Mi último día de trabajo es el que menos recuerdo de todos. El ser humano, como sabemos, tiene memoria selectiva.
Sé que mi cansancio no ayudaba para nada, que mis piernas no respondían, que mi mal humor ya se había vuelto crónico, que dormir tan pocas horas (porque aparte de trabajar entre 8 y 14 hs pretendía tener una vida social) ya estaban causándome estragos, que mi trato con la gente ya no era efusivo ni forzado, simplemente había "aprendido" a atender como se supone que debería hacerse. La rutina era monótona y automatizada. El cliente entraba, yo le decía siempre lo mismo, algo así como: "Hola, ¿qué tal? En qué podría ayudarlos?" ponía mi mejor sonrisa y con esto daba por hecho, naturalmente, que su trato fuera también amable y cordial. Si no lo era, tampoco me interesaba. Así habían transcurrido los últimos 45 días de mi vida y así se suponía que se vendía. Todo estaba aprendido y era ejecutado cada día de la misma manera: la venta, la limpieza, el almuerzo, el orden de las góndolas, los traslados de juguetes, los puestos en el local, etc.
Lo que sí me acuerdo de ese último día es que miré mucho el celular, mucho más que ningún otro día de trabajo. Quería irme, ¡Quería irme con todas las fuerzas de mi ser! Que sean las 21 y que yo esté en mi casa cenando un plato de fideos enormes y que en mi bolsillo haya dinero y que no tenga que volver a ver un Ken ni un Playmovil nunca más en toda mi vida. Ese era ese día mi mayor deseo.
Sin embargo, por momentos, recuerdo haber mirado a Greta en silencio. ¡Cuántas cosas me había enseñado sin querer enseñarme nada! ¡Cuánto me había abierto su corazón sin haberme querido contar nada! La sensación agridulce se hacía cada vez más intensa. Había compartido con esta mujer más horas que con nadie en los últimos días. Sabía mis vicios y mis fobias, mis malos humores y algunos de mis secretos. Conocía mis mentiras y mis manias, las cosas que me molestaban y las cosas que me hacían reír. Yo de ella, quizás sabía menos, quizás sabía más, pero creo que había aprendido lo suficiente.
Ese último día a la hora de cierre mi papá me fue a buscar a la puerta. Le dije a Greta: "Mi papá viene a buscarme a las 21." Creo que él estaba tan contento como yo porque llegó media hora antes. Greta se dio cuenta porque yo miraba por la ventana a cada rato y saludaba cual princesa siendo rescatada del pantano. Entonces ella me dijo las palabras mágicas: "Pibita, rajá si querés. Venite a buscar el sueldo entero en dos días, dejame que saque bien la cuenta y te lo separo, puede ser?". La miré confundida. No me interesaba el sueldo, de hecho era en lo que menos estaba pensando en ese preciso momento. Me sorprendió que me saludé así sin más. Besé a Facundo en la mejilla, friamente, como siempre. Gabi ya no estaba. A Carla le di un beso y un abrazo, intentando por todos mis medios no rozar el arma que llevaba colgando. En Greta me detuve y la abracé silenciosamente...
"Pibita, no me gustan las despedidas, rajá"...
Ese fue mi último día de mi primer trabajo.

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