A mí siempre me tocaba ir
a almorzar al mismo horario que Gabriela mientras Greta y Facundo se quedaban
en el local. Después a la inversa.
La verdad es que al
principio me encantaba ir a almorzar con Gabi, era cálida, tierna y me
escuchaba todo lo que yo le decía. Ella era de pocas palabras. Greta me
intimidaba y Facundo ni hablar. (Valga la redundancia de que no me hablaba).
Pero después pasaron los
días y cada vez tenía menos temas para hablar con Gabi, y a decir verdad, Greta
ya no me intimidaba y tenía muchas ganas de aprender de ella, de sacarle el
jugo en todo momento del día, porque era para mí una especie de gurú en varios
aspectos.
Greta con una frase podía
hacerme entender cómo había que sobrevivir en una sociedad injusta, machista,
capitalista y consumista. Todos conceptos que yo no manejaba porque acababa de
salir del colegio y apenas entendía lo que era el capitalismo. (Claro está que
trabajando ahí aprendí bastante del consumo sin que Greta me lo explique).
Sin embargo, nunca me tocó
ir a almorzar con ella. Me daba la plata y yo me iba con Gabi a comer enfrente.
Luego yo volvía y hacíamos el relevo.
-Y ¿Qué te pediste?
- Menú ejecutivo que sale
$10. Me guardo $6 para los puchos.
- Sos viva pibita, siempre
lo digo.
Greta me decía eso y se
iba a comer.
Mi estado anímico por esas
fechas no era el mejor. Estaba harta de trabajar, no estaba acostumbrada a
tantas horas parada, sin comer, sin beber, sin mirar el celular. No veía mucho
a mis amigas porque siempre tenía sueño cuando salía de ahí. Los sábados y
domingos trabajaba igual. No tuve franco en el mes y medio que trabajé allí y
tampoco me insinuaron que existía esa posibilidad. No quería trabajar más. La
gente me irritaba, me sentía enferma, pasaba mucho calor y extrañaba mis
veranos de estar tomando sol al lado de una pileta sin hacer nada.
En la segunda quincena de
diciembre para colmo, habían implementado un nuevo modus operandun. Como había
varias sucursales de esa misma juguetería diseminadas por el centro de la
ciudad, había veces que teníamos que caminar desde nuestro local a los otros
para buscar algún juguete que no teníamos en stock y los otros locales sí. O al
revés. El sistema era simple pero cansador. Nos poníamos de acuerdo un empleado
de cada sucursal, salíamos al mismo tiempo y nos encontrábamos en un punto
medio, juguete en mano, para hacer el traspaso del preciado oso mimoso o lo que
fuera.
No recuerdo haber tenido
tanto calor como en esas caminatas céntricas a hora pico cargando juguetes
pesadísimos. Eran quince cuadras no más, pero sumadas al clima y a mi cansancio y dolores corporales eran
insoportables. Había como cuatro sucursales diferentes además de la nuestra, y
por día hacíamos alrededor de diez intercambios de juguetes en la vía pública.
Facundo siempre se hacía el desentendido y tenía que ir yo. A mi no me
molestaba tanto porque en el camino podía distenderme un poco pero me cansaba
mucho y llegaba toda traspirada. A veces llegaba contenta y triunfante a mi
local luego de haber hecho el traspaso y me decían…
-Agus, volvé volvé, que
ahora quiere que le lleves la piletita azul de lona porque en el de San Lorenzo
no quedan.
Y yo tenía que volver al
encuentro de otro empleado que venía de la sucursal de San Lorenzo y que para
colmo siempre salían después que yo haciéndome caminar a mi diez cuadras
mientras él caminaba cinco. En algunos casos ni se movían del local y yo solita
llegaba de sucursal a sucursal.
Greta siempre tenía buen
humor. Ella trabajaba ahí todos los meses del año, todos los días y aún más
tiempo que yo porque siempre llegaba primera y se iba última. Nunca se sentaba,
nunca tenía demasiada hambre, ni demasiado calor, nunca tenía sueño ni le
dolían las piernas.
Un día le dije…
-
Greta, no doy más.
-
¿Qué me querés decir con eso?
-
Que estoy cansada. No quiero hacer más los traspasos
de juguetes, o necesito sentarme un rato en algún momento del día, estoy
muerta, me duele todo.
-
¡Ay pibita! ¡Cuánto te falta!
-
Ya sé, te juro que ya sé que me falta, que soy inútil
y mimada pero te juro que no doy más. Me odio por no poder seguir el ritmo pero
esto es mucho para mí. – De verdad me estaba odiando por tener que hacer ese
planteo, pero sentía ganas de llorar y de irme corriendo cada vez que entraba
al local, y aún me quedaba todo el día por delante.
-
¿Te acordás cuando limpiaste la primera vez?
-
Si.
-
¿Sabías limpiar?
-
No.
-
¿Y ahora?
-
Un poco sé.
-
Bueno… Eso es cancha. De acá a una semana las piernas
no te duelen más y vas a dejar de decirme que tenés infección urinaria para ir
a sentarte al inodoro.
-
¿Cómo sabés que hago eso?
-
Porque nunca tirás la cadena.
Ese día me avergoncé.
Greta no se enojó, me dijo todo con una sonrisa y demostrándome una vez
más, cuánto yo tenía que aprender.
A la hora de irnos, terminé de limpiar. Fui a buscar mi cartera debajo
del mostrador y saludé a Greta para irme.
-
Mañana no vengas. – Me dijo.
-
¿Cómo? – Le dije casi saliendo por la puerta trasera
que alguna vez pensé que pertenecía a otro local.
-
Que no vengas, que te quedes descansando en tu casa.
Vemos como nos arreglamos.
Greta estaba haciendo la caja, concentrada en los billetes y ni me
miraba cuando me hablaba. Me sentí avergonzada otra vez.
-
Pero… Mañana es 22, va a venir un montón de gente.
-
¿Y? Yo me la banco. – Me dijo desafiante, con su voz
tan segura y envidiable.
-
Yo también. – Le dije y salí.
Al otro día fui a trabajar igual. Seguía cansada pero estaba arrepentida
de lo que le había dicho a mi jefa el día anterior y no quería estar aún más
avergonzada de lo que ya estaba.
-
Sabía que ibas a venir.
-
Para que veas que me la banco.
-
¿Vos me creías que yo te daba franco justo el 22 de
diciembre?
-
Si te creí. ¿Era mentira? Me lo dijiste seria…
-
Ah viste, soy buena actriz.
-
Pero ¿estás loca? Cualquier otra persona directamente ni
viene, cómo vas a inventarte un franco? – Yo no entendía nada.
-
Si no hubieras venido no pasaba nada, yo me arreglaba…
Pero, se me caía una ídola.
Ese día fue la primera vez
que abracé a mi jefa.
Ella también era una
ídola. Pero claro, no daba decirselo.

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