El libro cuenta de un prólogo, nueve capítulos, el epílogo y agradecimientos. En cada uno de estos apartados, se le da vida a un nuevo personaje, o a un hecho puntual que se va desarrollando con desnudez y precisión. Cada una de estas historias, tienen un vínculo directo con la vida del “Frente”, incluso también con su misticismo después de muerto.
Alarcón se expresa en un tipo de escritura que no es cronológica Sus párrafos suelen ser largos, pero de frases cortas. La división en capítulos da la impresión de ser hasta innecesaria en parámetros del relato. Son más bien, pequeñas pausas para el lector. “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, es uno de esos libros de lectura fácil, pero de asimilación compleja. Que suelen hacerte cerrar el libro por momentos, respirar profundo y tener que tomarte un tiempo para volver a retomar la lectura. El autor mezcla el lunfardo villero, con palabras académicas, incluso en idioma inglés. Es un libro que está pensado para un público que tiene velada esta realidad. (Y al que se le pondrá pronto la piel de gallina.)
Cristian Alarcón se interna en las villas en el año 2000, en el colapso del neoliberalismo impulsado por Menem y detonando las mayores diferencias sociales y económicas entre los argentinos. Una parte de la clase media ostentaba por entonces, un halo de superioridad, que no duró mucho. La otra parte, y la gran mayoría, descendieron a una clase baja sin escalas. De ser empleados y obreros, a pasar a cirujear, de un día para el otro. En este lado de los hechos, se ubican varios de los vecinos de la villa san Francisco, quienes tomaron como modo de vida, sin otra opción, revolver entre las basuras de los ricos, primero como un entretenimiento, que de a poco se convirtió en la única manera de poder ganarse la vida.Otra de las grandes tragedias de este período, para quienes sobrevivían en las villas del cono-urbano, fue la entrada (siempre apañada por gran parte de la Policía Bonaerense) de la droga al barrio. Este fenómeno, una vez que comenzó, se transformó en un círculo vicioso sin precedentes. El pibe chorro, roba para comer, pero también para drogarse, para tener su “dosis” diaria. A su vez, le compra droga al dealer, que está protegido por la policía. La policía al mismo tiempo que se enriquece de esta debilidad, no para de perseguir a los mismos pibes chorros con la metralla.La muerte de los pibes de la villa, en este contexto no parecía nada extraño. Los que no han muerto asesinados por un cabo de la Policía, lo han hecho por enfrentamientos callejeros, tiroteos, sobredosis y sida. Los que pueden contar la historia, lo hacen detrás de las rejas de cualquiera de las cárceles del país. Muchos de ellos, incluso internados en reformatorios, por tratarse de menores de edad.Si bien nada parece sorprender en este estado de cosas, hubo un hecho que fue diferente. El asesinato del “Frente” Vital.A Víctor Vital lo mataron el 6 de febrero de 1999, tras un robo a mano armada que había efectuado con su amigo Luisito.
El autor narra en un primer momento su encuentro con la vida de los pibes chorros en la villa San Francisco, donde se internó durante meses que se hicieron años, a recaudar vivencias de los allegados de Víctor Vital, el “Frente”, con el fin de conocer la historia de este santo pagano, el santo de los pibes chorros.
“Cuando llegué a la villa sólo sabía que en ese punto del cono-urbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel “El Frente” Vital, 17 años. (Un ladrón acribillado por un cabo de la bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba.) Se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo. Lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla. El Frente robaba al tiempo que ganaba fama por su precocidad y por preservar los viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y la de los sobrevivientes de las villas, esa porción de tercer cordón suburbano – La San Francisco, la 25 de mayo y La Esperanza- , son una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los secretos y las verdades veladas, a la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia entre los cerrados pasillos”.Cuando uno comienza a adentrarse en la lectura del libro, cada pasaje es un pasillo de villa que va abriendo sus puertas, en una lectura que va saltando de un personaje a otro, de un año a otro, de una generación a la siguiente; se va conformando la imagen no solamente del protagonista, sino de toda una cotidianidad que al principio, nos hace ruido con tan solo leerla. El mismo autor, asume que le ha pasado lo mismo.Los datos de color, los personajes, los vínculos entre ellos. La religión, la droga, los códigos, la traición, la vida y la muerte conviven en una realidad que parece contradictoria, paradójica, pero no hacen más que conformar las piezas de un “perfecto” rompecabezas.En estos mismos parámetros de contradicción se fundó la vida de Víctor: Su madre, seguridad de un supermercado, él robando para la droga:“Ja! La madre vigilante y el hijo chorro”. Le dijo cuando ella le comentó acerca de su nuevo trabajo. “A ver cuando me entregás un hecho, Sotello.”
