-¿Para qué trabajás?
- Me quiero ir de
vacaciones y mis viejos me dijeron que me gane la plata para irme.
- Igual tus viejos si
quieren te la pueden dar a la plata, ¿No?
- No sé, supongo que sí.
- Qué afortunada que eres.
Trabajás porque querés digamos.
No me gustó el comentario
de Greta de ese día, o no comprendí que me estaba queriendo decir.
-
Si, trabajo porque quiero irme de vacaciones.
-
Bueno, aprovechá, 15 días y ya no tenés que venir más.
-
Claro.
-
Después vas a extrañar todo lo que te rompí las bolas,
vas a ver.
-
No creo. Voy a estar en la playa.
La conversación era amistosa, pero aún así no me cerraba lo que me
decía. Era una mezcla de envidia y de autoridad que nunca había visto en Greta.
Ese día me cayó mal todo lo que me decía. Cuando me pedía que barra, me daba
bronca. Antes lo hacía con gusto.
Greta era orgullosa y parecía dura e insensible. Sin embargo, tenía un
costado tan frágil que a veces me daba miedo que se rompiera. Yo sabía que en
toda esa rudeza, me estaba queriendo decir algo, que no le salía.
-
Agus, ¿Podés cubrirme? Me voy a hablar con el dueño a
la otra sucursal.
-
Si. Te cubro.
-
Si viene el de los juegos de mesa decile que acomode
todo por acá, yo después lo subo.
-
Bueno, dale.
Se fue. Me dio bronca que
se fuera. Yo quería que me explique por qué me había tratado así, y por qué me
había dado a entender que trabajo de caprichosa para pagarme un viajecito con
mis amigas. Me negaba a pensar que lo que Greta me decía había sido en serio,
tenía que haber un trasfondo, tenía que tener una explicación. ¿Yo no era una
ídola?
Ese día fue todo cortante.
Al otro día era Navidad.

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