jueves, 25 de febrero de 2016

A veces hago críticas de cine


“EL CLAN”
Dirección: Pablo Trapero.
Países: Argentina, co-producción con España.
Año: 2015.
Duración: 110 minutos.
Género: Drama.
Calificación: No apta para menores de 16 años.
Reparto: Guillermo Francella, Antonia Bengoechea, Gastón Cocchiarale, Stefanía Koessl, Peter Lanzani.



El cine argentino nos ha dado últimamente unas lindas joyas que convocan no sólo a la sala sino además a la auto-reflexión, al debate entre amigos y a la incomodidad; entendida ésta como la capacidad de movernos un poco el suelo firme que pisamos y cuestionarnos qué sucede cuando se desdibujan los límites entre el bien y el mal, entre la culpa y la inocencia, entre lo moral e inmoral, etc. Temas como éstos han sido actualmente tocados con especial impacto en películas como “Relatos Salvajes”, “La patota”, y “El Clan”. Tres films que tienen en común ser un tipo de cine que reúne varios condimentos emocionantes: impecable guión, buenos actores, atractivas tramas, reconocidos directores, y buen marketing.


La película de El Clan está centrada en un momento convulso de la historia argentina: los comienzos de la década del 80, en Buenos Aires. El legendario clan Puccio, familia acomodada de la ciudad de San Isidro, tiene como cabeza de un plan siniestro al padre: Arquímedes Puccio, quién años después de abandonar su tarea como miembro de la inteligencia militar argentina, todavía quería lucrar de alguna manera con los restos de esa Dictadura Militar que había imperado tras el golpe de Estado del año 1976.
“El clan” se basa en una historia real, que conmovió a la Argentina en los años 80 con una serie de secuestros, extorsiones y torturas seguidas de muerte, que tenían como victimarios a los miembros de una familia de la coqueta zona norte de Buenos Aires.

El contexto de surgimiento del clan Puccio como tal, coincide con los resabios de una sociedad aún marcada por el terrorismo. Tras el golpe de estado que derrocó al gobierno de “Isabelita” Perón el 24 de marzo de 1976 en Argentina, una junta militar encabezada por tres comandantes de las Fuerzas Armadas se autoproclamó como “Proceso de Reorganización Nacional”, accionando en base a un terrorismo de estado, una constante violación de los derechos humanos que se tradujo en miles de desaparecidos. La sociedad argentina de ese entonces vivía atrapada en una mezcla constante de miedos, inmoralidades, secretos, silencios, incertidumbres y corrupciones propias de un proceso de transición hacia la futura democracia, alcanzada recién en 1983.

A principios de los 80, Arquímedes trabajaba como contador y tenía además un comercio al público, que no dejaba mucho resto. Su esposa Epifanía se desarrollaba como docente y tenían cinco hijos adolescentes: Alejandro, Silvia, Daniel (apodado “Maguila”), Guillermo y Adriana. Alejandro era conocido por su brillante carrera de jugador de Rugby en el club C.A.S.I y luego su fugaz paso por la Selección Nacional. En un primer momento, la salida elegida por el patriarca del hogar para solventar la inestable situación económica, fue apurar con extorsiones a personas conocidas, que podían aportar un dinero extra a su gran familia. El modo era simple: se llamaba con amenazas, se insistía y la familia de la potencial víctima, dejaba dinero en algún parque, o vía del tren, donde Puccio iba a buscarla, con dos ex compañeros como cómplices. Con el correr de los días, el plan se tornó cada vez más siniestro y despiadado: no sólo los hijos de Arquímedes (Alejandro y Maguila) debieron unirse al trabajo sucio, sino que la víctima elegida era un compañero de Rugby y amigo de Alejandro. Esta vez, el secuestrado reconocía a su secuestrador, la extorsión no era suficiente y había que acabar con el muchacho para no dejar rastros. Su modus operandi fue desde el principio frío, calculador, crudo, pero empezaba a tomar dimensiones asesinas.

La familia era numerosa, discreta, unida y en apariencia muy normal. Los vecinos creían en su inocencia y su aire tradicional. Las actividades diarias se desarrollaban con total costumbrismo y dignidad; pero en el corazón del sótano de su casa de San Isidro se ocultaba un secreto desopilante: secuestro, privación ilegítima de la libertad, tortura y muerte. Las víctimas fueron primeramente hombres fuertes, jóvenes, llenos de vida, y por supuesto, de una suelta posición económica.

A veces la frase “la realidad supera la ficción” puede sonarnos un cliché, y más tratándose de este tipo de películas que rozan una arista de nuestra historia que ha sido y sigue siendo aún, muy susceptible y blanco de ambivalentes críticas e interpretaciones. Pero en este caso, la revelación de los operativos macabros de una familia en apariencia recta y costumbrista, que han tenido lugar en la historia real de nuestro país, no hacen más que consternarnos con su cruda presentación en la pantalla grande. Trapero logra centrarse de manera notoria, en el núcleo familiar, en el seno de la cotidianeidad de esta familia descomunal y en el desarrollo de su actividad monstruosa que termina por destruir todos los esquemas éticos imaginables.



El director centra su atención, como dijimos, en el microcosmos familiar de los Puccio que refleja despiadadamente el ciudadano cómplice de un estado que fue macabro. Epifanía sumisa, callada, agachando la cabeza y obedeciendo a su marido. Los hijos intentando distraerse en sus actividades cuando en realidad sabían que algo no andaba bien, pero en silencio, siempre en silencio. Todo esto habla de una complicidad, como han resultado ser miles de ciudadanos durante las dictaduras militares, de esos que han dicho: “yo no maté, pero veía cómo lo hacían”, o de esos que han dicho: “yo solamente obedecía órdenes”. Esas frases tienen lugar aquí, todas juntas, en el seno de la familia Puccio.


