos a John en el mostrador porque aparte de cantar, bailaba moviendo las patitas.


Ese fue un día muy feliz. Descubrimos el talento de John y también aprendí que Facundo era en el fondo un sentimental.


Memorias de Greta XII

Con Facundo no éramos amigos, nos teníamos una especie de respeto mezclado con inhibición. Hablábamos lo justo y necesario y nos pedíamos ayuda para algún que otro encargo, siempre con vergüenza y timidez.
Nunca supe certeramente qué pasaba por su cabeza. El estaba siempre como haciendo otras cosas que nada tenían que ver conmigo. Si yo estaba en una punta, él estaba en la otra. Si yo estaba en la puerta, el entraba. Si yo estaba en el mostrador, el salía a hacer un traspaso. Era como que nos habíamos puesto de acuerdo telepáticamente en no cruzarnos demasiado, y eso era difícil teniendo en cuenta que compartíamos jornadas de catorce horas diarias.
Facundo era casi pelado. Tenía entre 22 y 25 años. Usaba siempre remeras negras y pantalones gigantes. Tenía unas pulseras tejidas en macramé y de su cuello colgaba un cordón negro con dijes de bandas metaleras.
Durante casi un mes nuestra relación fue escasa o nula.
Había una sola actividad que a mí y a Facundo nos encantaba hacer juntos: armar las vidrieras.
Yo sacaba todos los juguetes que estaban exhibidos, los sacudía un poco, les sacaba el polvo y los volvía a guardar en sus respectivas cajas. Barría la plataforma de la vidriera, pasaba un trapo en los vidrios y estiraba bien el nailon que estaba en el piso de la vidriera.
Facundo venía con un montón de juguetes colgados de los brazos y me decía que quería poner todos esos pero armar algo “copado”.
El entusiasmo que había en su cara cuando había que armar las vidrieras lo volvían niño de repente.
Nos gustaba armar situaciones entre los juguetes, como chistes internos o alguna maldad inocente. Poníamos algunos peluches simulando estar tocando en una banda de rock y los llenábamos de instrumentos por todos lados. Al oso le poníamos el micrófono, a la pepona le colgábamos una guitarra y al dinosaurio lo sentábamos como si tocara la batería.
También nos gustaba recrear besos en la boca entre los juguetes. Poníamos una especie de hamaca de plástico y en cada extremo un peluche tamaño gigante dándole un beso al otro.
Con este tipo de juegos podíamos estar toda una tarde, nos divertíamos, nos reíamos y después volvíamos a acomodar. A Greta le encantaba participar.

-         Dejá esto ahí pero sacá un poco de instrumentos que sino contaminamos la vista de la gente. – Ordenaba Greta desde la escalera.
-         ¿Podemos poner al oso como si estuviera sentado en el salón de belleza? – Suplicaba Facundo como si tuviera cinco años.
-         Hagan lo que quieran pero no metan pornografía. – Sentenciaba finalmente mi jefa con una sonrisa.


No sé exactamente cuándo fue sucediendo ni cómo pero para las últimas semanas de mi primera experiencia laboral, ya sabía bastantes cosas de Facundo. Cosas básicas, nada de otro mundo y algunas supe mientras se las contaba a otras personas.
Me enteré que Facundo trabajaba para comprarse una “viola”, que tocaba en una banda y que tenía ganas de empezar a estudiar música. Tenía hermanos varones y siempre se le caían los pantalones casi hasta las rodillas. Le conocí alrededor de quince calzoncillos en lo que duró la temporada. Parecía que en el mundo de Facundo, los cintos no existían. Igual le quedaba bien.



La bronca que me daba su actitud al principio, fue desapareciendo, ahora me caía bien. Me sentía “a gusto”. (Justo cuando ya me tenía que ir).



Memorias de Greta XI

El 25 de diciembre no trabajamos.
Del 26 al 30 de ese mes, hicimos ocho horas diarias ya que la Navidad se había esfumado milagrosamente y como por arte de magia, de una tarde a otra. (Ocho horas a esa altura del partido parecían un gran alivio). El 31 de diciembre no abrió la juguetería tampoco, y a partir del 1 hasta el 8 de enero estuvimos empaquetando regalos de Reyes Magos. La gente ya no era tanta ni tan insoportable y los regalos que llevaban eran pocos y baratos.
No era un gran problema estar ahí durante esas últimas semanas. Lo clave ya se había aprendido. Ahora me quedaba llegar a la recta final sin que se me quiebren las dos piernas del cansancio.
Greta estaba como siempre de buen humor pero había un dejo de soledad en la mirada.
“El fin de la temporada probablemente la ponga algo nostálgica” pensé.

