Cuando empecé a escribir las memorias de Greta fui impulsada por alguna fuerza extraña de mi pasado. Esas fuerzas que reciben diversos nombres y que para Bergson son innecesarias, ya que para éste el pasado no existe sino que es el espejo de nuestro presente. Si bien su teoría me resulta magistral, yo siempre añoro, extraño y espero. Así que, con total respeto a usted señor, me cago un poco en sus escritos, y a veces me largo a llorar.
Llamémoslas entonces fuerzas de nostalgia, de melancolía, de ausencias.
Como sea que se llame todo ese torbellino de ideas sueltas del pasado, a veces lo vemos volver.
Pasaron cinco años de mi primer trabajo. Cambié tanto en este tiempo que hasta creo que volví a ser yo misma.
Tuve varios trabajos después de éste.
Recorrí las calles semanas enteras tirando currículums. Golpeé puertas y fui a entrevistas. Hice juegos tontos de improvisación para que me tomen en trabajos. He mentido acerca de mi compromiso y responsabilidades e incluso he mentido acerca de mi edad.
A veces me dieron trabajo, otras veces me sacaron a patadas.
Conocí muchos jefes, gerentes, encargados, compañeros, juniors y semi-juniors (también algunos otros puestos inventados).
Lavé más pisos, enceré más parqués, baldeé más veredas, saqué telarañas de muchas otras esquinas y hasta refregué inodoros ajenos sin titubear.
Vendí muchas otras cosas, que en nada se parecían a un juguete, pero sin embargo, recordando la técnica aplicada por Greta para la casita Barbie, logré desplegar estrategias en todo su esplendor. (De hecho aprendí que la técnica es siempre la misma).
Subí y bajé muchas más escaleras con cajas y cajitas llenas de productos. A veces escaleras más anchas, otras más angostas. A veces las pilas de cajas tapaban mi cara, y otras me terminé cayendo con todo encima por no hacer dos viajes.
Hice horas extras que nunca cobré. Otras que sí.
Algunas veces me dejaron sentar cuando me dolían las piernas, otras veces me tuvieron parada al rayo del sol durante 15 hs. repartiendo volantes.
Tuve jefes buenos, jefes a los que ni les conocí la cara, y otros que me hicieron llorar.
Hice amigos y enemigos.
Incluso me fui a trabajar a otra provincia a 900 km de mi ciudad.
Digamos, he aprendido de mucha gente, de muchos rubros y he crecido bastante. Sin embargo el primer trabajo de uno tiene algo así como el destello agridulce del primer amor, no? Hasta el día de hoy, en mi trabajo actual, a veces recuerdo a Greta. A sus consejos, a sus des-consejos, a sus gritos, sus enojos, sus lecciones, sus altibajos. La recuerdo sonriente, a pesar del cansancio. La recuerdo amistosa hasta con la gente que la despreciaba. La recuerdo erguida y de pie, aún cuando tenía ganas de llorar. Pienso en ella como una gran maestra que nunca se permitió que la veamos desprolija, ni enojada, ni triste. Pienso en ella como una niña que hubiera dado todo por quedarse jugando con montones de juguetes en vez de estar vendiéndolos a niños que afortunadamente si han tenido infancia. A veces pienso en ella y en el último día que la vi. Casi me pedía a gritos que me fuera, porque no quería despedirme. (Y quizá yo tampoco hubiera querido hacerlo jamás). En fin, pienso en Greta a menudo y luego con la misma rapidez la olvido y sigo con mi vida. MI juguetería como dije, ya no existía, en su lugar, un local de Claro, te tiraba celulares y planes novedosos por la cabeza. El mundo seguía girando.
Hace unos días yo iba caminando bajo la lluvia por alguna cuadra del centro. Una de mis mejores amigas me había advertido que habían abierto una sucursal de mi juguetería cerca de su casa. Y justo por ahí pasé yo casualmente. Miré como sin querer a la vidriera y sonreí ante algunos jueguetes que me invitaban constantemente al recuerdo. Había un pequeno Pony rosa, al lado de otro violeta y una pequeña casita que les hacía de reparo. Contiguo, un muñeco de Toy Story gigante, apoyado sobre una caja de un metro y medio que dejaba ver una muñeca bellísima dentro. Algunos rompecabezas apilados, casas de muñecas armando el contorno de la vidriera y detrás de todo eso, un reluciente mostrador. Hacía allí dirigí mi mirada mientras estaba dando un paso como para irme. Ahí justo, la vi.
Ella me estaba mirando mientras yo miraba. Ella me clavó los ojos mientras yo avanzaba. Cuando me di cuenta, ya era tarde, yo ya había seguido mi marcha y ella habrá dado por seguro que no la reconocí o que no era yo. Caminé media cuadra pensando en mi idiotez. Giré la cabeza para atrás para ver si la veía, si ella salía o si me daba coraje para volver la media cuadra y entrar a abrazarla.
Nada de eso sucedió.
Vi a Greta a través de un vidrio cinco años después y no supe cómo entrar a agradecerle todo lo que me había enseñado.
lunes, 29 de septiembre de 2014
jueves, 25 de septiembre de 2014
Última memoria de Greta
De todas las memorias que he escrito, ésta es la que menos me gusta.
Esta historia me huele a lluvia y a una tarde gris de cobardía y pudor. No sé por qué.
Cuando terminé de trabajar en esa jugueteria y me despedí de mi jefa, olvidé por completo mis días laborales porque me fui de inmediato a una playa a descansar. Fueron quince días maravillosos que deberían estar enmarcados en otro capítulo. (Este capítulo es para Greta y es el último).
Meses después de mi primer experiencia laboral, volví a pasar por esa esquina. Sin intención alguna, digamos que por descuido y de casualidad. Coincidamos que estaba ubicada en un lugar mayormente céntrico y paso casi obligado para dirigirme a varios lugares.
Pasé en otoño, algún día rutinario de semana yendo a mi novedosa facultad: Humanidades y Artes. Mi preciado nuevo edificio quedaba exactamente a dos cuadras de tan gentil esquina comercial en la que yo alguna vez atendí al público junto a Greta.
Digamos entonces, que un día de otoño del año 2010 yo pasaba con muchas pinturas y apuntes, dibujos semi-hechos que tenía que entregar, algún que otro acrílico que se me iba desvaneciendo del bolso, un libro de Picasso con un marcador fantasma porque nunca lo terminé de leer, el celular con los auriculares a todo volumen y alguna campera colgando de alguna extremidad mía. En ese instante en que estaba pisando la esquina a toda velocidad mi mente se activó: ES ACÁ.
Miré desorbitada a la esquina de Corrientes y Urquiza, con la esperanza de que se me agite el corazón.
No estaba más. MI juguetería no estaba más. Se había consumido con mis juguetes favoritos, con mis anécdotas de principiante, con mis cansancios matutinos, con Greta, con Facundo, con Gabi, con Carla, con todo lo que yo había aprendido ahí. Toda la esquina había desaparecido del mapa. En su lugar: Claro. Vendían celular donde yo vendía juguetes, donde yo jugaba con John, donde yo armaba torres de bebotes, donde yo probaba el juego de cocina metiendo tacitas en un microondas de plástico, donde yo me probaba disfraces y hacía sonar instrumentos musicales cada vez que estaba aburrida. En ese mismo lugar donde 3 meses antes yo estaba cansada de estar, ahora se vendían celulares.