El Frente Vital no era una especie de Robin Hood (aunque muchos de sus amigos lo tomaban como tal). Sus botines eran para sus placeres personales y los de sus amigos. Víctor era lo que Alarcón define como “arbitrariamente justo”. No hacía justicia dándole a los que tienen menos, sino que era desprejuiciado para compartir. Le daba lo mismo regalarle plata a un amigo para que se compre un yogurt, o para que se la gaste en pastillas y alcohol. Lo que no se le permitía era ingresar dinero sucio a su casa. Su madre, Sabina, fue quien más combatió durante toda la vida de su hijo, e incluso después de su muerte, la relación de sus chicos con el delito.
“Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, y que no me recen cuando suenen los tambores, y que no me lloren porque me pongo muy triste, no quiero coronas ni caritas tristes, sólo quiero cumbia para divertirme”, esto reza la canción que le da título al libro. Se llama “mi último deseo”, y era una de las preferidas del Frente. Una vez bromeando con uno de sus amigos le dijo que quería que suene en su entierro, como anticipando un destino inminente, que de todos modos para estos adolescentes se sabía cercano. Sus amigos no solamente respetaron este deseo, también le dieron los colores de Boca a la corona y las camisetas de Boca y Tigre abrigaron el cajón en el último adiós.
A este ritual, aún hoy se le suman muchos otros. No hay día que a la tumba del ídolo le falten flores, cerveza, marihuana y tabaco, como en ofrenda y agradecimiento por haber torcido tantas veces el destino de las balas para que sus amigos no corran su misma suerte.
El Frente ha sido desde el día de su muerte una especie de "protector". En el libro hay una anécdota que relate la corrida de Simón (amigo de Víctor), intentando escapar del arma de fuego de la policía, cuando éste se escapa de un enfrentamiento, se esconde casualmente en el cementerio. Tras correr unos metros cae rendido entre unas lápidas del campo santo; cuando logró salir del éxtasis de la corrida se dio cuenta que estaba rendido detrás de la tumba del Frente. Le rezó a su amigo muerto para que lo ayude a improvisar una salida, cuando mira hacia un costado, había una bicicleta abandonada como si el difunto la hubiera puesto ahí para que él pudiera escapar.
El periodismo de investigación, como sabemos, tiene
la particularidad (y el deber) de poder develar
cuestiones ocultas, desnudar injusticias e historias vedadas por algún tipo de poder a quien no le conviene, por diversos motivos, que algunos hechos salgan a la luz y pasen a dominio público. Hay secretos que a los “peces gordos” no los dejarán bien parados si el pueblo, si lo “popular” logra tomar conciencia de esas verdades impunes.
A Cristian Alarcón y a sus entrevistados a lo largo de esta historia no les ha importado a dónde queda parado el poder al que están denunciando: la policía bonaerense y su metralla siempre cargada, su odio indomable a los pibes chorros, su apaño a quienes venden drogas a los chicos de las villas y su implacabilidad al tener que gatillar. No son sólo los hechos los que se están desnudando aquí (que de todos modos a esta altura es una verdad que a muchos nos resulta conocida). Lo importante aquí, lo escalofriante, lo desmoralizante y desesperanzador es la crudeza de los detalles.
El autor nos habla de personas que se aprovechan del poder que les han adjudicado por ser miembros de un aparato público, pero también nos habla a través de unos pibes que están gritando que se sepan los pormenores de la supervivencia en un pasillo de la San Francisco. El no saber si volvés. El día a día de la pastilla, del alcohol, de las trompadas de los patovicas, del humillante detrás de rejas cuando el lugar que te tiene que contener y corregir, te convierte en un resentido, en un rencoroso y en una persona que solamente espera salir para volver a robar y para poder vengarse de los “ratis” del penal.
Los detalles nos hablan del amor de las madres por esos hijos a los que las drogas y las necesidades los fueron torciendo, del auto que pasa tirando tiros a mansalva porque al conductor “le pintó”, del virus del HIV y su contagio imparable entre los suyos, de despertarte día a día sabiendo que hoy vas a perder a un amigo, o a tu mamá, o a tu hermanito, porque la suerte está echada.