-         Lo peor ya pasó. – Me dijo mientras yo acomodaba los disfraces.
-         Si. Ahora tienen que reponer toda esta mercadería que vendimos ¿O no?
-         Si, de eso se encarga el dueño. Nosotros nos encargamos de vender.
-         ¡Y bastante que vendimos! – Le suspiré a Greta mientras ambas mirábamos el local semi vacío en comparación a días anteriores.

Yo seguí acomodando. Greta me miraba y se armaba la colita.

-         ¡Pareciera a propósito! – Insistió.
-         ¿Qué cosa?
-         Cuando uno por fin se siente a gusto en un lugar ya tiene que irse.

Yo sonreí.

-¿Lo decís por mí?
- No sé, digo, en general. Cuando empezás a llevarte bien con la gente en un lugar, te sentís “piola” y todo eso, parece que ya se te terminó el tiempo y te la tenés que picar.

Greta era muy orgullosa. No iba a admitir que estaba diciendo que se sentía a gusto conmigo y que yo ya tenía que irme.

-Peor es cuando no te sentís a gusto y te tenés que quedar igual.- Le dije riendo.
Greta largó una risotada y me guiñó un ojo.
-Eso es verdad pibita.



Memorias de Greta X

Ese 24 de diciembre fue el día más cansador de mi vida.
Abrimos a las 8 menos cuarto de la mañana y no hubo un segundo en el que no hubiera gente amontonada entre las góndolas y otras tantas en el mostrador. Toda gente demandante que quería que le expliques todo y encima rápido. Que le cobres, que le saques el precio, que le des vuelta la manga a Batman y que le pongas un moño verde porque moño azul ya le había puesto a otro regalo y sino no los iban a poder diferenciar.
La gente cuando está en posición de cliente, a veces se cree superior. Te da ordenes y te grita. Te pide muchas cosas que humanamente uno no puede hacer en menos de dos minutos, pero lo quieren ya. Yo probablemente también haya sido así gran parte de mi vida. Uno nunca entiende ciertas cosas hasta que no está del otro lado. Eso también lo aprendí.
Greta tenía una sonrisa en la cara. Estaba enérgica y parecía que llegaba a hacer todo. A mi no me daban las manos. Gabriela ya no estaba yendo porque estaba por nacer su bebé y Facundo hacía lo justo y necesario.
Ese día no vino Nicolás, que a esas alturas ya era mi amigo. Vino su abuela sola y se llevó alrededor de diez juguetes, de unos $100 cada uno. Lo que sumado a lo que ya venía gastando a diario, en los días que yo trabajé ahí, harían un total de $5000 que era casi el doble de un sueldo básico para esa época. Ella lo gastaba en juguetes para su nieto.
Ese día Alicia, la abuela de Nicolás, estaba muy triste. Compraba los juguetes casi sin pensarlo, “dame éste, y éste, y meté este también”. Iba dejando todo en el mostrador y nos miraba como queriendo explicar todo lo que estaba gastando. Nadie le dijo nada.

-         Este le va a encantar a Nico. – Comentaba yo.
-         Si, todo le gusta a él. – Decía Alicia casi arrastrando la voz.
-         Que tengas una feliz Navidad, mandale un beso grande al terremoto. – Le dije mientras cargaba su bolsa llena de regalos hasta la puerta.
-         No creo tener una feliz Navidad, ¡Pero si llena de regalos!

Yo sonreí.
Esa fue la primera y última vez que Alicia me saludó con un beso y no con la mano.

-         ¡Que tengas feliz Navidad vos también!

Ese día salí a las 7 de la tarde. A esa hora cerramos el local pese a que seguía entrando gente. Habitualmente nos íbamos a las 11 de la noche.

Cuando me estaba yendo Greta me llamó.

-Agus, ¿Te querés llevar un adelanto de los días trabajados hasta hoy?
- No hace falta, me saco todo junto el último día.
- Bueno como vos quieras. Si querés pedime.
- Si, gracias. ¡Feliz Navidad!
- Para vos también pibita.