Ese día me quedé parada mirando a la vidriera como veinte minutos. No había ni un solo rastro. Llegué tarde a la facultad. Olvidé mis auriculares colgando haciendo sonar música que yo claramente no estaba escuchando. Ese día me di cuenta que no tenía el teléfono de Greta, que nunca mas (de verdad), iba a volver a escuchar su voz de anís.
Esta historia me huele a lluvia y a una tarde gris de cobardía y pudor. No sé por qué.
Cuando terminé de trabajar en esa jugueteria y me despedí de mi jefa, olvidé por completo mis días laborales porque me fui de inmediato a una playa a descansar. Fueron quince días maravillosos que deberían estar enmarcados en otro capítulo. (Este capítulo es para Greta y es el último).
Meses después de mi primer experiencia laboral, volví a pasar por esa esquina. Sin intención alguna, digamos que por descuido y de casualidad. Coincidamos que estaba ubicada en un lugar mayormente céntrico y paso casi obligado para dirigirme a varios lugares.
Pasé en otoño, algún día rutinario de semana yendo a mi novedosa facultad: Humanidades y Artes. Mi preciado nuevo edificio quedaba exactamente a dos cuadras de tan gentil esquina comercial en la que yo alguna vez atendí al público junto a Greta.
Digamos entonces, que un día de otoño del año 2010 yo pasaba con muchas pinturas y apuntes, dibujos semi-hechos que tenía que entregar, algún que otro acrílico que se me iba desvaneciendo del bolso, un libro de Picasso con un marcador fantasma porque nunca lo terminé de leer, el celular con los auriculares a todo volumen y alguna campera colgando de alguna extremidad mía. En ese instante en que estaba pisando la esquina a toda velocidad mi mente se activó: ES ACÁ.
Miré desorbitada a la esquina de Corrientes y Urquiza, con la esperanza de que se me agite el corazón.
No estaba más. MI juguetería no estaba más. Se había consumido con mis juguetes favoritos, con mis anécdotas de principiante, con mis cansancios matutinos, con Greta, con Facundo, con Gabi, con Carla, con todo lo que yo había aprendido ahí. Toda la esquina había desaparecido del mapa. En su lugar: Claro. Vendían celular donde yo vendía juguetes, donde yo jugaba con John, donde yo armaba torres de bebotes, donde yo probaba el juego de cocina metiendo tacitas en un microondas de plástico, donde yo me probaba disfraces y hacía sonar instrumentos musicales cada vez que estaba aburrida. En ese mismo lugar donde 3 meses antes yo estaba cansada de estar, ahora se vendían celulares.
Ese día me quedé parada mirando a la vidriera como veinte minutos. No había ni un solo rastro. Llegué tarde a la facultad. Olvidé mis auriculares colgando haciendo sonar música que yo claramente no estaba escuchando. Ese día me di cuenta que no tenía el teléfono de Greta, que nunca mas (de verdad), iba a volver a escuchar su voz de anís.
Memorias de Greta XVII
Aclaro antes de empezar a explayarme, que las memorias de Greta me han llevado 17 posts en este humilde blog. Este es el pen-último de una seguidilla de recuerdos de mi primer experiencia laboral. Si a alguien le interesa esta afable historia, podría comenzar desde el principio. Este es... cómo decirlo...casi... el final.
Dos días después de haber finalizado mis tareas en la juguetería yo ya era una mujer nueva. Me podía pintar las uñas porque tenía tiempo, estaba un poco más presentable estéticamente, dormía con frecuencia y planeaba mis prontas vacaciones con amigas. Lo único que restaba era ir a buscar el glorioso dinero ganado por mis días hábiles laborales (que fueron más intensos que el azul ultramar).
Llegué a la jueguetería por última vez, acompañada de dos de mis mejores amigas, con las que viajaría tres días después a la costa argentina. Ellas me esperaron en la puerta, yo me saqué los lentes de sol y entré a mi recientemente ex trabajo. Creo que esta fue una de las cosas más extrañas que me han pasado en la vida. La vi a Carla en la puerta, caricúlica y lustrándose las uñas con los dedos. Me sonrió cuando me vió y me dio un beso. Facundo no estaba, quizás también había terminado su labor o quizás con el tema de mi ausencia se había dignado por primera vez a trabajar y estaría en el deposito o haciendo un traspaso. Gabi había tenido a su bebé, por lo tanto no estaba hacía días y Greta...
- Qué hacés Agus? Acá en este sobre te dejé la plata. Llevate tranqui o contalo, como quieras...- Su voz era de sargento, hablaba rápido y no me miraba a los ojos.
-Greta, te quería agradecer por todo. - Dije arrastrando la voz desde el subsuelo hasta planta alta.
-Tranquila negra, te lo ganaste.
-No pero yo no te hablo del sueldo. Te hablo de... De nada, los días acá. Realmente la pasé muy bien.
-No mientas pibita, estás pensando seriamente en no laburar nunca más después de ésto.
Quise asincerarme con ella, sonreí y sentencié.
- La verdad es que me duelen las piernas todavía.
Greta me miró de casualidad, casi como si no quisiera hacerlo y me dijo finalmente...
-Que tengas un buen viaje!
Yo le dí un beso, agradecí y me fui a la puerta. Cuando estaba por salir, su voz metálica de anís y plata me llamó por última vez en mi vida.
-Agus!
Me di vuelta esperando algo qué ni siquiera hoy en día sé qué era.
- Si Gre, decime.
- Si querés venirte para el día del niño a laburar acá, me chiflás.
Asentí con la cabeza y crucé el umbral.
Abracé a mis amigas con el dichoso sobre blanco en mi mano, flameándolo victoriosa y con una sonrisa de oreja a oreja. No sé si desde la ventana de la juguetería me vieron, pero al fin y al cabo, lo tenía merecido. Como dijo mi jefa, me lo había ganado.
Hicimos unos pasos y ya estaba oficialmente desligada de ese local para siempre. Miré para atrás mientras caminaba y no, no había caso, no iba a extrañarlo. Al lugar no, pero a Greta... hubiera querido que sea mi amiga, realmente hubiera disfrutado escuchar un rock con ella en algún bar, o caminar por el parque tomando una gaseosa, o contándole mis cosas cuando me sienta triste. Sí, realmente a Greta la iba a extrañar.
De cualquier forma, me fui.
¡Ya era libre!
Nunca más hice un traspaso de juguetes de una esquina de la ciudad a otra.
Nunca más tuve que mentir a alguien para sentarme en una silla.
Nunca más estuve parada 14 hs consecutivas.
Nunca más memoricé tantos precios en una semana.
Nunca más vendí un juego de mesa.
Nunca más me sequé la transpiración de la frente con un pañuelo de Barbie.
Nunca más vi tantos niños felices en un mismo lugar.
Nunca más escuché la voz de Greta.
