De todas las memorias que he escrito, ésta es la que menos me gusta.
Esta historia me huele a lluvia y a una tarde gris de cobardía y pudor. No sé por qué.
Cuando terminé de trabajar en esa jugueteria y me despedí de mi jefa, olvidé por completo mis días laborales porque me fui de inmediato a una playa a descansar. Fueron quince días maravillosos que deberían estar enmarcados en otro capítulo. (Este capítulo es para Greta y es el último).
Meses después de mi primer experiencia laboral, volví a pasar por esa esquina. Sin intención alguna, digamos que por descuido y de casualidad. Coincidamos que estaba ubicada en un lugar mayormente céntrico y paso casi obligado para dirigirme a varios lugares.
Pasé en otoño, algún día rutinario de semana yendo a mi novedosa facultad: Humanidades y Artes. Mi preciado nuevo edificio quedaba exactamente a dos cuadras de tan gentil esquina comercial en la que yo alguna vez atendí al público junto a Greta.
Digamos entonces, que un día de otoño del año 2010 yo pasaba con muchas pinturas y apuntes, dibujos semi-hechos que tenía que entregar, algún que otro acrílico que se me iba desvaneciendo del bolso, un libro de Picasso con un marcador fantasma porque nunca lo terminé de leer, el celular con los auriculares a todo volumen y alguna campera colgando de alguna extremidad mía. En ese instante en que estaba pisando la esquina a toda velocidad mi mente se activó: ES ACÁ.
Miré desorbitada a la esquina de Corrientes y Urquiza, con la esperanza de que se me agite el corazón.
No estaba más. MI juguetería no estaba más. Se había consumido con mis juguetes favoritos, con mis anécdotas de principiante, con mis cansancios matutinos, con Greta, con Facundo, con Gabi, con Carla, con todo lo que yo había aprendido ahí. Toda la esquina había desaparecido del mapa. En su lugar: Claro. Vendían celular donde yo vendía juguetes, donde yo jugaba con John, donde yo armaba torres de bebotes, donde yo probaba el juego de cocina metiendo tacitas en un microondas de plástico, donde yo me probaba disfraces y hacía sonar instrumentos musicales cada vez que estaba aburrida. En ese mismo lugar donde 3 meses antes yo estaba cansada de estar, ahora se vendían celulares.
Ese día me quedé parada mirando a la vidriera como veinte minutos. No había ni un solo rastro. Llegué tarde a la facultad. Olvidé mis auriculares colgando haciendo sonar música que yo claramente no estaba escuchando. Ese día me di cuenta que no tenía el teléfono de Greta, que nunca mas (de verdad), iba a volver a escuchar su voz de anís.

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