Los días siguieron
pasando, el calor era insoportable y mis piernas no daban más. Pero todavía quedaban
varios días de limpiar vidrios, atender niños con llantos y mocos, y empaquetar
cajas y más cajas.
De doce horas, pasé a
trabajar catorce en la segunda quincena del mes de diciembre. Papá Noel debe
haber sido muy generoso ese año porque he llegado a vender más de cien juguetes
en una hora.
Incluso había un nene que
venía todos los días a la misma hora con la abuela y siempre se llevaba algo.
La excusa de la abuela era que vivían enfrente y que Nicolás se aburría si no
tenía un juguete nuevo todos los días. Greta conocía los gustos del pequeño. El
entraba corriendo con el uniforme del colegio y se tiraba encima de la góndola
de Ben Diez. Greta a veces le tenía preparado un juguete que milagrosamente a
Nicolás siempre le gustaba.
La abuela llegaba llena de
bolsas del super y saludaba a Greta con un beso, a mí me saludaba con la mano y
me sonreía, Nicolás estaba muy ocupado probándose relojes lanza tazos como para
saludarnos.
-
Mirá Nico, este es el nuevo auto de Hot Wheels y viene
con la pista versión fuego. ¿Te gusta? – Decía Greta mientras miraba los ojos
alocados del niño.
-
Sii, sii! Me gusta ese auto y esa pista. Y también
esta pistola.
-
Bueno, hoy te podés llevar el auto, mañana si la
abuela tiene plata te compra la pistola.
-
No, yo quiero todo ahora. – Decía el pequeño.
-
No te hagas problema, llevate ahora el autito y yo te
guardo para mañana la pista y la pistola.
Nicolás no era caprichoso y le hacía caso a Greta. La abuela debe haber
estado profundamente agradecida de la cantidad de veces que mi jefa evitó que
el nene se llevara todo el local en una tarde. Sin embargo, al otro día venían
en busca de la pistola y la pista de autos.
En unas semanas yo aprendí también los gustos de Nicolás. Llegaba y
venía corriendo a donde estaba yo a preguntarme si había llegado el nuevo mazo
de cartas de Spiderman y yo se lo mostraba y el gritaba ¡ESTE QUIERO HOY
ABUELA!
Al principio me daba gracia la astucia de Nicolás y el sí fácil de la
abuela. Después empecé a pensar seriamente cuántos niños había de la edad de
Nico que nunca podrían tener el último juguete ni la mejor pista de aterrizaje
de aviones y me molestaba bastante esa idea. Me daba un poco de bronca pensar en
esas otras realidades tan próximas y lejanas al mismo tiempo.
Un día Nico estaba ocupado viendo un juego de ingenio de unos monos que
se colgaban de una palmera al ritmo de una música y un temblor, cuando la
abuela me sorprendió de atrás.
-
Nicolás tiene tantos juguetes que no sabemos más donde
ponerlos.
-
Y si, me imagino. – Dije yo con esa mezcla de sorpresa
y envidia que me generaba que el pequeño tenga tantos lujos a tan corta edad.
-
Pasa que el no tiene padres, vive conmigo y yo no sé
qué hacer para que el no note tanto esas ausencias.
Tragué saliva y vi en los ojos de la abuela una especie de explicación a
tantos pesos invertidos en la diversión de su nieto. No dije nada y me acerqué
a Nicolás para mostrarle como funcionaba la trampita para que los monos queden
todos colgados de la palmera antes que se termine el tiempo de juego.
Ese día también aprendí. No tanto de ventas y de limpiar vidrios, pero
si aprendí a no prejuzgar tanto las acciones de los abuelos que gastan miles de
pesos en una espada lanza llamas.
Greta no me lo enseñó. Pero estaba contenta de que yo me haya aprendido
esa lección.

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