lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de Greta VIII

A mí siempre me tocaba ir a almorzar al mismo horario que Gabriela mientras Greta y Facundo se quedaban en el local. Después a la inversa.
La verdad es que al principio me encantaba ir a almorzar con Gabi, era cálida, tierna y me escuchaba todo lo que yo le decía. Ella era de pocas palabras. Greta me intimidaba y Facundo ni hablar. (Valga la redundancia de que no me hablaba).
Pero después pasaron los días y cada vez tenía menos temas para hablar con Gabi, y a decir verdad, Greta ya no me intimidaba y tenía muchas ganas de aprender de ella, de sacarle el jugo en todo momento del día, porque era para mí una especie de gurú en varios aspectos.
Greta con una frase podía hacerme entender cómo había que sobrevivir en una sociedad injusta, machista, capitalista y consumista. Todos conceptos que yo no manejaba porque acababa de salir del colegio y apenas entendía lo que era el capitalismo. (Claro está que trabajando ahí aprendí bastante del consumo sin que Greta me lo explique).
Sin embargo, nunca me tocó ir a almorzar con ella. Me daba la plata y yo me iba con Gabi a comer enfrente. Luego yo volvía y hacíamos el relevo.

-Y ¿Qué te pediste?
- Menú ejecutivo que sale $10. Me guardo $6 para los puchos.
- Sos viva pibita, siempre lo digo.

Greta me decía eso y se iba a comer.

Mi estado anímico por esas fechas no era el mejor. Estaba harta de trabajar, no estaba acostumbrada a tantas horas parada, sin comer, sin beber, sin mirar el celular. No veía mucho a mis amigas porque siempre tenía sueño cuando salía de ahí. Los sábados y domingos trabajaba igual. No tuve franco en el mes y medio que trabajé allí y tampoco me insinuaron que existía esa posibilidad. No quería trabajar más. La gente me irritaba, me sentía enferma, pasaba mucho calor y extrañaba mis veranos de estar tomando sol al lado de una pileta sin hacer nada.

En la segunda quincena de diciembre para colmo, habían implementado un nuevo modus operandun. Como había varias sucursales de esa misma juguetería diseminadas por el centro de la ciudad, había veces que teníamos que caminar desde nuestro local a los otros para buscar algún juguete que no teníamos en stock y los otros locales sí. O al revés. El sistema era simple pero cansador. Nos poníamos de acuerdo un empleado de cada sucursal, salíamos al mismo tiempo y nos encontrábamos en un punto medio, juguete en mano, para hacer el traspaso del preciado oso mimoso o lo que fuera.
No recuerdo haber tenido tanto calor como en esas caminatas céntricas a hora pico cargando juguetes pesadísimos. Eran quince cuadras no más, pero sumadas al clima y a  mi cansancio y dolores corporales eran insoportables. Había como cuatro sucursales diferentes además de la nuestra, y por día hacíamos alrededor de diez intercambios de juguetes en la vía pública. Facundo siempre se hacía el desentendido y tenía que ir yo. A mi no me molestaba tanto porque en el camino podía distenderme un poco pero me cansaba mucho y llegaba toda traspirada. A veces llegaba contenta y triunfante a mi local luego de haber hecho el traspaso y me decían…

-Agus, volvé volvé, que ahora quiere que le lleves la piletita azul de lona porque en el de San Lorenzo no quedan.
Y yo tenía que volver al encuentro de otro empleado que venía de la sucursal de San Lorenzo y que para colmo siempre salían después que yo haciéndome caminar a mi diez cuadras mientras él caminaba cinco. En algunos casos ni se movían del local y yo solita llegaba de sucursal a sucursal.


Greta siempre tenía buen humor. Ella trabajaba ahí todos los meses del año, todos los días y aún más tiempo que yo porque siempre llegaba primera y se iba última. Nunca se sentaba, nunca tenía demasiada hambre, ni demasiado calor, nunca tenía sueño ni le dolían las piernas.

Un día le dije…
-         Greta, no doy más.
-         ¿Qué me querés decir con eso?
-         Que estoy cansada. No quiero hacer más los traspasos de juguetes, o necesito sentarme un rato en algún momento del día, estoy muerta, me duele todo.
-         ¡Ay pibita! ¡Cuánto te falta!
-         Ya sé, te juro que ya sé que me falta, que soy inútil y mimada pero te juro que no doy más. Me odio por no poder seguir el ritmo pero esto es mucho para mí. – De verdad me estaba odiando por tener que hacer ese planteo, pero sentía ganas de llorar y de irme corriendo cada vez que entraba al local, y aún me quedaba todo el día por delante.
-         ¿Te acordás cuando limpiaste la primera vez?
-         Si.
-         ¿Sabías limpiar?
-         No.
-         ¿Y ahora?
-         Un poco sé.
-         Bueno… Eso es cancha. De acá a una semana las piernas no te duelen más y vas a dejar de decirme que tenés infección urinaria para ir a sentarte al inodoro.
-         ¿Cómo sabés que hago eso?
-         Porque nunca tirás la cadena.

Ese día me avergoncé.
Greta no se enojó, me dijo todo con una sonrisa y demostrándome una vez más, cuánto yo tenía que aprender.
A la hora de irnos, terminé de limpiar. Fui a buscar mi cartera debajo del mostrador y saludé a Greta para irme.

-         Mañana no vengas. – Me dijo.
-         ¿Cómo? – Le dije casi saliendo por la puerta trasera que alguna vez pensé que pertenecía a otro local.
-         Que no vengas, que te quedes descansando en tu casa. Vemos como nos arreglamos.

Greta estaba haciendo la caja, concentrada en los billetes y ni me miraba cuando me hablaba. Me sentí avergonzada otra vez.

-         Pero… Mañana es 22, va a venir un montón de gente.
-         ¿Y? Yo me la banco. – Me dijo desafiante, con su voz tan segura y envidiable.

-         Yo también. – Le dije y salí. 

Al otro día fui a trabajar igual. Seguía cansada pero estaba arrepentida de lo que le había dicho a mi jefa el día anterior y no quería estar aún más avergonzada de lo que ya estaba.

-         Sabía que ibas a venir.
-         Para que veas que me la banco.
-         ¿Vos me creías que yo te daba franco justo el 22 de diciembre?
-         Si te creí. ¿Era mentira? Me lo dijiste seria…
-         Ah viste, soy buena actriz.
-         Pero ¿estás loca? Cualquier otra persona directamente ni viene, cómo vas a inventarte un franco? – Yo no entendía nada.
-         Si no hubieras venido no pasaba nada, yo me arreglaba… Pero, se me caía una ídola.

Ese día fue la primera vez que abracé a mi jefa.

Ella también era una ídola. Pero claro, no daba decirselo.



No hay comentarios:

Publicar un comentario