Dos días después de haber finalizado mis tareas en la juguetería yo ya era una mujer nueva. Me podía pintar las uñas porque tenía tiempo, estaba un poco más presentable estéticamente, dormía con frecuencia y planeaba mis prontas vacaciones con amigas. Lo único que restaba era ir a buscar el glorioso dinero ganado por mis días hábiles laborales (que fueron más intensos que el azul ultramar).
Llegué a la jueguetería por última vez, acompañada de dos de mis mejores amigas, con las que viajaría tres días después a la costa argentina. Ellas me esperaron en la puerta, yo me saqué los lentes de sol y entré a mi recientemente ex trabajo. Creo que esta fue una de las cosas más extrañas que me han pasado en la vida. La vi a Carla en la puerta, caricúlica y lustrándose las uñas con los dedos. Me sonrió cuando me vió y me dio un beso. Facundo no estaba, quizás también había terminado su labor o quizás con el tema de mi ausencia se había dignado por primera vez a trabajar y estaría en el deposito o haciendo un traspaso. Gabi había tenido a su bebé, por lo tanto no estaba hacía días y Greta...
- Qué hacés Agus? Acá en este sobre te dejé la plata. Llevate tranqui o contalo, como quieras...- Su voz era de sargento, hablaba rápido y no me miraba a los ojos.
-Greta, te quería agradecer por todo. - Dije arrastrando la voz desde el subsuelo hasta planta alta.
-Tranquila negra, te lo ganaste.
-No pero yo no te hablo del sueldo. Te hablo de... De nada, los días acá. Realmente la pasé muy bien.
-No mientas pibita, estás pensando seriamente en no laburar nunca más después de ésto.
Quise asincerarme con ella, sonreí y sentencié.
- La verdad es que me duelen las piernas todavía.
Greta me miró de casualidad, casi como si no quisiera hacerlo y me dijo finalmente...
-Que tengas un buen viaje!
Yo le dí un beso, agradecí y me fui a la puerta. Cuando estaba por salir, su voz metálica de anís y plata me llamó por última vez en mi vida.
-Agus!
Me di vuelta esperando algo qué ni siquiera hoy en día sé qué era.
- Si Gre, decime.
- Si querés venirte para el día del niño a laburar acá, me chiflás.
Asentí con la cabeza y crucé el umbral.
Abracé a mis amigas con el dichoso sobre blanco en mi mano, flameándolo victoriosa y con una sonrisa de oreja a oreja. No sé si desde la ventana de la juguetería me vieron, pero al fin y al cabo, lo tenía merecido. Como dijo mi jefa, me lo había ganado.
Hicimos unos pasos y ya estaba oficialmente desligada de ese local para siempre. Miré para atrás mientras caminaba y no, no había caso, no iba a extrañarlo. Al lugar no, pero a Greta... hubiera querido que sea mi amiga, realmente hubiera disfrutado escuchar un rock con ella en algún bar, o caminar por el parque tomando una gaseosa, o contándole mis cosas cuando me sienta triste. Sí, realmente a Greta la iba a extrañar.
De cualquier forma, me fui.
¡Ya era libre!
Nunca más hice un traspaso de juguetes de una esquina de la ciudad a otra.
Nunca más tuve que mentir a alguien para sentarme en una silla.
Nunca más estuve parada 14 hs consecutivas.
Nunca más memoricé tantos precios en una semana.
Nunca más vendí un juego de mesa.
Nunca más me sequé la transpiración de la frente con un pañuelo de Barbie.
Nunca más vi tantos niños felices en un mismo lugar.
Nunca más escuché la voz de Greta.
martes, 23 de septiembre de 2014
Memorias de Greta XVI
Mi último día de trabajo es el que menos recuerdo de todos. El ser humano, como sabemos, tiene memoria selectiva.
Sé que mi cansancio no ayudaba para nada, que mis piernas no respondían, que mi mal humor ya se había vuelto crónico, que dormir tan pocas horas (porque aparte de trabajar entre 8 y 14 hs pretendía tener una vida social) ya estaban causándome estragos, que mi trato con la gente ya no era efusivo ni forzado, simplemente había "aprendido" a atender como se supone que debería hacerse. La rutina era monótona y automatizada. El cliente entraba, yo le decía siempre lo mismo, algo así como: "Hola, ¿qué tal? En qué podría ayudarlos?" ponía mi mejor sonrisa y con esto daba por hecho, naturalmente, que su trato fuera también amable y cordial. Si no lo era, tampoco me interesaba. Así habían transcurrido los últimos 45 días de mi vida y así se suponía que se vendía. Todo estaba aprendido y era ejecutado cada día de la misma manera: la venta, la limpieza, el almuerzo, el orden de las góndolas, los traslados de juguetes, los puestos en el local, etc.
Lo que sí me acuerdo de ese último día es que miré mucho el celular, mucho más que ningún otro día de trabajo. Quería irme, ¡Quería irme con todas las fuerzas de mi ser! Que sean las 21 y que yo esté en mi casa cenando un plato de fideos enormes y que en mi bolsillo haya dinero y que no tenga que volver a ver un Ken ni un Playmovil nunca más en toda mi vida. Ese era ese día mi mayor deseo.
Sin embargo, por momentos, recuerdo haber mirado a Greta en silencio. ¡Cuántas cosas me había enseñado sin querer enseñarme nada! ¡Cuánto me había abierto su corazón sin haberme querido contar nada! La sensación agridulce se hacía cada vez más intensa. Había compartido con esta mujer más horas que con nadie en los últimos días. Sabía mis vicios y mis fobias, mis malos humores y algunos de mis secretos. Conocía mis mentiras y mis manias, las cosas que me molestaban y las cosas que me hacían reír. Yo de ella, quizás sabía menos, quizás sabía más, pero creo que había aprendido lo suficiente.
Ese último día a la hora de cierre mi papá me fue a buscar a la puerta. Le dije a Greta: "Mi papá viene a buscarme a las 21." Creo que él estaba tan contento como yo porque llegó media hora antes. Greta se dio cuenta porque yo miraba por la ventana a cada rato y saludaba cual princesa siendo rescatada del pantano. Entonces ella me dijo las palabras mágicas: "Pibita, rajá si querés. Venite a buscar el sueldo entero en dos días, dejame que saque bien la cuenta y te lo separo, puede ser?". La miré confundida. No me interesaba el sueldo, de hecho era en lo que menos estaba pensando en ese preciso momento. Me sorprendió que me saludé así sin más. Besé a Facundo en la mejilla, friamente, como siempre. Gabi ya no estaba. A Carla le di un beso y un abrazo, intentando por todos mis medios no rozar el arma que llevaba colgando. En Greta me detuve y la abracé silenciosamente...
"Pibita, no me gustan las despedidas, rajá"...
Ese fue mi último día de mi primer trabajo.
Sé que mi cansancio no ayudaba para nada, que mis piernas no respondían, que mi mal humor ya se había vuelto crónico, que dormir tan pocas horas (porque aparte de trabajar entre 8 y 14 hs pretendía tener una vida social) ya estaban causándome estragos, que mi trato con la gente ya no era efusivo ni forzado, simplemente había "aprendido" a atender como se supone que debería hacerse. La rutina era monótona y automatizada. El cliente entraba, yo le decía siempre lo mismo, algo así como: "Hola, ¿qué tal? En qué podría ayudarlos?" ponía mi mejor sonrisa y con esto daba por hecho, naturalmente, que su trato fuera también amable y cordial. Si no lo era, tampoco me interesaba. Así habían transcurrido los últimos 45 días de mi vida y así se suponía que se vendía. Todo estaba aprendido y era ejecutado cada día de la misma manera: la venta, la limpieza, el almuerzo, el orden de las góndolas, los traslados de juguetes, los puestos en el local, etc.