El poder cuestionable de la policía no solamente queda presentado por medio de muchos ejemplos ante el lector, además nos hacemos eco a medida que leemos de que en el fondo, se responde siempre a un círculo vicioso imparable entre policía – transa – ladrón y de vuelta al policía. El policía cubre al transa que le vende la droga al ladrón para destruirlo, este ladrón vive toda su vida robando porque necesita la dósis que le administra el transa y le tiene que pagar. El policía espera al pibe chorro cuando está yendo a robar para gatillarle en la cabeza.El Frente Vital es el fiel retrato de un anti-héroe. De un pobre pibe, y de un pibe pobre. Es el bueno y el malo que te hace entrar en contradicción con vos mismo, y te hace preguntarte: "¿Qué tan malo es? ¿Qué tan bueno pudo haber sido si mataba gente para pagarse la merca?". Simplemente la respuesta está ahí, en tratarse de una contradicción. No era un buen pibe, ni un pibe malo. Era víctima y victimario. Oprimido y opresor. Asesino y asesinado. Era un santo diabólico, o un adulto en cuerpo de niño, o un niño en cuerpo de adulto. Lo que sucede es que la pregunta está mal formulada. Qué tan malo es lo que pudo haber hecho no se discute. Ahora, ¿qué otra poca pudo haber hecho? Estos pibes no tienen más santo que la suerte, más protección que la de San Jorge. No tienen más ayuda que la de la misma gente de la villa, ni más dinero que el que pueden sacar de un rico al que se le vuelca el camión de La Serenísima en un cruce de puente. ¿Qué otra cosa puede hacer un pibe al que miramos con recelo cuando pasa por al lado con un carro de caballos? ¿Con qué mirada quieren que nos mire un pibe al que se le negó todo lo que nosotros tenemos? Un pibe de 17 años, carcomido por la droga y el desamparo, por la muerte y por el abandono, por la traición y la desolación de ser marginado todos los días durante toda su vida, un pibe que llora cuando le tocan a su vieja, que no conoce otra ley que la anti-ley, un pibe que va a la propia policía apañar a los dealers de su barrio, para seguir metiendo droga que hace que los chiquitos pierdan la cabeza. Un pibe que pide piedad debajo de una mesa y recibe un tiro en la cabeza. ¿Es un asesino? En fin, no sabemos.¿Quién sabe qué más era? ¿Quién sabe qué pudo haber sido? Si ya lo mataron.
Alarcón se expresa en un tipo de escritura que no es cronológica Sus párrafos suelen ser largos, pero de frases cortas. La división en capítulos da la impresión de ser hasta innecesaria en parámetros del relato. Son más bien, pequeñas pausas para el lector. “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, es uno de esos libros de lectura fácil, pero de asimilación compleja. Que suelen hacerte cerrar el libro por momentos, respirar profundo y tener que tomarte un tiempo para volver a retomar la lectura. El autor mezcla el lunfardo villero, con palabras académicas, incluso en idioma inglés. Es un libro que está pensado para un público que tiene velada esta realidad. (Y al que se le pondrá pronto la piel de gallina.)
Cristian Alarcón se interna en las villas en el año 2000, en el colapso del neoliberalismo impulsado por Menem y detonando las mayores diferencias sociales y económicas entre los argentinos. Una parte de la clase media ostentaba por entonces, un halo de superioridad, que no duró mucho. La otra parte, y la gran mayoría, descendieron a una clase baja sin escalas. De ser empleados y obreros, a pasar a cirujear, de un día para el otro. En este lado de los hechos, se ubican varios de los vecinos de la villa san Francisco, quienes tomaron como modo de vida, sin otra opción, revolver entre las basuras de los ricos, primero como un entretenimiento, que de a poco se convirtió en la única manera de poder ganarse la vida.Otra de las grandes tragedias de este período, para quienes sobrevivían en las villas del cono-urbano, fue la entrada (siempre apañada por gran parte de la Policía Bonaerense) de la droga al barrio. Este fenómeno, una vez que comenzó, se transformó en un círculo vicioso sin precedentes. El pibe chorro, roba para comer, pero también para drogarse, para tener su “dosis” diaria. A su vez, le compra droga al dealer, que está protegido por la policía. La policía al mismo tiempo que se enriquece de esta debilidad, no para de perseguir a los mismos pibes chorros con la metralla.La muerte de los pibes de la villa, en este contexto no parecía nada extraño. Los que no han muerto asesinados por un cabo de la Policía, lo han hecho por enfrentamientos callejeros, tiroteos, sobredosis y sida. Los que pueden contar la historia, lo hacen detrás de las rejas de cualquiera de las cárceles del país. Muchos de ellos, incluso internados en reformatorios, por tratarse de menores de edad.Si bien nada parece sorprender en este estado de cosas, hubo un hecho que fue diferente. El asesinato del “Frente” Vital.A Víctor Vital lo mataron el 6 de febrero de 1999, tras un robo a mano armada que había efectuado con su amigo Luisito.