Realmente Arquímedes (Guillermo Francella) encarna en su apariencia y en sus acciones, un lado monstruoso de la condición humana, sin escrúpulos, sin moral, sin límites. Epifanía (Antonia Bengoechea) representa la sumisión, la cobardía, la complicidad ciega (pero no sorda). Los hijos encarnan una y otra vez contradicciones, desquicios, impaciencias, miedos, caos mental. Más que nada Alejandro Puccio (Peter Lanzani), que ha logrado notoriamente una actuación riquísima, una matización de los climas dramáticos y los suspensos que ha sido reveladora. Por su parte, Maguila (Gastón Cocchiarale) termina por huir, consternado, de su infierno familiar. Lo interesante de los hijos varones de los Puccio es su lado cómplice durante el desarrollo de los secuestros, su silencio durante el destino inminente de los secuestrados y su falta de entendimiento (o no) ante lo que en verdad estaban haciendo. Esto es algo que nunca queda claro. ¿Hasta qué punto Maguila y Alejandro estaban tomando conciencia de sus actos? ¿Se hacían los tontos? ¿Estaban asustados? ¿Querían la plata y por eso jugaban a hacer la vista gorda? Nunca queda explícito lo que sintieron, lo que pensaron, hasta casi llegado el final de la película, final que consagra nuevamente la actuación estelar de Peter Lanzani.

A nivel actoral, sabemos de la entereza de Guillermo Francella que ha demostrado salirse espectacularmente de su registro humorístico en El Secreto de sus ojos, papel que lo ha coronado por los espectadores y la crítica. En El Clan una vez más, deslumbra. Su mirada precisa, su aplomo, su lentitud al hablar y toda una crueldad concentrada solamente en la expresión, es fascinante. Peter Lanzani, como ya dijimos, ha sido la revelación de este largometraje, lo cual habla mucho no solamente del actor, sino además de un gran mérito de Trapero. El resto de los personajes, algunos más, otros menos, no han sido la gran cosa. Las mujeres de la familia han pasado, actoralmente, por pocos matices. Recién al final, se destapan un poco más algunas actuaciones, como la de Bengoechea y la de Gastón Cocchiarale, pero se quedan en lo ordinario.

En la trama entonces, se deslindan estos caminos de realidad, de historia documental y de archivo verídico. La cámara invade el espacio familiar, ese terreno que siempre nos es un misterio. ¿Cómo funciona una familia desde adentro? La respuesta en este caso es fatal. La intromisión en esta casa nos hace testigos y jueces de un crimen tras otro. Fueron tres en total. Vemos la culpabilidad en su mayor esplendor, y aún así, el silencio, la naturalización de la muerte, la ración de comida destinada al secuestrado y aún así el resto de la familia cenando tranquila en el piso de abajo, escuchando e ignorando los gritos que venían de la bañera ubicada en el baño de arriba: el secuestrado tenía que comer para no morir, la familia tenía que callar, el status se debía mantener gracias a ese ingreso, había que obedecer a papá, nadie quería preguntar.




Casi todo se presenta en modo de flash-backs. El final de la historia, se presenta en el montaje como la primer escena de la película, pasando luego por todo el tiempo precedente y finalizando nuevamente con esa primer escena, que es además, un gran gancho por las impresiones que genera. Podría pensarse que el recurso es injustificado, ya que se ve la misma escena más de una vez, pero lo que sucede con esta edición, es arte. Los últimos 20 segundos del film son, aún para quienes han leído algo de esta historia, lo más inesperado e impactante.


Uno de los grandes méritos de Trapero con esta película es, sin dudas, su trabajo de periodismo de investigación, que consagró su obra fílmica como una pieza casi documental que fue éxito de carteleras e inspiración para otras obras venideras con la fijación en esta familia sin igual. Por ejemplo, los capítulos de la serie unitaria “Historia de un clan”, emitida por Telefé y el libro “El Clan Puccio: la historia definitiva” investigación de Rodolfo Palacios. El guión es propio del director y su estilo en este caso, rompe un poco con sus trabajos anteriores, si recordamos Elefante blanco, Carancho, o Leonera. Si bien siempre ha llevado ese “sin filtro” al cine, yendo a todo o nada, tirando toda la carne al asador; esta vez, a nivel estético ha sorprendido por la pureza de sus planos, por no caer en el morbo ni en lo “clicheado”, y por lograr el tinte cálido en todas las escenas caseras, pasando por los fríos en las escenas callejeras. Se añade a todo esto, el recurso del plano secuencia, que ha logrado una escena lujosa.

El Clan es una película reveladora que despierta, cuánto menos, un gran interés. Quizás por tratarse de nuestra historia, quizás por preguntarnos permanentemente qué sucedía en la cabeza de esta familia, cuántos cómplices monstruosos de ese estilo ha habido en ese período de nuestro país (el hombre normal, clase media, que reza junto a su familia todos los días, que se levanta temprano y se pone a trabajar en un comercio de barrio), cosa que nos vincula directamente a otros períodos nodales de la historia del mundo: la complicidad del ciudadano promedio con el ejército nazi, por ejemplo. En este sentido, la invitación a la reflexión es permanente. Se entremezclan en una sola película aspectos claves para lograr un gran combo: gran guión, gran elenco y gran historia. Podría decirse de Trapero, que contar una historia real y hacerlo de modo convincente y verosímil, es un gran crédito.







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