lunes, 22 de septiembre de 2014

Memorias de Greta III

Greta no estaba cansada nunca. Siempre estaba parada, con los brazos cruzados atrás de la espalda y haciendo círculos en el piso con los borcegos.
Gabriela estaba sentada en la silla desde que llegaba hasta que se iba, haciendo moñitos para añadir a las bolsas una vez empaquetados los juguetes. Cuando llegó Navidad, había alrededor de un millón de moños, porque Gabriela no hacía otra cosa en todo el día. Creo que aún hoy, deben seguir quedando algunos debajo del mostrador.

-         Bueno Agus, hoy es tu segundo día, vamos a tener que limpiar. Esto se hace cada vez que se abre el local y antes de cerrar lo mismo. Estos son los productos y acá tenés el balde, cuando termines con el local, le pasamos a los vidrios del lado de afuera.
-         ¿Todos los días? - Pregunté.
-         Si, a no ser que empiece a caer gente temprano, en ese caso limpiamos sólo a la hora del cierre. Porque queda mal estar limpiando mientras atendés, ¿Viste?

Greta cerraba siempre las frases con el “¿Viste?” y me daban ganas de decirle que no, que no vi nada, que no sé nada, que no entiendo nada y que nunca limpié un vidrio, ni un piso, ni un juguete de mierda.

-Cargá agua arriba en el baño, después si la tenés que tirar tirala en la vereda, no pasa nada.
- Bueno.
- Igual, estaría bueno que vengas a las 7 y media, así te ponés a limpiar tranquila con el local cerrado y la gente no te rompe los huevos ¿Viste?
- Si, no hay problema.

Greta me dejó con el trapo, el palo, muchos productos de limpieza y un balde, y se puso a hablar con Gabriela en el mostrador. Gabriela sentada haciendo moños. Greta contando lo que había hecho la noche anterior a los gritos. Yo no sabía por dónde empezar a sumergir el trapo ni en qué medida se echaba el líquido. O si el líquido iba en el trapo y después el agua se tiraba al piso. O si iba el trapo seco y el líquido tirado en el piso y después enjuagás.


No importa. Me porté como una reina. Hice lo que me pareció, ya ni siquiera me acuerdo cómo usé los elementos pero el piso quedó reluciente. Greta ni me miró.

-         Terminé. ¿Vamos con los vidrios?
-         Dale, necesitás esto.

Greta sacó de un rincón que se encontraba entre una persiana enorme y el mostrador un palo de muchos metros de largo. Lo miré. Tenía en el extremo de arriba algo así como un rastrillo de un lado y una goma espuma del otro, que supuse, se mojaba con agua y algún líquido de esos que me dio Greta.

-         Esto lo mojás en el balde, después lo pasas desde abajo hasta arriba de toda la ventana. Hacelo desde afuera, total acá adentro de última pasamos un trapo, pero tratá de tenerlo así, porque si lo girás de golpe te vas a terminar mojando toda. Vas a pensar que es lluvia pero no, sos vos que estás agarrando mal el palo.
Obviamente después de decir esto largó una carcajada de cinco minutos.
Realmente yo no tenía idea qué le tenía que poner a ese palo, ni cómo, ni en qué parte. Pero me fui afuera, llevé el balde, agarré algún producto con olor a pino y empecé a sumergir el extremo del palo de cinco metros de largo. Lavé una. Después entré, pregunté si estaba bien. Ni me miró, y me dijo que sí. Lavé la otra.

El calor que hacía ese día me perfora hasta en el recuerdo. El sol daba de lleno en esa esquina, muy de lleno. Estaba cansada y recién había llegado. El solo hecho de pensar que tenía que hacer esa misma rutina cada mañana y cada noche por el resto de la temporada me hacía enfurecer.

Ese día también atendí al público. Fui simpática. Vendí algunos juguetes de pileta que era de lo más baratito del local. Las grandes ventas las hacía Greta. Cuando se daba cuenta que el cliente apuntaba a algún Max Steel automáticamente me decía: “Dejá Agus, acomodá los paraguitas que yo lo atiendo al señor”. Efectivamente siempre vendía. Así como sus pelos no se escapaban de la cola de caballo ajustada y apretada en la nuca, ningún cliente se escapaba de que Greta le venda algo.
Ese día revisé algunos juguetes a ver cómo funcionaban y emanaban sonidos y gárgaras. Me aprendí la ley estratega de la pirámide de precios de bebotes y sobre todas las cosas me dí cuenta que no sabía hacer nada.

Cuando llegué a mi casa mi mamá me preguntó cómo me había ido.
- Mamá, ¿Por qué nunca me enseñaste a limpiar? Le contesté.

Ese fue mi segundo día de mi primer trabajo.



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