Entre el segundo plato y el postre hubo una de esas tandas de baile en las cuales con mis airosos catorce años me escapaba corriendo a la computadora de la entrada porque se podía usar la web "sin pagar". Estaba en eso muy concentrada ubicandome en la silla cuando me rescato de que había que poner una contraseña para el wifi, intenté algunas cosas lógicas como el nombre del hotel pero no funcionaba, entonces refunfuñando me levanté de mi cómodo asiento para dirijirme a la conserjería a solicitar la contraseña correcta. Estaba justo acercándome a la recepción cuando un hombre salió del ascensor próximo haciendo barullo.
-El diario de hoy, ¿puede ser?
Dijo ésto y ubicó los codos en el mármol de la recepción tal cual estaba yo. Giré mi cabeza como sobresaltada por la voz que estaba escuchando y lo miré fijamente durante algunos segundos. No podía ser. Los lentes de sol le cubrían el rostro ampliamente, la campera de cuero era abotonada hasta el cuello y una de sus manos estaba tapándole la mitad de la cara. Los rulos estaban intactos. Tomó el diario, lo hojeó rápidamente y se disponía a retirarse malhumorado cuando se me prendió fuego el corazón... no sé si le grité o si lo tomé del brazo, o si tartamudeé pero hice que se quedara frente a mí por unos minutos escuchando mis altibajas emociones fanáticas. He aquí el diálogo que ha quedado en mi cabeza; cabe aclarar que es casi cien por ciento fiel al original debido a que estuve repitiéndome esa secuencia en mi mente casi todos los días.
-Eh...vos... ¿Sos...?
- ...
- Sos... sos... sos Andrés, Andrés Calamaro?
- Ajá.
- Pero... pero, pará pará no te vayas. Te quería decir que... Vos sos... Andrés, y bueno, yo... para ser sincera... soy fanática tuya y... Si podía ser que me hagas un autografo tuyo, o dos, mejor...
- Acá te hago uno, después sacale fotocopias...
(...)
- No, que sean dos, por favor...
- A ver... Dame ese papelito.
- Es que... en realidad me enamoré de tus canciones porque el chico que me gusta es fanático... y, el día que lo conocí... me parece que... estaba como... estaba como tarareando un tema tuyo y yo... justo lo vi, y el me miró y a partir de ahí... pero... sos vos... y yo... Andrés, si no es mucha molestia te quería pedir si podías... uno para mí y otro para él porque... el y yo... nos gusta...
- ¿Cuál tema mío tarareaba?
- Flaca.
- Ah.
- Es tu novio?
- No sé.
- Acá están los dos, espero que no te arrepientas.
Él se fue con su diario al ascensor, no vi qué piso marcaba pero me quede mirando la puerta de metal cerrada durante un largo tiempo, con la tarjeta de invitación del casamiento en la mano, autografiada por Andrés Calamaro, los ojos llenos de lágrimas y una frase que me retumbó toda la vida en la cabeza.
¿" Espero que no te arrepientas"?
Pasaron los años y comenté la anécdota con muchas personas, tratando de buscarle un sentido a lo que yo creía era un regalo, un tesoro del salmón, que no podía desperdiciar. La mayoría de la gente a la que interpelaba con mi historia me decía que no me vuele la cabeza, que probablemente tiró una frase cualquiera, producto de su resaca y su domingo de estado calamitoso, que no me enrosque en esas cosas, que seguramente era un decir, que no había nada detrás de eso.
Pasaron nueve años y algunos meses, la frase no se me borró de la memoria jamás.
El autógrafo mío lo tengo guardado en un portaretrato como una gran reliquia, el otro lo regalé con total emoción a la persona para la cual lo había pedido. Él quizás lo haya guardado también, o quizás lo haya prendido fuego junto a todas mis pertenencias una vez terminada nuestra relación adolescente.
Ahora lo vuelvo a ver, nueve años después de nuestro enamoramiento ofuscado y voraginoso, como si nunca hubiera existido el pasado, nos sentamos en una mesa al aire libre debajo de un jacarandá. Después de algunas banalidades, me contó que estaba aprendiendo a tocar un tema en la armónica.
-¿Qué tema? - le pregunté recorriendo con la mirada sus comisuras.
- La parte de adelante, de Andrés. - Me dijo con una sonrisa.
Ahí entendí lo que posiblemente significaba, lo que había significado todo este tiempo...
Tras varios caminos truncos que jamás nos cruzaron durante casi una década, ahora está enfrente mío el mismo que no me dejaba dormir, ahora estamos debajo de la luna y el jacarandá y ya no somos adolescentes. Yo lo examino nostálgica mientras él habla de su vida, de la mía, de nuestras cosas, (o de las cosas que nunca fueron nuestras) y de ausencias profundas que ya ni duelen.
Quizás tardé mucho en darme cuenta, o quizás hasta hoy no había entendido a Calamaro, pero... como sea, lo tengo frente a frente muchos años después y recuerdo tu frase, Andrés.
Quedate tranquilo! Creo que nunca me arrepentí.
Quizás tardé mucho en darme cuenta, o quizás hasta hoy no había entendido a Calamaro, pero... como sea, lo tengo frente a frente muchos años después y recuerdo tu frase, Andrés.
Quedate tranquilo! Creo que nunca me arrepentí.

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