Ese 24 de diciembre fue el
día más cansador de mi vida.
Abrimos a las 8 menos
cuarto de la mañana y no hubo un segundo en el que no hubiera gente amontonada
entre las góndolas y otras tantas en el mostrador. Toda gente demandante que
quería que le expliques todo y encima rápido. Que le cobres, que le saques el
precio, que le des vuelta la manga a Batman y que le pongas un moño verde
porque moño azul ya le había puesto a otro regalo y sino no los iban a poder
diferenciar.
La gente cuando está en
posición de cliente, a veces se cree superior. Te da ordenes y te grita. Te
pide muchas cosas que humanamente uno no puede hacer en menos de dos minutos,
pero lo quieren ya. Yo probablemente también haya sido así gran parte de mi
vida. Uno nunca entiende ciertas cosas hasta que no está del otro lado. Eso
también lo aprendí.
Greta tenía una sonrisa en
la cara. Estaba enérgica y parecía que llegaba a hacer todo. A mi no me daban
las manos. Gabriela ya no estaba yendo porque estaba por nacer su bebé y
Facundo hacía lo justo y necesario.
Ese día no vino Nicolás,
que a esas alturas ya era mi amigo. Vino su abuela sola y se llevó alrededor de
diez juguetes, de unos $100 cada uno. Lo que sumado a lo que ya venía gastando
a diario, en los días que yo trabajé ahí, harían un total de $5000 que era casi
el doble de un sueldo básico para esa época. Ella lo gastaba en juguetes para
su nieto.
Ese día Alicia, la abuela
de Nicolás, estaba muy triste. Compraba los juguetes casi sin pensarlo, “dame
éste, y éste, y meté este también”. Iba dejando todo en el mostrador y nos
miraba como queriendo explicar todo lo que estaba gastando. Nadie le dijo nada.
-
Este le va a encantar a Nico. – Comentaba yo.
-
Si, todo le gusta a él. – Decía Alicia casi
arrastrando la voz.
-
Que tengas una feliz Navidad, mandale un beso grande
al terremoto. – Le dije mientras cargaba su bolsa llena de regalos hasta la
puerta.
-
No creo tener una feliz Navidad, ¡Pero si llena de
regalos!
Yo sonreí.
Esa fue la primera y última vez que Alicia me saludó con un beso y no
con la mano.
-
¡Que tengas feliz Navidad vos también!
Ese día salí a las 7 de la tarde. A esa hora cerramos el local pese a
que seguía entrando gente. Habitualmente nos íbamos a las 11 de la noche.
Cuando me estaba yendo Greta me llamó.
-Agus, ¿Te querés llevar un adelanto de los días trabajados hasta hoy?
- No hace falta, me saco todo junto el último día.
- Bueno como vos quieras. Si querés pedime.
- Si, gracias. ¡Feliz Navidad!
- Para vos también pibita.

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