En las últimas semanas de trabajo recuerdo una presencia que se nos sumó
diariamente a la rutina. Su nombre era Carla. Sus botas eran negras, su traje
era azul, su postura era erguida, sus cejos siempre fruncidos, su cinto era
ancho y exagerado, su pelo alzado bien alto, sus manos siempre estaban dando
ordenes y… El peor de los detalles… Cargaba un arma rozando el hueso de su
cadera.
El primer día que entró Carla nos hicieron creer que nos iba a “cuidar”,
que estaba ahí para “hacernos el aguante durante los días duros”. La verdad que
no sé muy bien cual era su rol porque se la pasaba hablando de cosas tontas
todo el día. Nunca nos cuidó ni tampoco había motivos para que nos estén
cuidando.
El tema con Carla fue muy extraño para mí. Ella me quería y me hacía
chistes, me buscaba para hacer comentarios, me tiraba indirectas cómplices, me
ayudaba a ordenar algunos juguetes, me miraba con aceptación cuando yo hacía
alguna tarea, me hacía preguntas de mi vida y me estimaba bastante. Yo no la
podía ni ver.
Claramente, Carla era policía. Tenía una hija de la cual el padre jamás
se había hecho cargo. Vivía en algún barrio humilde de la ciudad y tenía mucha,
pero mucha bronca.
Greta y Carla fingían llevarse bien, pero yo no lo veía así. Nunca dije
nada pero en sus miradas había cargas energéticas extrañas… Lo comprobé el día
que Greta me dijo:
-Tené cuidado con las cosas que le contás a esta mina, no es confiable.
- ¿Nos cuida alguien que no es confiable?
- Qué se yo, capaz labura bien, pero habla mucho al pedo. Yo mucho no me
la trago, aparte la conozco hace varios años.
- Ah! Pensé que la había mandado el dueño.
- Si, la mandaron. Justo acá, ¿Podés creer? Yo la conocía del barrio.
- Quedate tranquila, no le conté muchas cosas.
- No, qué se yo, por ahí te veo que sos pibita y no te das cuenta y
contás cosas que la mina después lleva y trae…
(Greta no paraba de argumentar su sentencia: “No confíes en Carla”.
Nunca supe exactamente que pasaba ni cómo había sido su relación en el barrio,
pero me di cuenta desde el primer momento que entre ellas las aguas no estaban
calmas).
-Despreocúpate Gre, nunca confiaría en alguien que lleva un arma. –
Finalicé.
Como era de esperar, mi jefa se rió unos largos segundos y después me
guiñó un ojo.
Mi primer trabajo estaba llegando a su fin.

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