domingo, 5 de octubre de 2014

De demonios y otras piedras

Mi anillo de malaquita había sido diseñado aparentemente por y para mí (sin sacarle crédito al amable artesano que casi me lo regala por mi emoción atolondrada al encontrarlo).
Apenas adquirí mi nuevo tesoro de 50 pesos, volví contenta a mi casa mostrándo a todos mi piedra de la suerte. Mi novio me observaba feliz poniendo el anillo en una vasija de barro con agua y sal, en una mesada del jardín.

Sé por aficionada a las piedras que cada una posee una energía particular, que debe ser estimulada. Esa energía se proyecta en la persona que las posee y conserva, así como la energía de esta persona transmite energía a la piedra en cuestión. Apenas adquirís una piedra, debes "lavarla" con agua y sal, colocándola al aire libre, a la intemperie, durante 24 horas aproximadamente. La piedra tiene que contactarse con la noche y con el día en partes iguales. Se llama "baño de sol y luna" y lo aprendí recolectando relatos por ahí.

Me lo explicaron de esta manera: "Es como un viaje cósmico que emprende la piedra para luego regresar a la Tierra y transmitir de mejor manera todo su potencial".
En este viaje me emprendí con mi nueva compañera verde mar. La puse al sol, la deje reposar durante la luna, y quizás la deje más tiempo de lo previsto porque quería que se cargue de la mejor manera posible para que me acompañe con fuerza. Soy un poco crédula, lo sé, pero cuando yo creo en algo, lo creo con toda mi voluntad.

Pasaron dos días y fui a buscar mi preciado objeto al patio, sabiendo que ya estaría lista para viajar conmigo. Cuando me acerqué a la vasija de barro tuve el peor de los hallazgos. No estaba más. Mi anillo de malaquita no estaba en el piso, ni en la vasija, ni en la mesada, ni lejos, ni cerca, ni dentro de mi casa, ni había sido comido por mi perra. No estaba casi como una desaparición fantasmagórica. Revolví todos los rincones, macetas y flores. Entré a mi pieza a buscar el sobrecito donde estaba envuelta la primera vez que la vi. Quizás se me había olvidado dejarla reposar por descuido. Quizás alguien la había agarrado. Interrogué a todos, nadie sabía nada de mi tesoro. 


Una vez, en otro relato de esos simples que me gustan a mí, mi amiga Cecilia que sabe de estas cosas me había dicho: "Es loco esto de las piedras, cuando no quieren quedarse en un lugar se van. Puede tener que ver con la energía de la persona que las tiene o puede que ya no quieran estar ahí. Pero una piedra energética, jamás se queda donde no quiere estar". Ella me había enseñado lo del baño de luna y sol, e inmediatamente recordé estas palabras.


Al otro día vi a Cecilia y casi con tristeza le conté lo sucedido con mi malaquita. Desapareció, se fue, ella, con el anillo, con mis ganas de estrenarlo, con el amor que entregué durante la preparación de su baño en agua y sal, con todo, había desaparecido. Yo estaba enojada con la piedra y dudando seriamente por qué no había querido quedarse conmigo. Le pregunté a mi amiga muy preocupada, si acaso yo tenía mala energía.


Cecilia me miró sonriendo mientras yo explicaba el suceso con manos y gesticulaciones.


"No lo tomes como que se desprendió de vos, entendé que quizás le gusto mucho el baño de luna que le preparaste. Se fue de viaje y no volvió. Donde esté, te agradece".


Ese día comprendí que nada es de nadie, ni aunque lo compres, ni aunque te lo regalen, ni aunque lo obligues. Ninguna piedra es de la suerte ni ninguna atadura debería forzarse. Cuando más amarras algo, más deseos tendrá de desprenderse.

 La piedra malaquita no es mía, pero sigue siendo mi preferida y ahora está viajando por el cosmos.



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