Lo que sí me acuerdo de ese último día es que miré mucho el celular, mucho más que ningún otro día de trabajo. Quería irme, ¡Quería irme con todas las fuerzas de mi ser! Que sean las 21 y que yo esté en mi casa cenando un plato de fideos enormes y que en mi bolsillo haya dinero y que no tenga que volver a ver un Ken ni un Playmovil nunca más en toda mi vida. Ese era ese día mi mayor deseo.
Sin embargo, por momentos, recuerdo haber mirado a Greta en silencio. ¡Cuántas cosas me había enseñado sin querer enseñarme nada! ¡Cuánto me había abierto su corazón sin haberme querido contar nada! La sensación agridulce se hacía cada vez más intensa. Había compartido con esta mujer más horas que con nadie en los últimos días. Sabía mis vicios y mis fobias, mis malos humores y algunos de mis secretos. Conocía mis mentiras y mis manias, las cosas que me molestaban y las cosas que me hacían reír. Yo de ella, quizás sabía menos, quizás sabía más, pero creo que había aprendido lo suficiente.
Ese último día a la hora de cierre mi papá me fue a buscar a la puerta. Le dije a Greta: "Mi papá viene a buscarme a las 21." Creo que él estaba tan contento como yo porque llegó media hora antes. Greta se dio cuenta porque yo miraba por la ventana a cada rato y saludaba cual princesa siendo rescatada del pantano. Entonces ella me dijo las palabras mágicas: "Pibita, rajá si querés. Venite a buscar el sueldo entero en dos días, dejame que saque bien la cuenta y te lo separo, puede ser?". La miré confundida. No me interesaba el sueldo, de hecho era en lo que menos estaba pensando en ese preciso momento. Me sorprendió que me saludé así sin más. Besé a Facundo en la mejilla, friamente, como siempre. Gabi ya no estaba. A Carla le di un beso y un abrazo, intentando por todos mis medios no rozar el arma que llevaba colgando. En Greta me detuve y la abracé silenciosamente...
"Pibita, no me gustan las despedidas, rajá"...
Ese fue mi último día de mi primer trabajo.
Memorias de Greta XV
Los Reyes Magos no son tan famosos como Papa Noel. O será que Papa Noel viene tan generoso que ya no quedan residuos económicos para poder enfrentarse a estos tres, o no sé qué será, pero los últimos cuatro días me aburrí muchísimo.
Trabajábamos entre 8 y 9 horas, contando las limpiezas mañaneras y nocturnas que (gracias a Dios), ya a lo último hacía con ayuda de Facundo. Nuestros diálogos seguían siendo de lo peor. Yo decía: "Vos que sos más alto podés pasar el felpudo este en el vidrio de afuera", él me miraba medio dormido y me decía que sí. Salía afuera. Lo hacía. Yo aprovechaba a mirar cómo se le caían los pantalones y se le asomaba el boxer de calaveras. Greta obvio, me agarraba siempre haciendo eso, me guiñaba un ojo y silbaba yendo hacia el mostrador.
Greta entendía todo, parecía que no se le escapaba detalle. Con un ojo me miraba a mí y a Facundo, con otro atendía y al mismo tiempo embolsaba, cuidaba la panza de Gabi, daba una barrida en el deposito y cambiaba de lugar los peluches, TODO lo hacía al mismo tiempo, sin cansancio y encima silbando.
En estos últimos días de trabajo yo lo único que quería era estar en la playa y que Menchor, Baltasar y Gaspar se extingan lo antes posible. En estos últimos cuatro días estuve más cansada que nunca y para colmo nostálgica.
Hay sensaciones que de tan agridulces pasan a amargas. Una de ellas es la sensación de despedida.
Cuando digo despedida ni hace falta aclarar que cualquiera sea el caso o la situación, ocurre más o menos de la misma manera. Uno se va. O se van varios, o nos vamos todos, o intentamos no irnos pero nos alejamos igual. En este caso yo estaba despidiéndome de mi primer trabajo.
Trabajábamos entre 8 y 9 horas, contando las limpiezas mañaneras y nocturnas que (gracias a Dios), ya a lo último hacía con ayuda de Facundo. Nuestros diálogos seguían siendo de lo peor. Yo decía: "Vos que sos más alto podés pasar el felpudo este en el vidrio de afuera", él me miraba medio dormido y me decía que sí. Salía afuera. Lo hacía. Yo aprovechaba a mirar cómo se le caían los pantalones y se le asomaba el boxer de calaveras. Greta obvio, me agarraba siempre haciendo eso, me guiñaba un ojo y silbaba yendo hacia el mostrador.
Greta entendía todo, parecía que no se le escapaba detalle. Con un ojo me miraba a mí y a Facundo, con otro atendía y al mismo tiempo embolsaba, cuidaba la panza de Gabi, daba una barrida en el deposito y cambiaba de lugar los peluches, TODO lo hacía al mismo tiempo, sin cansancio y encima silbando.
En estos últimos días de trabajo yo lo único que quería era estar en la playa y que Menchor, Baltasar y Gaspar se extingan lo antes posible. En estos últimos cuatro días estuve más cansada que nunca y para colmo nostálgica.
Hay sensaciones que de tan agridulces pasan a amargas. Una de ellas es la sensación de despedida.
Cuando digo despedida ni hace falta aclarar que cualquiera sea el caso o la situación, ocurre más o menos de la misma manera. Uno se va. O se van varios, o nos vamos todos, o intentamos no irnos pero nos alejamos igual. En este caso yo estaba despidiéndome de mi primer trabajo.
lunes, 22 de septiembre de 2014
Memorias de Greta XIV
En las últimas semanas de trabajo recuerdo una presencia que se nos sumó
diariamente a la rutina. Su nombre era Carla. Sus botas eran negras, su traje
era azul, su postura era erguida, sus cejos siempre fruncidos, su cinto era
ancho y exagerado, su pelo alzado bien alto, sus manos siempre estaban dando
ordenes y… El peor de los detalles… Cargaba un arma rozando el hueso de su
cadera.
El primer día que entró Carla nos hicieron creer que nos iba a “cuidar”,
que estaba ahí para “hacernos el aguante durante los días duros”. La verdad que
no sé muy bien cual era su rol porque se la pasaba hablando de cosas tontas
todo el día. Nunca nos cuidó ni tampoco había motivos para que nos estén
cuidando.
El tema con Carla fue muy extraño para mí. Ella me quería y me hacía
chistes, me buscaba para hacer comentarios, me tiraba indirectas cómplices, me
ayudaba a ordenar algunos juguetes, me miraba con aceptación cuando yo hacía
alguna tarea, me hacía preguntas de mi vida y me estimaba bastante. Yo no la
podía ni ver.