El autor narra en un primer momento su encuentro con la vida de los pibes chorros en la villa San Francisco, donde se internó durante meses que se hicieron años, a recaudar vivencias de los allegados de Víctor Vital, el “Frente”, con el fin de conocer la historia de este santo pagano, el santo de los pibes chorros.
“Cuando llegué a la villa sólo sabía que en ese punto del cono-urbano norte, a unas quince cuadras de la estación de San Fernando, tras un crimen nacía un nuevo ídolo pagano. Víctor Manuel “El Frente” Vital, 17 años. (Un ladrón acribillado por un cabo de la bonaerense cuando gritaba refugiado bajo la mesa de un rancho que no tiraran, que se entregaba.) Se convirtió entre los sobrevivientes de su generación en un particular tipo de santo. Lo consideraban tan poderoso como para torcer el destino de las balas y salvar a los pibes chorros de la metralla. El Frente robaba al tiempo que ganaba fama por su precocidad y por preservar los viejos códigos de la delincuencia sepultados por la traición, y por ir siempre al frente. La vida de Víctor Vital, su muerte, y la de los sobrevivientes de las villas, esa porción de tercer cordón suburbano – La San Francisco, la 25 de mayo y La Esperanza- , son una incursión a un territorio al comienzo hostil, desconfiado como una criatura golpeada a la que se le acerca un desconocido. La invocación de su nombre fue casi el único pasaporte para acceder a los estrechos caminos, a los secretos y las verdades veladas, a la intensidad que se agita y bulle con ritmo de cumbia entre los cerrados pasillos”.Cuando uno comienza a adentrarse en la lectura del libro, cada pasaje es un pasillo de villa que va abriendo sus puertas, en una lectura que va saltando de un personaje a otro, de un año a otro, de una generación a la siguiente; se va conformando la imagen no solamente del protagonista, sino de toda una cotidianidad que al principio, nos hace ruido con tan solo leerla. El mismo autor, asume que le ha pasado lo mismo.Los datos de color, los personajes, los vínculos entre ellos. La religión, la droga, los códigos, la traición, la vida y la muerte conviven en una realidad que parece contradictoria, paradójica, pero no hacen más que conformar las piezas de un “perfecto” rompecabezas.En estos mismos parámetros de contradicción se fundó la vida de Víctor: Su madre, seguridad de un supermercado, él robando para la droga:“Ja! La madre vigilante y el hijo chorro”. Le dijo cuando ella le comentó acerca de su nuevo trabajo. “A ver cuando me entregás un hecho, Sotello.”
El Frente Vital no era una especie de Robin Hood (aunque muchos de sus amigos lo tomaban como tal). Sus botines eran para sus placeres personales y los de sus amigos. Víctor era lo que Alarcón define como “arbitrariamente justo”. No hacía justicia dándole a los que tienen menos, sino que era desprejuiciado para compartir. Le daba lo mismo regalarle plata a un amigo para que se compre un yogurt, o para que se la gaste en pastillas y alcohol. Lo que no se le permitía era ingresar dinero sucio a su casa. Su madre, Sabina, fue quien más combatió durante toda la vida de su hijo, e incluso después de su muerte, la relación de sus chicos con el delito.
“Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, y que no me recen cuando suenen los tambores, y que no me lloren porque me pongo muy triste, no quiero coronas ni caritas tristes, sólo quiero cumbia para divertirme”, esto reza la canción que le da título al libro. Se llama “mi último deseo”, y era una de las preferidas del Frente. Una vez bromeando con uno de sus amigos le dijo que quería que suene en su entierro, como anticipando un destino inminente, que de todos modos para estos adolescentes se sabía cercano. Sus amigos no solamente respetaron este deseo, también le dieron los colores de Boca a la corona y las camisetas de Boca y Tigre abrigaron el cajón en el último adiós.
A este ritual, aún hoy se le suman muchos otros. No hay día que a la tumba del ídolo le falten flores, cerveza, marihuana y tabaco, como en ofrenda y agradecimiento por haber torcido tantas veces el destino de las balas para que sus amigos no corran su misma suerte.
