Cuando empecé a escribir las memorias de Greta fui impulsada por alguna fuerza extraña de mi pasado. Esas fuerzas que reciben diversos nombres y que para Bergson son innecesarias, ya que para éste el pasado no existe sino que es el espejo de nuestro presente. Si bien su teoría me resulta magistral, yo siempre añoro, extraño y espero. Así que, con total respeto a usted señor, me cago un poco en sus escritos, y a veces me largo a llorar.
Llamémoslas entonces fuerzas de nostalgia, de melancolía, de ausencias.
Como sea que se llame todo ese torbellino de ideas sueltas del pasado, a veces lo vemos volver.
Pasaron cinco años de mi primer trabajo. Cambié tanto en este tiempo que hasta creo que volví a ser yo misma.
Tuve varios trabajos después de éste.
Recorrí las calles semanas enteras tirando currículums. Golpeé puertas y fui a entrevistas. Hice juegos tontos de improvisación para que me tomen en trabajos. He mentido acerca de mi compromiso y responsabilidades e incluso he mentido acerca de mi edad.
A veces me dieron trabajo, otras veces me sacaron a patadas.
Conocí muchos jefes, gerentes, encargados, compañeros, juniors y semi-juniors (también algunos otros puestos inventados).
Lavé más pisos, enceré más parqués, baldeé más veredas, saqué telarañas de muchas otras esquinas y hasta refregué inodoros ajenos sin titubear.
Vendí muchas otras cosas, que en nada se parecían a un juguete, pero sin embargo, recordando la técnica aplicada por Greta para la casita Barbie, logré desplegar estrategias en todo su esplendor. (De hecho aprendí que la técnica es siempre la misma).
Subí y bajé muchas más escaleras con cajas y cajitas llenas de productos. A veces escaleras más anchas, otras más angostas. A veces las pilas de cajas tapaban mi cara, y otras me terminé cayendo con todo encima por no hacer dos viajes.
Hice horas extras que nunca cobré. Otras que sí.
Algunas veces me dejaron sentar cuando me dolían las piernas, otras veces me tuvieron parada al rayo del sol durante 15 hs. repartiendo volantes.
Tuve jefes buenos, jefes a los que ni les conocí la cara, y otros que me hicieron llorar.
Hice amigos y enemigos.
Incluso me fui a trabajar a otra provincia a 900 km de mi ciudad.
Digamos, he aprendido de mucha gente, de muchos rubros y he crecido bastante. Sin embargo el primer trabajo de uno tiene algo así como el destello agridulce del primer amor, no? Hasta el día de hoy, en mi trabajo actual, a veces recuerdo a Greta. A sus consejos, a sus des-consejos, a sus gritos, sus enojos, sus lecciones, sus altibajos. La recuerdo sonriente, a pesar del cansancio. La recuerdo amistosa hasta con la gente que la despreciaba. La recuerdo erguida y de pie, aún cuando tenía ganas de llorar. Pienso en ella como una gran maestra que nunca se permitió que la veamos desprolija, ni enojada, ni triste. Pienso en ella como una niña que hubiera dado todo por quedarse jugando con montones de juguetes en vez de estar vendiéndolos a niños que afortunadamente si han tenido infancia. A veces pienso en ella y en el último día que la vi. Casi me pedía a gritos que me fuera, porque no quería despedirme. (Y quizá yo tampoco hubiera querido hacerlo jamás). En fin, pienso en Greta a menudo y luego con la misma rapidez la olvido y sigo con mi vida. MI juguetería como dije, ya no existía, en su lugar, un local de Claro, te tiraba celulares y planes novedosos por la cabeza. El mundo seguía girando.
Hace unos días yo iba caminando bajo la lluvia por alguna cuadra del centro. Una de mis mejores amigas me había advertido que habían abierto una sucursal de mi juguetería cerca de su casa. Y justo por ahí pasé yo casualmente. Miré como sin querer a la vidriera y sonreí ante algunos jueguetes que me invitaban constantemente al recuerdo. Había un pequeno Pony rosa, al lado de otro violeta y una pequeña casita que les hacía de reparo. Contiguo, un muñeco de Toy Story gigante, apoyado sobre una caja de un metro y medio que dejaba ver una muñeca bellísima dentro. Algunos rompecabezas apilados, casas de muñecas armando el contorno de la vidriera y detrás de todo eso, un reluciente mostrador. Hacía allí dirigí mi mirada mientras estaba dando un paso como para irme. Ahí justo, la vi.
Ella me estaba mirando mientras yo miraba. Ella me clavó los ojos mientras yo avanzaba. Cuando me di cuenta, ya era tarde, yo ya había seguido mi marcha y ella habrá dado por seguro que no la reconocí o que no era yo. Caminé media cuadra pensando en mi idiotez. Giré la cabeza para atrás para ver si la veía, si ella salía o si me daba coraje para volver la media cuadra y entrar a abrazarla.
Nada de eso sucedió.
Vi a Greta a través de un vidrio cinco años después y no supe cómo entrar a agradecerle todo lo que me había enseñado.

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