Claramente, Carla era policía. Tenía una hija de la cual el padre jamás
se había hecho cargo. Vivía en algún barrio humilde de la ciudad y tenía mucha,
pero mucha bronca.
Greta y Carla fingían llevarse bien, pero yo no lo veía así. Nunca dije
nada pero en sus miradas había cargas energéticas extrañas… Lo comprobé el día
que Greta me dijo:
-Tené cuidado con las cosas que le contás a esta mina, no es confiable.
- ¿Nos cuida alguien que no es confiable?
- Qué se yo, capaz labura bien, pero habla mucho al pedo. Yo mucho no me
la trago, aparte la conozco hace varios años.
- Ah! Pensé que la había mandado el dueño.
- Si, la mandaron. Justo acá, ¿Podés creer? Yo la conocía del barrio.
- Quedate tranquila, no le conté muchas cosas.
- No, qué se yo, por ahí te veo que sos pibita y no te das cuenta y
contás cosas que la mina después lleva y trae…
(Greta no paraba de argumentar su sentencia: “No confíes en Carla”.
Nunca supe exactamente que pasaba ni cómo había sido su relación en el barrio,
pero me di cuenta desde el primer momento que entre ellas las aguas no estaban
calmas).
-Despreocúpate Gre, nunca confiaría en alguien que lleva un arma. –
Finalicé.
Como era de esperar, mi jefa se rió unos largos segundos y después me
guiñó un ojo.
Mi primer trabajo estaba llegando a su fin.
Memorias de Greta XIII
En la juguetería había un oso que era muy especial.
Se llamaba John (así lo habíamos bautizado con Facundo en honor a Elton
John). el peluche era blanco con pelo largo y tenía lentes de sol de plástico.
Simulaba ser un oso polar o algo por el estilo.
La particularidad de John era que al apretarle la panza cantaba entero
el tema “Only you”. El día que con Facundo descubrimos esa destreza del oso,
nos reímos a carcajadas durante media mañana. Estábamos acomodando la góndola
de muñecos para bebés.
-
¿Qué es esa música?
-
¿Tu celu?
-
No, lo tengo en silencio. Viene de afuera.
Nos mirábamos sin entender
de dónde venía esa canción tan conocida.
-
A ver pará, pará. Mové ese Pony. Correlo para el
costado. Viene de ahí atrás.
Corrí el Pony y
efectivamente la música se hizo más fuerte y más clara.
-¡Es la canción Only You!
Me encanta ese tema! – Gritó mi compañero.
- No puedo creer ésto,
sale de ese oso. – Dije yo señalando a John.
- Pero… ¿cómo se activó?
- Le suena la panza, mirá.
– Concluí yo mientras apretaba fuerte la barriga peluda del oso polar.
Entre risas y comentarios,
escuchamos la canción entera y pusimos a John en el mostrador porque aparte de
cantar, bailaba moviendo las patitas.
Ese fue un día muy feliz.
Descubrimos el talento de John y también aprendí que Facundo era en el fondo un
sentimental.
Memorias de Greta XII
Con Facundo no éramos amigos, nos teníamos una especie de respeto
mezclado con inhibición. Hablábamos lo justo y necesario y nos pedíamos ayuda
para algún que otro encargo, siempre con vergüenza y timidez.
Nunca supe certeramente qué pasaba por su cabeza. El estaba siempre como
haciendo otras cosas que nada tenían que ver conmigo. Si yo estaba en una
punta, él estaba en la otra. Si yo estaba en la puerta, el entraba. Si yo
estaba en el mostrador, el salía a hacer un traspaso. Era como que nos habíamos
puesto de acuerdo telepáticamente en no cruzarnos demasiado, y eso era difícil
teniendo en cuenta que compartíamos jornadas de catorce horas diarias.
Facundo era casi pelado. Tenía entre 22 y 25 años. Usaba siempre remeras
negras y pantalones gigantes. Tenía unas pulseras tejidas en macramé y de su
cuello colgaba un cordón negro con dijes de bandas metaleras.
Durante casi un mes nuestra relación fue escasa o nula.
Había una sola actividad que a mí y a Facundo nos encantaba hacer
juntos: armar las vidrieras.
Yo sacaba todos los juguetes que estaban exhibidos, los sacudía un poco,
les sacaba el polvo y los volvía a guardar en sus respectivas cajas. Barría la
plataforma de la vidriera, pasaba un trapo en los vidrios y estiraba bien el
nailon que estaba en el piso de la vidriera.
Facundo venía con un montón de juguetes colgados de los brazos y me
decía que quería poner todos esos pero armar algo “copado”.
El entusiasmo que había en su cara cuando había que armar las vidrieras
lo volvían niño de repente.
Nos gustaba armar situaciones entre los juguetes, como chistes internos
o alguna maldad inocente. Poníamos algunos peluches simulando estar tocando en
una banda de rock y los llenábamos de instrumentos por todos lados. Al oso le
poníamos el micrófono, a la pepona le colgábamos una guitarra y al dinosaurio
lo sentábamos como si tocara la batería.
También nos gustaba recrear besos en la boca entre los juguetes.
Poníamos una especie de hamaca de plástico y en cada extremo un peluche tamaño
gigante dándole un beso al otro.
Con este tipo de juegos podíamos estar toda una tarde, nos divertíamos,
nos reíamos y después volvíamos a acomodar. A Greta le encantaba participar.
-
Dejá esto ahí pero sacá un poco de instrumentos que
sino contaminamos la vista de la gente. – Ordenaba Greta desde la escalera.
-
¿Podemos poner al oso como si estuviera sentado en el
salón de belleza? – Suplicaba Facundo como si tuviera cinco años.
-
Hagan lo que quieran pero no metan pornografía. –
Sentenciaba finalmente mi jefa con una sonrisa.
No sé exactamente cuándo fue sucediendo ni cómo pero para las últimas
semanas de mi primera experiencia laboral, ya sabía bastantes cosas de Facundo.
Cosas básicas, nada de otro mundo y algunas supe mientras se las contaba a
otras personas.
Me enteré que Facundo trabajaba para comprarse una “viola”, que tocaba
en una banda y que tenía ganas de empezar a estudiar música. Tenía hermanos
varones y siempre se le caían los pantalones casi hasta las rodillas. Le conocí
alrededor de quince calzoncillos en lo que duró la temporada. Parecía que en el
mundo de Facundo, los cintos no existían. Igual le quedaba bien.
La bronca que me daba su actitud al principio, fue desapareciendo, ahora
me caía bien. Me sentía “a gusto”. (Justo cuando ya me tenía que ir).
Memorias de Greta XI
El 25 de diciembre no trabajamos.
Del 26 al 30 de ese mes, hicimos ocho horas diarias ya que la Navidad se había esfumado milagrosamente
y como por arte de magia, de una tarde a otra. (Ocho horas a esa altura del
partido parecían un gran alivio). El 31 de diciembre no abrió la juguetería
tampoco, y a partir del 1 hasta el 8 de enero estuvimos empaquetando regalos de
Reyes Magos. La gente ya no era tanta ni tan insoportable y los regalos que
llevaban eran pocos y baratos.
No era un gran problema estar ahí durante esas últimas semanas. Lo clave
ya se había aprendido. Ahora me quedaba llegar a la recta final sin que se me
quiebren las dos piernas del cansancio.
