Con Facundo no éramos amigos, nos teníamos una especie de respeto
mezclado con inhibición. Hablábamos lo justo y necesario y nos pedíamos ayuda
para algún que otro encargo, siempre con vergüenza y timidez.
Nunca supe certeramente qué pasaba por su cabeza. El estaba siempre como
haciendo otras cosas que nada tenían que ver conmigo. Si yo estaba en una
punta, él estaba en la otra. Si yo estaba en la puerta, el entraba. Si yo
estaba en el mostrador, el salía a hacer un traspaso. Era como que nos habíamos
puesto de acuerdo telepáticamente en no cruzarnos demasiado, y eso era difícil
teniendo en cuenta que compartíamos jornadas de catorce horas diarias.
Facundo era casi pelado. Tenía entre 22 y 25 años. Usaba siempre remeras
negras y pantalones gigantes. Tenía unas pulseras tejidas en macramé y de su
cuello colgaba un cordón negro con dijes de bandas metaleras.
Durante casi un mes nuestra relación fue escasa o nula.
Había una sola actividad que a mí y a Facundo nos encantaba hacer
juntos: armar las vidrieras.
Yo sacaba todos los juguetes que estaban exhibidos, los sacudía un poco,
les sacaba el polvo y los volvía a guardar en sus respectivas cajas. Barría la
plataforma de la vidriera, pasaba un trapo en los vidrios y estiraba bien el
nailon que estaba en el piso de la vidriera.
Facundo venía con un montón de juguetes colgados de los brazos y me
decía que quería poner todos esos pero armar algo “copado”.
El entusiasmo que había en su cara cuando había que armar las vidrieras
lo volvían niño de repente.
Nos gustaba armar situaciones entre los juguetes, como chistes internos
o alguna maldad inocente. Poníamos algunos peluches simulando estar tocando en
una banda de rock y los llenábamos de instrumentos por todos lados. Al oso le
poníamos el micrófono, a la pepona le colgábamos una guitarra y al dinosaurio
lo sentábamos como si tocara la batería.
También nos gustaba recrear besos en la boca entre los juguetes.
Poníamos una especie de hamaca de plástico y en cada extremo un peluche tamaño
gigante dándole un beso al otro.
Con este tipo de juegos podíamos estar toda una tarde, nos divertíamos,
nos reíamos y después volvíamos a acomodar. A Greta le encantaba participar.
-
Dejá esto ahí pero sacá un poco de instrumentos que
sino contaminamos la vista de la gente. – Ordenaba Greta desde la escalera.
-
¿Podemos poner al oso como si estuviera sentado en el
salón de belleza? – Suplicaba Facundo como si tuviera cinco años.
-
Hagan lo que quieran pero no metan pornografía. –
Sentenciaba finalmente mi jefa con una sonrisa.
No sé exactamente cuándo fue sucediendo ni cómo pero para las últimas
semanas de mi primera experiencia laboral, ya sabía bastantes cosas de Facundo.
Cosas básicas, nada de otro mundo y algunas supe mientras se las contaba a
otras personas.
Me enteré que Facundo trabajaba para comprarse una “viola”, que tocaba
en una banda y que tenía ganas de empezar a estudiar música. Tenía hermanos
varones y siempre se le caían los pantalones casi hasta las rodillas. Le conocí
alrededor de quince calzoncillos en lo que duró la temporada. Parecía que en el
mundo de Facundo, los cintos no existían. Igual le quedaba bien.
La bronca que me daba su actitud al principio, fue desapareciendo, ahora
me caía bien. Me sentía “a gusto”. (Justo cuando ya me tenía que ir).

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