lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de Greta IV

En mi tercer día  laboral, Greta me enseñó a empaquetar juguetes. Los tamaños de las distintas bolsas, y cómo va el papel doblado antes de poner la cinta skocht. Eso fue lo que más rápido aprendí. Me dijo que de cobrar se iba a encargar Gabi, que yo venda, empaquete y entregue.
No tener que pensar en cobrar me pareció una de las sensaciones más aliviantes de este nuevo desafío laboral.
Nunca me llevé bien con las matemáticas, menos aún bajo presión de miradas externas y del reloj que te apura a hacer las cuentas porque si tardás de más, el cliente que está esperando que lo atiendas, se harta y se va. Hay que hacer todo rápido cuando atendés al público.
-         Si ves que alguno te da muchas vueltas y no sabe lo que quiere, es muy probable que no vaya a comprar nada. No te detengas en ese, decile que mire lo que quiera y que cualquier cosa te consulte, y ahí nomás te vas a atender al que viene atrás, porque sino el de atrás se cansa y se va y vos te perdiste una venta por una vieja indecisa. - Decía mi jefa acelerada, cuando veía que entraba mucha gente de golpe al local y mi cara de miedo crecía hasta tomarme todo el cuerpo.

Las cosas que decía Greta me parecían fantásticas. Ella sabía todo y cada detalle de cómo vender. Trataba a cada cliente como si fuera único y especial. Les mostraba todo lo que podía. Desordenaba toda la góndola para explicar qué diferencia había entre esta pista de autos y esta granja con animalitos y plantas. No le importaba tener que acomodar todo después. Ella dedicaba a cada cliente toda su paciencia y todo su amor, al menos en apariencia.
Yo admiraba a Greta porque le salía muy bien actuar.
A mí la gente me rompía un poco la paciencia. A la segunda Barbie que le mostré a la nena ya tenía ganas de que se la lleve y me deje de molestar. Cuando yo estaba a punto de darme por vencida y empezar a poner el entrecejo fruncido ante alguna niña insoportable, aparecía Greta con alguna otra muñeca en mano y diciendo: “Sino tenés esta, que es la nueva y se le cambia el pelo de color cuando la metés al agua”.
Eran inútiles mis intentos. Efectivamente la nena miraba a la Barbie sirena que se le cambiaba el pelo de color en el agua y se le iluminaban los ojos. La compraban y como si eso fuera poco, agregaban algún que otro accesorio para complementar la Barbie acuática.
Todas esas cosas a mí nunca se me ocurrían ni haciendo un gran esfuerzo. Es decir, si la nena estaba viendo una Barbie cowboy y lo que más quería en el mundo era que la Barbie sea granjera, ¿Por qué Greta le mostraba una Barbie sirena y era aún más espectacular? Me llevó tiempo aprender que la magia de vender no está en el producto en sí sino en la persuasión del vendedor.
Greta era todo eso. Elocuente, buena actriz, mentirosa, estratega y sobre todo una gran maestra.

Lo que a mí me quedaba por hacer era envolver la Barbie y el vestuario de buceo que la nena eligió agregar aparte, como complemento. Envolver era fácil. Después Gabi me daba un moño de los cien que había hecho hasta el momento y yo entregaba feliz el paquete a la nena sonriente y entusiasmada.
Ese tercer día no pensé que yo era inútil. Pensé que tenía mucho que aprender.


Los días pasaban y la cantidad de clientes aumentaba día a día porque se acercaban las fiestas. Yo ya había aprendido a limpiar, a mentirle a los clientes acerca de la calidad de los productos, sabía los pormenores del funcionamiento de cada juguete o me los inventaba. Había aprendido a envolver, a atender a cada persona como si fuera especial y a ser estratega para que la gente lleve algo o no me haga perder el tiempo.

La primera semana de trabajo fue muy enriquecedora, porque aprendí un montón de cosas. Pero estar parada 12 horas diarias ya se estaba haciendo sentir en mi cuerpo y estaba muy dolorida. Las piernas me gritaban que me siente. Greta no estaba cansada. La única silla del local estaba ocupada por Gabi las 12 horas laborales de cada día. Mi espalda crujía y esperaba los 40 minutos del almuerzo, más que para comer y fumar, para poder sentarme.

-         ¿Te diste cuenta que las nenas no compran más Ken? Me dijo Greta un día.
-         Es verdad, eso debe ser porque ahora las mujeres sabemos ser autosuficientes y no necesitamos de ningún hombre que nos haga compañía.
-         No sé si es por eso, a mi me parece que es porque el Ken es medio afeminado, en cambio el Max Steel es más masculino, más corpulento y las nenas no son boludas.
-         Pero… Los Max Steel son monstruos. Tienen mitad cara humano mitad cara de dragón. Para mi son más lindos los Ken. – Sentencié.
-         Bueno para mí eran más lindas las muñecas de trapo, pero todas las épocas tienen sus rarezas. ¿Viste?
-         Si, vi. – Dije sonriendo.

A partir de ese día me puse a observar cada nena que buscaba un marido para su Barbie. Miraban a los Ken, los inspeccionaban de lado a lado, de pie a cabeza, y después lo volvían a dejar. Se cruzaban todo el local con la mirada y se entusiasmaban al ver a los Max Steels en sus cajitas de colores verdes y negros, cuasi bélicas.

-¡Este quiero mamá! Este es el novio de mi Barbie.
- Pero hija tiene cara de diablo. ¿Por qué no te llevás el Ken que tiene cara más linda?
- No mamá, Ken es gay, lo vi en Toy Story. A Ken le gustan los varones.

Greta escuchó el diálogo. Yo también, sin poder creerlo. La miré casi como se mira a un Dios y ella riéndose me miró también y me guiñó un ojo cómplice.
Greta sabía todo lo que había que saber en el mundo de los juguetes.



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