Greta estaba como siempre de buen humor pero había un dejo de soledad en
la mirada.
“El fin de la temporada probablemente la ponga algo nostálgica” pensé.
-
Lo peor ya pasó. – Me dijo mientras yo acomodaba los
disfraces.
-
Si. Ahora tienen que reponer toda esta mercadería que
vendimos ¿O no?
-
Si, de eso se encarga el dueño. Nosotros nos
encargamos de vender.
-
¡Y bastante que vendimos! – Le suspiré a Greta
mientras ambas mirábamos el local semi vacío en comparación a días anteriores.
Yo seguí acomodando. Greta me miraba y se armaba la colita.
-
¡Pareciera a propósito! – Insistió.
-
¿Qué cosa?
-
Cuando uno por fin se siente a gusto en un lugar ya
tiene que irse.
Yo sonreí.
-¿Lo decís por mí?
- No sé, digo, en general. Cuando empezás a llevarte bien con la gente
en un lugar, te sentís “piola” y todo eso, parece que ya se te terminó el
tiempo y te la tenés que picar.
Greta era muy orgullosa. No iba a admitir que estaba diciendo que se
sentía a gusto conmigo y que yo ya tenía que irme.
-Peor es cuando no te sentís a gusto y te tenés que quedar igual.- Le
dije riendo.
Greta largó una risotada y me guiñó un ojo.
-Eso es verdad pibita.
Memorias de Greta X
Ese 24 de diciembre fue el
día más cansador de mi vida.
Abrimos a las 8 menos
cuarto de la mañana y no hubo un segundo en el que no hubiera gente amontonada
entre las góndolas y otras tantas en el mostrador. Toda gente demandante que
quería que le expliques todo y encima rápido. Que le cobres, que le saques el
precio, que le des vuelta la manga a Batman y que le pongas un moño verde
porque moño azul ya le había puesto a otro regalo y sino no los iban a poder
diferenciar.
La gente cuando está en
posición de cliente, a veces se cree superior. Te da ordenes y te grita. Te
pide muchas cosas que humanamente uno no puede hacer en menos de dos minutos,
pero lo quieren ya. Yo probablemente también haya sido así gran parte de mi
vida. Uno nunca entiende ciertas cosas hasta que no está del otro lado. Eso
también lo aprendí.
Greta tenía una sonrisa en
la cara. Estaba enérgica y parecía que llegaba a hacer todo. A mi no me daban
las manos. Gabriela ya no estaba yendo porque estaba por nacer su bebé y
Facundo hacía lo justo y necesario.
Ese día no vino Nicolás,
que a esas alturas ya era mi amigo. Vino su abuela sola y se llevó alrededor de
diez juguetes, de unos $100 cada uno. Lo que sumado a lo que ya venía gastando
a diario, en los días que yo trabajé ahí, harían un total de $5000 que era casi
el doble de un sueldo básico para esa época. Ella lo gastaba en juguetes para
su nieto.
Ese día Alicia, la abuela
de Nicolás, estaba muy triste. Compraba los juguetes casi sin pensarlo, “dame
éste, y éste, y meté este también”. Iba dejando todo en el mostrador y nos
miraba como queriendo explicar todo lo que estaba gastando. Nadie le dijo nada.
-
Este le va a encantar a Nico. – Comentaba yo.
-
Si, todo le gusta a él. – Decía Alicia casi
arrastrando la voz.
-
Que tengas una feliz Navidad, mandale un beso grande
al terremoto. – Le dije mientras cargaba su bolsa llena de regalos hasta la
puerta.
-
No creo tener una feliz Navidad, ¡Pero si llena de
regalos!
Yo sonreí.
Esa fue la primera y última vez que Alicia me saludó con un beso y no
con la mano.
-
¡Que tengas feliz Navidad vos también!
Ese día salí a las 7 de la tarde. A esa hora cerramos el local pese a
que seguía entrando gente. Habitualmente nos íbamos a las 11 de la noche.
Cuando me estaba yendo Greta me llamó.
-Agus, ¿Te querés llevar un adelanto de los días trabajados hasta hoy?
- No hace falta, me saco todo junto el último día.
- Bueno como vos quieras. Si querés pedime.
- Si, gracias. ¡Feliz Navidad!
- Para vos también pibita.
Memorias de Greta IX
-¿Para qué trabajás?
- Me quiero ir de
vacaciones y mis viejos me dijeron que me gane la plata para irme.
- Igual tus viejos si
quieren te la pueden dar a la plata, ¿No?
- No sé, supongo que sí.
- Qué afortunada que eres.
Trabajás porque querés digamos.
No me gustó el comentario
de Greta de ese día, o no comprendí que me estaba queriendo decir.
-
Si, trabajo porque quiero irme de vacaciones.
-
Bueno, aprovechá, 15 días y ya no tenés que venir más.
-
Claro.
-
Después vas a extrañar todo lo que te rompí las bolas,
vas a ver.
-
No creo. Voy a estar en la playa.
La conversación era amistosa, pero aún así no me cerraba lo que me
decía. Era una mezcla de envidia y de autoridad que nunca había visto en Greta.
Ese día me cayó mal todo lo que me decía. Cuando me pedía que barra, me daba
bronca. Antes lo hacía con gusto.
Greta era orgullosa y parecía dura e insensible. Sin embargo, tenía un
costado tan frágil que a veces me daba miedo que se rompiera. Yo sabía que en
toda esa rudeza, me estaba queriendo decir algo, que no le salía.
-
Agus, ¿Podés cubrirme? Me voy a hablar con el dueño a
la otra sucursal.
-
Si. Te cubro.
-
Si viene el de los juegos de mesa decile que acomode
todo por acá, yo después lo subo.
-
Bueno, dale.
Se fue. Me dio bronca que
se fuera. Yo quería que me explique por qué me había tratado así, y por qué me
había dado a entender que trabajo de caprichosa para pagarme un viajecito con
mis amigas. Me negaba a pensar que lo que Greta me decía había sido en serio,
tenía que haber un trasfondo, tenía que tener una explicación. ¿Yo no era una
ídola?
Ese día fue todo cortante.
Al otro día era Navidad.
Memorias de Greta VIII
A mí siempre me tocaba ir
a almorzar al mismo horario que Gabriela mientras Greta y Facundo se quedaban
en el local. Después a la inversa.
La verdad es que al
principio me encantaba ir a almorzar con Gabi, era cálida, tierna y me
escuchaba todo lo que yo le decía. Ella era de pocas palabras. Greta me
intimidaba y Facundo ni hablar. (Valga la redundancia de que no me hablaba).
Pero después pasaron los
días y cada vez tenía menos temas para hablar con Gabi, y a decir verdad, Greta
ya no me intimidaba y tenía muchas ganas de aprender de ella, de sacarle el
jugo en todo momento del día, porque era para mí una especie de gurú en varios
aspectos.
Greta con una frase podía
hacerme entender cómo había que sobrevivir en una sociedad injusta, machista,
capitalista y consumista. Todos conceptos que yo no manejaba porque acababa de
salir del colegio y apenas entendía lo que era el capitalismo. (Claro está que
trabajando ahí aprendí bastante del consumo sin que Greta me lo explique).
