domingo, 5 de octubre de 2014

De piedras y otros demonios II

Con el paso del tiempo cambian muchas cosas de uno, menos la esencia. ¡Ah la inquebrantable esencia!
Siempre las piedras me han sido enigmáticas. Me resultan, incluso, un curioso elemento natural que no sirve para nada y justamente ahí, en la simpleza de este fenómeno, creo yo, reside su magia.
Las piedras son extractos de algo mucho más grande, que se ha roto, se ha desprendido y que jamás sabremos cuánto hace o por qué se han alejado de la masa que las contenía.
A algunas piedras las trae el mar, a otras la energía del viento. Hay piedras que se desprenden de acantilados, montañas, volcanes y precipicios. Hay otras que nadie sabe quién las ha puesto allí, pero ahí están. No deja de ser curioso.
Cuando era una niña pensaba seriamente en el uso de las piedras mientras las limpiaba con afán en la casa de mi tía abuela. Ninguno. Esa era la única respuesta que encontraba. No me interesaba.
De grande quizás comprendí que se usan para hacer construcciones, algunas herramientas también han nacido primeramente de alguna de estas deliciosas criaturas. Obras de arte, tallados, grabados y demás. Ahora las observamos con frecuencia en pulseras, collares, anillos y llaveros.
Las piedras me entusiasmaban y me intrigaban como nada en el mundo.

Hace algunos meses, (algunos largos meses que no sé si llegan a devenir en año) yo estaba caminando distraída por una feria artesanal junto al río de mi ciudad. Miraba agendas en un puesto, títeres en el otro, en el siguiente había mermeladas y especias, otro muy lindo con bijou en macramé, y cosas de estilo que me alegran la vista algunos domingos otoñales.

Caminaba junto a mi novio lenta y cuidadosamente para no perdernos detalle. A él le encantaban ese tipo de espectáculos callejeros y gratuitos. (Igual creo que a mí me gustaban mucho más). Las horas se me desvanecían mirando y re-mirando todo lo que se me presentaba de un puesto a otro.
En uno de esos arrebatos del destino nos topamos con un puesto precioso de orfebrería en alpaca. Ahí me detuve. El siguió caminando sin notarlo. Como sucedía siempre, cuando se daba cuenta de mi ausencia suponía que me había quedado atrás charlando con alguno buen vendedor o haciéndole preguntas a la chica que fabricaba sahumerios riquísimos.
Ese día no me había detenido a charlar, ¡había encontrado MI piedra!
Años atrás, cuando supe que la malaquita era para mí, jamás había visto una en vivo y en directo, solamente había encontrado algunas imágenes ilustradas en un diccionario antiquísimo que solía consultar cada vez que tenía curiosidad infantil. Luego, pasaron los años y me olvidé de cómo era mi piedra de la suerte y también de cuales eran sus propiedades. No supe dónde encontrarla o ella no supo donde encontrarme a mí. Hasta ese día en la feria de artesanos.
Un anillo bellísimo estaba mirándome desde un paño rojo colocado cuidadosamente sobre una tabla de madera sin patinar. El chico que estaba tras ese paño parecía muy simpático. Trabajaba la alpaca en ese mismo instante, con unas herramientas y maquinarias pequeñas que ignoré por completo. Me detuve a mirar el anillo que sostenía casi abrazando una hermosa piedra verde pequeña. Tenía distintos valores de verde, algunos en horizontal, otros un poco oblicuos, algunos verdes eran como el mar, otros como alguna copa de pino. Primero me fasciné con esos colores chorreados desprolijamente sobre algo tan pequeño. Parecía que alguien la había pintado a mano en un soplido. Me acerqué para mirarla de cerca y ahí recordé. Las imágenes se me vinieron a la mente en un instante y pude recordar el día que me dijeron que mi piedra era la malaquita, como el traje de la tortuga de la canción.
Instantáneamente supe que era para mí sin saber por qué. Después, como en un acto milagroso comprendí que era una malaquita, que era mía de verdad.
Recuerdo que el anillo salía $70 y que en ese momento era algo caro para mi presupuesto. Llamé con las manos a mi novio que me miraba desde lejos como preguntándome qué hacía ahí tanto tiempo. El vino hacia mí. Le conté todo lo que sabía de esa piedra, que no entendía cómo pero que era mía, que es mi favorita y que encima yo soy su favorita, que sus colores, que mi signo, que la suerte y no se cuántas cosas más. Conté todo presurosamente, casi sin respirar, como una niña que se enfrenta a su super héroe favorito.

El artesano me miró con ternura o algo así, y me dijo que por $50 me lo llevaba.
Mi novio sacó un billete y pidió que me lo envolvieran bien.
Mi sonrisa alcanzaba el cielo.




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