lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de Greta XI

El 25 de diciembre no trabajamos.
Del 26 al 30 de ese mes, hicimos ocho horas diarias ya que la Navidad se había esfumado milagrosamente y como por arte de magia, de una tarde a otra. (Ocho horas a esa altura del partido parecían un gran alivio). El 31 de diciembre no abrió la juguetería tampoco, y a partir del 1 hasta el 8 de enero estuvimos empaquetando regalos de Reyes Magos. La gente ya no era tanta ni tan insoportable y los regalos que llevaban eran pocos y baratos.
No era un gran problema estar ahí durante esas últimas semanas. Lo clave ya se había aprendido. Ahora me quedaba llegar a la recta final sin que se me quiebren las dos piernas del cansancio.
Greta estaba como siempre de buen humor pero había un dejo de soledad en la mirada.
“El fin de la temporada probablemente la ponga algo nostálgica” pensé.

-         Lo peor ya pasó. – Me dijo mientras yo acomodaba los disfraces.
-         Si. Ahora tienen que reponer toda esta mercadería que vendimos ¿O no?
-         Si, de eso se encarga el dueño. Nosotros nos encargamos de vender.
-         ¡Y bastante que vendimos! – Le suspiré a Greta mientras ambas mirábamos el local semi vacío en comparación a días anteriores.

Yo seguí acomodando. Greta me miraba y se armaba la colita.

-         ¡Pareciera a propósito! – Insistió.
-         ¿Qué cosa?
-         Cuando uno por fin se siente a gusto en un lugar ya tiene que irse.

Yo sonreí.

-¿Lo decís por mí?
- No sé, digo, en general. Cuando empezás a llevarte bien con la gente en un lugar, te sentís “piola” y todo eso, parece que ya se te terminó el tiempo y te la tenés que picar.

Greta era muy orgullosa. No iba a admitir que estaba diciendo que se sentía a gusto conmigo y que yo ya tenía que irme.

-Peor es cuando no te sentís a gusto y te tenés que quedar igual.- Le dije riendo.
Greta largó una risotada y me guiñó un ojo.
-Eso es verdad pibita.



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