Llegada la Navidad llegué a trabajar
ya no recuerdo cuántas horas diarias, parada y sin comer durante varios
períodos de tiempo. Yo quería aguantarmela como Greta, pero me era imposible.
Habían pasado 15 días y mis huesos me dolían todos por igual. Desde los pies
hasta las cervicales, desde las costillas hasta el metatarso.
Un día se me ocurrió una
idea genial.
Le dije a Greta que tenía
infección urinaria y que tenía que subir al baño cada media hora seguro porque
sentía que me hacía pis todo el tiempo. Ella se rió a carcajadas y me dijo que
no había problema mientras no me “mee encima”. Con esa excusa, subía cada 30
minutos al baño, y me sentaba en el inodoro entre tres y cuatro minutos
solamente para descansar las piernas. Al principio me daba un poco de culpa lo
que tuve que inventar, pero era tan placentera la sensación de sentarme después
de tanto tiempo parada que no me importaba mentir. Bajaba y seguía cansada pero
al menos era como un placebo para mis músculos.
Gabriela seguía en la
silla como cada día desde que empecé a trabajar ahí.
Por esos días empezó un
nuevo empleado que se llamaba Facundo y mucho no me hablaba. Hablaba con todo
el mundo muy amigablemente, menos conmigo. A mí me decía hola y chau y en
algunos casos me ayudaba si tenía que levantar algún juguete muy pesado. Lo más
raro era que trabajabamos juntos todo el día, de mañana a noche y teníamos casi
la misma edad. Bueno, el me llevaba unos cuatro años pero no aparentaba.
Facundo aprendió todo más
rápido que yo. Era vivo, era fuerte, era divertido y tenía todo re claro porque
ya era su segunda temporada en jugueterías. Además, claro, era hombre.
-
¿No te gusta Facundo? Me dijo Greta una mañana.
-
No puede gustarme alguien que no me habla. - Le dije
riéndome.
-
Ese comentario filoso, es de despechada pibita,
sabelo.
-
Bueno, si, es lindo, pero le habla a todos menos a mí.
-
¿Para qué querés que te hable? A veces hablar lo
arruina todo.
-
Bueno pero solamente sé su nombre y que toca en una
banda. Nunca me dijo qué banda, ni qué instrumento toca, ni dónde vive, ni qué
quiere…
-
Agustina, ¿de verdad te importa todo eso de un hombre?
-
No, pero…
-
Yo si tuviera unos años menos, me lo agarro en el
depósito. No sé qué mierda esperás.
Ese día nos reímos las dos
a carcajadas y nos palmeamos la espalda como si fuéramos amigas de toda la
vida. Como si no hubiera diferencias de edad. Como si ella no me llevara quince
años y como si no fuera mi jefa.
Esa noche cuando llegué a
mi casa y me fui a acostar, soñé con Facundo. Lo besaba en el depósito.

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