Memorias de Greta IX

-¿Para qué trabajás?
- Me quiero ir de vacaciones y mis viejos me dijeron que me gane la plata para irme.
- Igual tus viejos si quieren te la pueden dar a la plata, ¿No?
- No sé, supongo que sí.
- Qué afortunada que eres. Trabajás porque querés digamos.

No me gustó el comentario de Greta de ese día, o no comprendí que me estaba queriendo decir.

-         Si, trabajo porque quiero irme de vacaciones.
-         Bueno, aprovechá, 15 días y ya no tenés que venir más.
-         Claro.
-         Después vas a extrañar todo lo que te rompí las bolas, vas a ver.
-         No creo. Voy a estar en la playa.

La conversación era amistosa, pero aún así no me cerraba lo que me decía. Era una mezcla de envidia y de autoridad que nunca había visto en Greta. Ese día me cayó mal todo lo que me decía. Cuando me pedía que barra, me daba bronca. Antes lo hacía con gusto.

Greta era orgullosa y parecía dura e insensible. Sin embargo, tenía un costado tan frágil que a veces me daba miedo que se rompiera. Yo sabía que en toda esa rudeza, me estaba queriendo decir algo, que no le salía.

-         Agus, ¿Podés cubrirme? Me voy a hablar con el dueño a la otra sucursal.
-         Si. Te cubro.
-         Si viene el de los juegos de mesa decile que acomode todo por acá, yo después lo subo.
-         Bueno, dale.

Se fue. Me dio bronca que se fuera. Yo quería que me explique por qué me había tratado así, y por qué me había dado a entender que trabajo de caprichosa para pagarme un viajecito con mis amigas. Me negaba a pensar que lo que Greta me decía había sido en serio, tenía que haber un trasfondo, tenía que tener una explicación. ¿Yo no era una ídola?
Ese día fue todo cortante. Al otro día era Navidad.


Memorias de Greta VIII

A mí siempre me tocaba ir a almorzar al mismo horario que Gabriela mientras Greta y Facundo se quedaban en el local. Después a la inversa.
La verdad es que al principio me encantaba ir a almorzar con Gabi, era cálida, tierna y me escuchaba todo lo que yo le decía. Ella era de pocas palabras. Greta me intimidaba y Facundo ni hablar. (Valga la redundancia de que no me hablaba).
Pero después pasaron los días y cada vez tenía menos temas para hablar con Gabi, y a decir verdad, Greta ya no me intimidaba y tenía muchas ganas de aprender de ella, de sacarle el jugo en todo momento del día, porque era para mí una especie de gurú en varios aspectos.
Greta con una frase podía hacerme entender cómo había que sobrevivir en una sociedad injusta, machista, capitalista y consumista. Todos conceptos que yo no manejaba porque acababa de salir del colegio y apenas entendía lo que era el capitalismo. (Claro está que trabajando ahí aprendí bastante del consumo sin que Greta me lo explique).
Sin embargo, nunca me tocó ir a almorzar con ella. Me daba la plata y yo me iba con Gabi a comer enfrente. Luego yo volvía y hacíamos el relevo.

-Y ¿Qué te pediste?
- Menú ejecutivo que sale $10. Me guardo $6 para los puchos.
- Sos viva pibita, siempre lo digo.

Greta me decía eso y se iba a comer.

Mi estado anímico por esas fechas no era el mejor. Estaba harta de trabajar, no estaba acostumbrada a tantas horas parada, sin comer, sin beber, sin mirar el celular. No veía mucho a mis amigas porque siempre tenía sueño cuando salía de ahí. Los sábados y domingos trabajaba igual. No tuve franco en el mes y medio que trabajé allí y tampoco me insinuaron que existía esa posibilidad. No quería trabajar más. La gente me irritaba, me sentía enferma, pasaba mucho calor y extrañaba mis veranos de estar tomando sol al lado de una pileta sin hacer nada.

