Los Reyes Magos no son tan famosos como Papa Noel. O será que Papa Noel viene tan generoso que ya no quedan residuos económicos para poder enfrentarse a estos tres, o no sé qué será, pero los últimos cuatro días me aburrí muchísimo.
Trabajábamos entre 8 y 9 horas, contando las limpiezas mañaneras y nocturnas que (gracias a Dios), ya a lo último hacía con ayuda de Facundo. Nuestros diálogos seguían siendo de lo peor. Yo decía: "Vos que sos más alto podés pasar el felpudo este en el vidrio de afuera", él me miraba medio dormido y me decía que sí. Salía afuera. Lo hacía. Yo aprovechaba a mirar cómo se le caían los pantalones y se le asomaba el boxer de calaveras. Greta obvio, me agarraba siempre haciendo eso, me guiñaba un ojo y silbaba yendo hacia el mostrador.
Greta entendía todo, parecía que no se le escapaba detalle. Con un ojo me miraba a mí y a Facundo, con otro atendía y al mismo tiempo embolsaba, cuidaba la panza de Gabi, daba una barrida en el deposito y cambiaba de lugar los peluches, TODO lo hacía al mismo tiempo, sin cansancio y encima silbando.
En estos últimos días de trabajo yo lo único que quería era estar en la playa y que Menchor, Baltasar y Gaspar se extingan lo antes posible. En estos últimos cuatro días estuve más cansada que nunca y para colmo nostálgica.
Hay sensaciones que de tan agridulces pasan a amargas. Una de ellas es la sensación de despedida.
Cuando digo despedida ni hace falta aclarar que cualquiera sea el caso o la situación, ocurre más o menos de la misma manera. Uno se va. O se van varios, o nos vamos todos, o intentamos no irnos pero nos alejamos igual. En este caso yo estaba despidiéndome de mi primer trabajo.

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