Sin embargo, nunca me tocó
ir a almorzar con ella. Me daba la plata y yo me iba con Gabi a comer enfrente.
Luego yo volvía y hacíamos el relevo.
-Y ¿Qué te pediste?
- Menú ejecutivo que sale
$10. Me guardo $6 para los puchos.
- Sos viva pibita, siempre
lo digo.
Greta me decía eso y se
iba a comer.
Mi estado anímico por esas
fechas no era el mejor. Estaba harta de trabajar, no estaba acostumbrada a
tantas horas parada, sin comer, sin beber, sin mirar el celular. No veía mucho
a mis amigas porque siempre tenía sueño cuando salía de ahí. Los sábados y
domingos trabajaba igual. No tuve franco en el mes y medio que trabajé allí y
tampoco me insinuaron que existía esa posibilidad. No quería trabajar más. La
gente me irritaba, me sentía enferma, pasaba mucho calor y extrañaba mis
veranos de estar tomando sol al lado de una pileta sin hacer nada.
En la segunda quincena de
diciembre para colmo, habían implementado un nuevo modus operandun. Como había
varias sucursales de esa misma juguetería diseminadas por el centro de la
ciudad, había veces que teníamos que caminar desde nuestro local a los otros
para buscar algún juguete que no teníamos en stock y los otros locales sí. O al
revés. El sistema era simple pero cansador. Nos poníamos de acuerdo un empleado
de cada sucursal, salíamos al mismo tiempo y nos encontrábamos en un punto
medio, juguete en mano, para hacer el traspaso del preciado oso mimoso o lo que
fuera.
No recuerdo haber tenido
tanto calor como en esas caminatas céntricas a hora pico cargando juguetes
pesadísimos. Eran quince cuadras no más, pero sumadas al clima y a mi cansancio y dolores corporales eran
insoportables. Había como cuatro sucursales diferentes además de la nuestra, y
por día hacíamos alrededor de diez intercambios de juguetes en la vía pública.
Facundo siempre se hacía el desentendido y tenía que ir yo. A mi no me
molestaba tanto porque en el camino podía distenderme un poco pero me cansaba
mucho y llegaba toda traspirada. A veces llegaba contenta y triunfante a mi
local luego de haber hecho el traspaso y me decían…
-Agus, volvé volvé, que
ahora quiere que le lleves la piletita azul de lona porque en el de San Lorenzo
no quedan.
Y yo tenía que volver al
encuentro de otro empleado que venía de la sucursal de San Lorenzo y que para
colmo siempre salían después que yo haciéndome caminar a mi diez cuadras
mientras él caminaba cinco. En algunos casos ni se movían del local y yo solita
llegaba de sucursal a sucursal.
Greta siempre tenía buen
humor. Ella trabajaba ahí todos los meses del año, todos los días y aún más
tiempo que yo porque siempre llegaba primera y se iba última. Nunca se sentaba,
nunca tenía demasiada hambre, ni demasiado calor, nunca tenía sueño ni le
dolían las piernas.
Un día le dije…
-
Greta, no doy más.
-
¿Qué me querés decir con eso?
-
Que estoy cansada. No quiero hacer más los traspasos
de juguetes, o necesito sentarme un rato en algún momento del día, estoy
muerta, me duele todo.
-
¡Ay pibita! ¡Cuánto te falta!
-
Ya sé, te juro que ya sé que me falta, que soy inútil
y mimada pero te juro que no doy más. Me odio por no poder seguir el ritmo pero
esto es mucho para mí. – De verdad me estaba odiando por tener que hacer ese
planteo, pero sentía ganas de llorar y de irme corriendo cada vez que entraba
al local, y aún me quedaba todo el día por delante.
-
¿Te acordás cuando limpiaste la primera vez?
-
Si.
-
¿Sabías limpiar?
-
No.
-
¿Y ahora?
-
Un poco sé.
-
Bueno… Eso es cancha. De acá a una semana las piernas
no te duelen más y vas a dejar de decirme que tenés infección urinaria para ir
a sentarte al inodoro.
-
¿Cómo sabés que hago eso?
-
Porque nunca tirás la cadena.
Ese día me avergoncé.
Greta no se enojó, me dijo todo con una sonrisa y demostrándome una vez
más, cuánto yo tenía que aprender.
A la hora de irnos, terminé de limpiar. Fui a buscar mi cartera debajo
del mostrador y saludé a Greta para irme.
-
Mañana no vengas. – Me dijo.
-
¿Cómo? – Le dije casi saliendo por la puerta trasera
que alguna vez pensé que pertenecía a otro local.
-
Que no vengas, que te quedes descansando en tu casa.
Vemos como nos arreglamos.
Greta estaba haciendo la caja, concentrada en los billetes y ni me
miraba cuando me hablaba. Me sentí avergonzada otra vez.
-
Pero… Mañana es 22, va a venir un montón de gente.
-
¿Y? Yo me la banco. – Me dijo desafiante, con su voz
tan segura y envidiable.
-
Yo también. – Le dije y salí.
Al otro día fui a trabajar igual. Seguía cansada pero estaba arrepentida
de lo que le había dicho a mi jefa el día anterior y no quería estar aún más
avergonzada de lo que ya estaba.
-
Sabía que ibas a venir.
-
Para que veas que me la banco.
-
¿Vos me creías que yo te daba franco justo el 22 de
diciembre?
-
Si te creí. ¿Era mentira? Me lo dijiste seria…
-
Ah viste, soy buena actriz.
-
Pero ¿estás loca? Cualquier otra persona directamente ni
viene, cómo vas a inventarte un franco? – Yo no entendía nada.
-
Si no hubieras venido no pasaba nada, yo me arreglaba…
Pero, se me caía una ídola.
Ese día fue la primera vez
que abracé a mi jefa.
Ella también era una
ídola. Pero claro, no daba decirselo.
Memorias de Greta VII
Llegada la Navidad llegué a trabajar
ya no recuerdo cuántas horas diarias, parada y sin comer durante varios
períodos de tiempo. Yo quería aguantarmela como Greta, pero me era imposible.
Habían pasado 15 días y mis huesos me dolían todos por igual. Desde los pies
hasta las cervicales, desde las costillas hasta el metatarso.
Un día se me ocurrió una
idea genial.
Le dije a Greta que tenía
infección urinaria y que tenía que subir al baño cada media hora seguro porque
sentía que me hacía pis todo el tiempo. Ella se rió a carcajadas y me dijo que
no había problema mientras no me “mee encima”. Con esa excusa, subía cada 30
minutos al baño, y me sentaba en el inodoro entre tres y cuatro minutos
solamente para descansar las piernas. Al principio me daba un poco de culpa lo
que tuve que inventar, pero era tan placentera la sensación de sentarme después
de tanto tiempo parada que no me importaba mentir. Bajaba y seguía cansada pero
al menos era como un placebo para mis músculos.
Gabriela seguía en la
silla como cada día desde que empecé a trabajar ahí.