En la segunda quincena de diciembre para colmo, habían implementado un nuevo modus operandun. Como había varias sucursales de esa misma juguetería diseminadas por el centro de la ciudad, había veces que teníamos que caminar desde nuestro local a los otros para buscar algún juguete que no teníamos en stock y los otros locales sí. O al revés. El sistema era simple pero cansador. Nos poníamos de acuerdo un empleado de cada sucursal, salíamos al mismo tiempo y nos encontrábamos en un punto medio, juguete en mano, para hacer el traspaso del preciado oso mimoso o lo que fuera.
No recuerdo haber tenido tanto calor como en esas caminatas céntricas a hora pico cargando juguetes pesadísimos. Eran quince cuadras no más, pero sumadas al clima y a  mi cansancio y dolores corporales eran insoportables. Había como cuatro sucursales diferentes además de la nuestra, y por día hacíamos alrededor de diez intercambios de juguetes en la vía pública. Facundo siempre se hacía el desentendido y tenía que ir yo. A mi no me molestaba tanto porque en el camino podía distenderme un poco pero me cansaba mucho y llegaba toda traspirada. A veces llegaba contenta y triunfante a mi local luego de haber hecho el traspaso y me decían…

-Agus, volvé volvé, que ahora quiere que le lleves la piletita azul de lona porque en el de San Lorenzo no quedan.
Y yo tenía que volver al encuentro de otro empleado que venía de la sucursal de San Lorenzo y que para colmo siempre salían después que yo haciéndome caminar a mi diez cuadras mientras él caminaba cinco. En algunos casos ni se movían del local y yo solita llegaba de sucursal a sucursal.


Greta siempre tenía buen humor. Ella trabajaba ahí todos los meses del año, todos los días y aún más tiempo que yo porque siempre llegaba primera y se iba última. Nunca se sentaba, nunca tenía demasiada hambre, ni demasiado calor, nunca tenía sueño ni le dolían las piernas.

Un día le dije…
-         Greta, no doy más.
-         ¿Qué me querés decir con eso?
-         Que estoy cansada. No quiero hacer más los traspasos de juguetes, o necesito sentarme un rato en algún momento del día, estoy muerta, me duele todo.
-         ¡Ay pibita! ¡Cuánto te falta!
-         Ya sé, te juro que ya sé que me falta, que soy inútil y mimada pero te juro que no doy más. Me odio por no poder seguir el ritmo pero esto es mucho para mí. – De verdad me estaba odiando por tener que hacer ese planteo, pero sentía ganas de llorar y de irme corriendo cada vez que entraba al local, y aún me quedaba todo el día por delante.
-         ¿Te acordás cuando limpiaste la primera vez?
-         Si.
-         ¿Sabías limpiar?
-         No.
-         ¿Y ahora?
-         Un poco sé.
-         Bueno… Eso es cancha. De acá a una semana las piernas no te duelen más y vas a dejar de decirme que tenés infección urinaria para ir a sentarte al inodoro.
-         ¿Cómo sabés que hago eso?
-         Porque nunca tirás la cadena.

Ese día me avergoncé.
Greta no se enojó, me dijo todo con una sonrisa y demostrándome una vez más, cuánto yo tenía que aprender.
A la hora de irnos, terminé de limpiar. Fui a buscar mi cartera debajo del mostrador y saludé a Greta para irme.

-         Mañana no vengas. – Me dijo.
-         ¿Cómo? – Le dije casi saliendo por la puerta trasera que alguna vez pensé que pertenecía a otro local.
-         Que no vengas, que te quedes descansando en tu casa. Vemos como nos arreglamos.

Greta estaba haciendo la caja, concentrada en los billetes y ni me miraba cuando me hablaba. Me sentí avergonzada otra vez.

-         Pero… Mañana es 22, va a venir un montón de gente.
-         ¿Y? Yo me la banco. – Me dijo desafiante, con su voz tan segura y envidiable.

-         Yo también. – Le dije y salí. 

Al otro día fui a trabajar igual. Seguía cansada pero estaba arrepentida de lo que le había dicho a mi jefa el día anterior y no quería estar aún más avergonzada de lo que ya estaba.

-         Sabía que ibas a venir.
-         Para que veas que me la banco.
-         ¿Vos me creías que yo te daba franco justo el 22 de diciembre?
-         Si te creí. ¿Era mentira? Me lo dijiste seria…
-         Ah viste, soy buena actriz.
-         Pero ¿estás loca? Cualquier otra persona directamente ni viene, cómo vas a inventarte un franco? – Yo no entendía nada.
-         Si no hubieras venido no pasaba nada, yo me arreglaba… Pero, se me caía una ídola.

Ese día fue la primera vez que abracé a mi jefa.

Ella también era una ídola. Pero claro, no daba decirselo.