Los veinte minutos fueron bastante relativos.
Me llevó aproximadamente una semana aprenderme todos los detalles de
cada juguetito. Había desde soldaditos de plástico diminutos hasta casas de
muñecas tamaño humano.
Cuando volvió Greta del bar yo estaba entrometiéndome en cada rincón de
la juguetería, prendiendo juguetes, abriendo cajas, desordenando todo,
desatando hilitos, abriéndole la panza a algún oso de peluche a ver dónde iban
las pilas, y escuchando canciones infantiles que salían de la panza de algún
dinosaurio con guitarra.
-Bueno, terminaste?
- No.
- Te colgaste jugando. Está bien, es normal.
Sonreí. Claramente no estaba jugando. Estaba haciendo lo que ella me
había pedido que hiciese. En su tono no había reto, había un destello de
ternura, de comprensión. No acoté nada y seguí revolviendo los juegos de mesa
subida a una escalera de madera porque se encontraban a 4 metros de mi cabeza.
-
Sos muy pibita vos, ¿cuántos años tenés?
-
Dieciocho, recién cumplidos.
-
Parecés más piba.
Sonreí de nuevo.
-
Gabi, atendé vos si viene alguien, así Agus termina de
jugar. - Dijo mi jefa y bebió un sorbo de un café del que salía mucho humo.
Greta se la pasaba hablando todo el día, todo el tiempo, a cada segundo,
con voz gruesa, masculina. Una mezcla entre agresiva y alegre, entre dura y
sufrida. Su voz es lo que más recuerdo. Si tendría que ponerle un color a esa
voz sería plateado, un olor sería a anís.
Greta no era muy alta y tampoco era muy agraciada facialmente. Tenía el
pelo largo y negro, muchos rulos siempre sostenidos por una cola bien alta.
Nunca se le escapaba un cabello de lugar. Nunca la vi con el pelo suelto.
Tenía actitud masculina, rostro masculino, voz masculina, andar
masculino, expresiones que rozaban lo grotesco del varón. Pero sin embargo…
Cuando sonreía era una niña.
Greta no usaba aritos, ni pulseras, ni collares. Tenía una remera
amarilla con el logo del local y unos pantalones que parecían haber salido del
servicio militar sostenidos por un cinto con tachas. Ah!! Y borcegos negros.
Usaba borregos abotonados en pleno diciembre.
-
Te diste cuenta que esto está ordenado de mayor precio
a menor? - Me dijo Greta señalando una pirámide que estaba en el centro del
local construida con bebotes de todos los colores, formas y tamaños.
Asentí con la cabeza.
- Bueno, es una estrategia. Los de abajo son los más caros y son los
primeros que los nenes ven, porque no llegan a ver los de arriba que son más
baratos. Entonces entran, ven a ésta… - Dijo agarrando a una muñeca que rezaba
en el cartel $999. – Y empiezan a llorar que la quieren. Entonces los padres
intentan que les guste la de más arriba, que es más barata. Pero la nena ya vio
ésta de mil y no hay forma que quiera la otra de quinientos. Entonces, llora,
llora, llora. Y al final se la terminan llevando.
- Nunca lo hubiera pensado- Dije sinceramente.
- Y a mí nunca me hubieran comprado la muñeca de mil aunque llore, llore
y llore. – Me dijo Greta mientras largaba una carcajada.
Ese fue mi primer día laboral.

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