Por esos días empezó un
nuevo empleado que se llamaba Facundo y mucho no me hablaba. Hablaba con todo
el mundo muy amigablemente, menos conmigo. A mí me decía hola y chau y en
algunos casos me ayudaba si tenía que levantar algún juguete muy pesado. Lo más
raro era que trabajabamos juntos todo el día, de mañana a noche y teníamos casi
la misma edad. Bueno, el me llevaba unos cuatro años pero no aparentaba.
Facundo aprendió todo más
rápido que yo. Era vivo, era fuerte, era divertido y tenía todo re claro porque
ya era su segunda temporada en jugueterías. Además, claro, era hombre.
-
¿No te gusta Facundo? Me dijo Greta una mañana.
-
No puede gustarme alguien que no me habla. - Le dije
riéndome.
-
Ese comentario filoso, es de despechada pibita,
sabelo.
-
Bueno, si, es lindo, pero le habla a todos menos a mí.
-
¿Para qué querés que te hable? A veces hablar lo
arruina todo.
-
Bueno pero solamente sé su nombre y que toca en una
banda. Nunca me dijo qué banda, ni qué instrumento toca, ni dónde vive, ni qué
quiere…
-
Agustina, ¿de verdad te importa todo eso de un hombre?
-
No, pero…
-
Yo si tuviera unos años menos, me lo agarro en el
depósito. No sé qué mierda esperás.
Ese día nos reímos las dos
a carcajadas y nos palmeamos la espalda como si fuéramos amigas de toda la
vida. Como si no hubiera diferencias de edad. Como si ella no me llevara quince
años y como si no fuera mi jefa.
Esa noche cuando llegué a
mi casa y me fui a acostar, soñé con Facundo. Lo besaba en el depósito.
Memorias de Greta VI
A Greta le encantaba el rock. Su adolescencia fue de recitales, drogas y
alcohol. (Dicho en sus propios términos, eh!). Fue madre a los 18 años y el
padre de su hijo nunca apareció. A esas alturas su hijo mayor ya tenía 15 años
y ella apenas 33.
-
Si hay algo que me da bronca es que a las nenas
siempre le compren jueguitos para cocinar, para lavar, tablas de planchar,
escobitas y salones de belleza repletos de accesorios para que sean más lindas.
– Me dijo Greta una tarde.
-
Tenés toda la razón.
-
A los nenes les compran armas, pistolas de agua, otras
lanza balines y algunas espadas guerreras. ¿No te parece terrible?
-
Tenés toda la razón de nuevo. – Le dije con toda mi
admiración.
-
Me gustaría que los nenes de chiquitos ya sepan que el
mundo puede funcionar de otra manera. Los varones pueden aprender a planchar y
a cocinar, y las nenas no hace falta que estén horas en el salón de belleza y
se compren esos tacos de plástico que les arruinan todos los piecitos para
verse más bonitas.
-
Cuando yo era chica, me gustaba jugar con muñecos de
varón. – Le dije a modo de confesión.
Greta se rió y me dijo…
-
Yo a tu edad estaba pariendo. Estaba muy asustada y
estaba muy sola. Tenés suerte de ser una piba inteligente y de tener a tus
viejos con vos.
-
Vos también sos una mina inteligente y más valiente de
lo que yo hubiera sido en tus circunstancias.- Le dije nuevamente con una
honestidad desconocida.
A mi jefa heavy metal
llena de tachas y borcegos, se le llenaron los ojos de lágrimas y rápidamente
subió al baño. Nunca más tocamos el tema. Pero ese día entendí que Greta sabía
mucho de la vida, porque tuvo que aprenderlo todo de golpe.
Memorias de Greta V
Los días siguieron
pasando, el calor era insoportable y mis piernas no daban más. Pero todavía quedaban
varios días de limpiar vidrios, atender niños con llantos y mocos, y empaquetar
cajas y más cajas.
De doce horas, pasé a
trabajar catorce en la segunda quincena del mes de diciembre. Papá Noel debe
haber sido muy generoso ese año porque he llegado a vender más de cien juguetes
en una hora.
Incluso había un nene que
venía todos los días a la misma hora con la abuela y siempre se llevaba algo.
La excusa de la abuela era que vivían enfrente y que Nicolás se aburría si no
tenía un juguete nuevo todos los días. Greta conocía los gustos del pequeño. El
entraba corriendo con el uniforme del colegio y se tiraba encima de la góndola
de Ben Diez. Greta a veces le tenía preparado un juguete que milagrosamente a
Nicolás siempre le gustaba.
La abuela llegaba llena de
bolsas del super y saludaba a Greta con un beso, a mí me saludaba con la mano y
me sonreía, Nicolás estaba muy ocupado probándose relojes lanza tazos como para
saludarnos.
-
Mirá Nico, este es el nuevo auto de Hot Wheels y viene
con la pista versión fuego. ¿Te gusta? – Decía Greta mientras miraba los ojos
alocados del niño.
-
Sii, sii! Me gusta ese auto y esa pista. Y también
esta pistola.
-
Bueno, hoy te podés llevar el auto, mañana si la
abuela tiene plata te compra la pistola.
-
No, yo quiero todo ahora. – Decía el pequeño.
-
No te hagas problema, llevate ahora el autito y yo te
guardo para mañana la pista y la pistola.
Nicolás no era caprichoso y le hacía caso a Greta. La abuela debe haber
estado profundamente agradecida de la cantidad de veces que mi jefa evitó que
el nene se llevara todo el local en una tarde. Sin embargo, al otro día venían
en busca de la pistola y la pista de autos.
En unas semanas yo aprendí también los gustos de Nicolás. Llegaba y
venía corriendo a donde estaba yo a preguntarme si había llegado el nuevo mazo
de cartas de Spiderman y yo se lo mostraba y el gritaba ¡ESTE QUIERO HOY
ABUELA!
Al principio me daba gracia la astucia de Nicolás y el sí fácil de la
abuela. Después empecé a pensar seriamente cuántos niños había de la edad de
Nico que nunca podrían tener el último juguete ni la mejor pista de aterrizaje
de aviones y me molestaba bastante esa idea. Me daba un poco de bronca pensar en
esas otras realidades tan próximas y lejanas al mismo tiempo.
Un día Nico estaba ocupado viendo un juego de ingenio de unos monos que
se colgaban de una palmera al ritmo de una música y un temblor, cuando la
abuela me sorprendió de atrás.
-
Nicolás tiene tantos juguetes que no sabemos más donde
ponerlos.
-
Y si, me imagino. – Dije yo con esa mezcla de sorpresa
y envidia que me generaba que el pequeño tenga tantos lujos a tan corta edad.
-
Pasa que el no tiene padres, vive conmigo y yo no sé
qué hacer para que el no note tanto esas ausencias.
Tragué saliva y vi en los ojos de la abuela una especie de explicación a
tantos pesos invertidos en la diversión de su nieto. No dije nada y me acerqué
a Nicolás para mostrarle como funcionaba la trampita para que los monos queden
todos colgados de la palmera antes que se termine el tiempo de juego.
Ese día también aprendí. No tanto de ventas y de limpiar vidrios, pero
si aprendí a no prejuzgar tanto las acciones de los abuelos que gastan miles de
pesos en una espada lanza llamas.
Greta no me lo enseñó. Pero estaba contenta de que yo me haya aprendido
esa lección.
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