lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de Greta VII

Llegada la Navidad llegué a trabajar ya no recuerdo cuántas horas diarias, parada y sin comer durante varios períodos de tiempo. Yo quería aguantarmela como Greta, pero me era imposible. Habían pasado 15 días y mis huesos me dolían todos por igual. Desde los pies hasta las cervicales, desde las costillas hasta el metatarso.
Un día se me ocurrió una idea genial.
Le dije a Greta que tenía infección urinaria y que tenía que subir al baño cada media hora seguro porque sentía que me hacía pis todo el tiempo. Ella se rió a carcajadas y me dijo que no había problema mientras no me “mee encima”. Con esa excusa, subía cada 30 minutos al baño, y me sentaba en el inodoro entre tres y cuatro minutos solamente para descansar las piernas. Al principio me daba un poco de culpa lo que tuve que inventar, pero era tan placentera la sensación de sentarme después de tanto tiempo parada que no me importaba mentir. Bajaba y seguía cansada pero al menos era como un placebo para mis músculos.

Gabriela seguía en la silla como cada día desde que empecé a trabajar ahí.

Por esos días empezó un nuevo empleado que se llamaba Facundo y mucho no me hablaba. Hablaba con todo el mundo muy amigablemente, menos conmigo. A mí me decía hola y chau y en algunos casos me ayudaba si tenía que levantar algún juguete muy pesado. Lo más raro era que trabajabamos juntos todo el día, de mañana a noche y teníamos casi la misma edad. Bueno, el me llevaba unos cuatro años pero no aparentaba.
Facundo aprendió todo más rápido que yo. Era vivo, era fuerte, era divertido y tenía todo re claro porque ya era su segunda temporada en jugueterías. Además, claro, era hombre.

-         ¿No te gusta Facundo? Me dijo Greta una mañana.
-         No puede gustarme alguien que no me habla. - Le dije riéndome.
-         Ese comentario filoso, es de despechada pibita, sabelo.
-         Bueno, si, es lindo, pero le habla a todos menos a mí.
-         ¿Para qué querés que te hable? A veces hablar lo arruina todo.
-         Bueno pero solamente sé su nombre y que toca en una banda. Nunca me dijo qué banda, ni qué instrumento toca, ni dónde vive, ni qué quiere…
-         Agustina, ¿de verdad te importa todo eso de un hombre?
-         No, pero…
-         Yo si tuviera unos años menos, me lo agarro en el depósito. No sé qué mierda esperás.

Ese día nos reímos las dos a carcajadas y nos palmeamos la espalda como si fuéramos amigas de toda la vida. Como si no hubiera diferencias de edad. Como si ella no me llevara quince años y como si no fuera mi jefa.

Esa noche cuando llegué a mi casa y me fui a acostar, soñé con Facundo. Lo besaba en el depósito.





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