lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de Greta XII

Con Facundo no éramos amigos, nos teníamos una especie de respeto mezclado con inhibición. Hablábamos lo justo y necesario y nos pedíamos ayuda para algún que otro encargo, siempre con vergüenza y timidez.
Nunca supe certeramente qué pasaba por su cabeza. El estaba siempre como haciendo otras cosas que nada tenían que ver conmigo. Si yo estaba en una punta, él estaba en la otra. Si yo estaba en la puerta, el entraba. Si yo estaba en el mostrador, el salía a hacer un traspaso. Era como que nos habíamos puesto de acuerdo telepáticamente en no cruzarnos demasiado, y eso era difícil teniendo en cuenta que compartíamos jornadas de catorce horas diarias.
Facundo era casi pelado. Tenía entre 22 y 25 años. Usaba siempre remeras negras y pantalones gigantes. Tenía unas pulseras tejidas en macramé y de su cuello colgaba un cordón negro con dijes de bandas metaleras.
Durante casi un mes nuestra relación fue escasa o nula.
Había una sola actividad que a mí y a Facundo nos encantaba hacer juntos: armar las vidrieras.
Yo sacaba todos los juguetes que estaban exhibidos, los sacudía un poco, les sacaba el polvo y los volvía a guardar en sus respectivas cajas. Barría la plataforma de la vidriera, pasaba un trapo en los vidrios y estiraba bien el nailon que estaba en el piso de la vidriera.
Facundo venía con un montón de juguetes colgados de los brazos y me decía que quería poner todos esos pero armar algo “copado”.
El entusiasmo que había en su cara cuando había que armar las vidrieras lo volvían niño de repente.
Nos gustaba armar situaciones entre los juguetes, como chistes internos o alguna maldad inocente. Poníamos algunos peluches simulando estar tocando en una banda de rock y los llenábamos de instrumentos por todos lados. Al oso le poníamos el micrófono, a la pepona le colgábamos una guitarra y al dinosaurio lo sentábamos como si tocara la batería.
También nos gustaba recrear besos en la boca entre los juguetes. Poníamos una especie de hamaca de plástico y en cada extremo un peluche tamaño gigante dándole un beso al otro.
Con este tipo de juegos podíamos estar toda una tarde, nos divertíamos, nos reíamos y después volvíamos a acomodar. A Greta le encantaba participar.

-         Dejá esto ahí pero sacá un poco de instrumentos que sino contaminamos la vista de la gente. – Ordenaba Greta desde la escalera.
-         ¿Podemos poner al oso como si estuviera sentado en el salón de belleza? – Suplicaba Facundo como si tuviera cinco años.
-         Hagan lo que quieran pero no metan pornografía. – Sentenciaba finalmente mi jefa con una sonrisa.


No sé exactamente cuándo fue sucediendo ni cómo pero para las últimas semanas de mi primera experiencia laboral, ya sabía bastantes cosas de Facundo. Cosas básicas, nada de otro mundo y algunas supe mientras se las contaba a otras personas.
Me enteré que Facundo trabajaba para comprarse una “viola”, que tocaba en una banda y que tenía ganas de empezar a estudiar música. Tenía hermanos varones y siempre se le caían los pantalones casi hasta las rodillas. Le conocí alrededor de quince calzoncillos en lo que duró la temporada. Parecía que en el mundo de Facundo, los cintos no existían. Igual le quedaba bien.



La bronca que me daba su actitud al principio, fue desapareciendo, ahora me caía bien. Me sentía “a gusto”. (Justo cuando ya me tenía que ir).



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