El Frente ha sido desde el día de su muerte una especie de "protector". En el libro hay una anécdota que relate la corrida de Simón (amigo de Víctor), intentando escapar del arma de fuego de la policía, cuando éste se escapa de un enfrentamiento, se esconde casualmente en el cementerio. Tras correr unos metros cae rendido entre unas lápidas del campo santo; cuando logró salir del éxtasis de la corrida se dio cuenta que estaba rendido detrás de la tumba del Frente. Le rezó a su amigo muerto para que lo ayude a improvisar una salida, cuando mira hacia un costado, había una bicicleta abandonada como si el difunto la hubiera puesto ahí para que él pudiera escapar.
El periodismo de investigación, como sabemos, tiene
la particularidad (y el deber) de poder develar
cuestiones ocultas, desnudar injusticias e historias vedadas por algún tipo de poder a quien no le conviene, por diversos motivos, que algunos hechos salgan a la luz y pasen a dominio público. Hay secretos que a los “peces gordos” no los dejarán bien parados si el pueblo, si lo “popular” logra tomar conciencia de esas verdades impunes.
A Cristian Alarcón y a sus entrevistados a lo largo de esta historia no les ha importado a dónde queda parado el poder al que están denunciando: la policía bonaerense y su metralla siempre cargada, su odio indomable a los pibes chorros, su apaño a quienes venden drogas a los chicos de las villas y su implacabilidad al tener que gatillar. No son sólo los hechos los que se están desnudando aquí (que de todos modos a esta altura es una verdad que a muchos nos resulta conocida). Lo importante aquí, lo escalofriante, lo desmoralizante y desesperanzador es la crudeza de los detalles.
El autor nos habla de personas que se aprovechan del poder que les han adjudicado por ser miembros de un aparato público, pero también nos habla a través de unos pibes que están gritando que se sepan los pormenores de la supervivencia en un pasillo de la San Francisco. El no saber si volvés. El día a día de la pastilla, del alcohol, de las trompadas de los patovicas, del humillante detrás de rejas cuando el lugar que te tiene que contener y corregir, te convierte en un resentido, en un rencoroso y en una persona que solamente espera salir para volver a robar y para poder vengarse de los “ratis” del penal.
Los detalles nos hablan del amor de las madres por esos hijos a los que las drogas y las necesidades los fueron torciendo, del auto que pasa tirando tiros a mansalva porque al conductor “le pintó”, del virus del HIV y su contagio imparable entre los suyos, de despertarte día a día sabiendo que hoy vas a perder a un amigo, o a tu mamá, o a tu hermanito, porque la suerte está echada.
El poder cuestionable de la policía no solamente queda presentado por medio de muchos ejemplos ante el lector, además nos hacemos eco a medida que leemos de que en el fondo, se responde siempre a un círculo vicioso imparable entre policía – transa – ladrón y de vuelta al policía. El policía cubre al transa que le vende la droga al ladrón para destruirlo, este ladrón vive toda su vida robando porque necesita la dósis que le administra el transa y le tiene que pagar. El policía espera al pibe chorro cuando está yendo a robar para gatillarle en la cabeza.El Frente Vital es el fiel retrato de un anti-héroe. De un pobre pibe, y de un pibe pobre. Es el bueno y el malo que te hace entrar en contradicción con vos mismo, y te hace preguntarte: "¿Qué tan malo es? ¿Qué tan bueno pudo haber sido si mataba gente para pagarse la merca?". Simplemente la respuesta está ahí, en tratarse de una contradicción. No era un buen pibe, ni un pibe malo. Era víctima y victimario. Oprimido y opresor. Asesino y asesinado. Era un santo diabólico, o un adulto en cuerpo de niño, o un niño en cuerpo de adulto. Lo que sucede es que la pregunta está mal formulada. Qué tan malo es lo que pudo haber hecho no se discute. Ahora, ¿qué otra poca pudo haber hecho? Estos pibes no tienen más santo que la suerte, más protección que la de San Jorge. No tienen más ayuda que la de la misma gente de la villa, ni más dinero que el que pueden sacar de un rico al que se le vuelca el camión de La Serenísima en un cruce de puente. ¿Qué otra cosa puede hacer un pibe al que miramos con recelo cuando pasa por al lado con un carro de caballos? ¿Con qué mirada quieren que nos mire un pibe al que se le negó todo lo que nosotros tenemos? Un pibe de 17 años, carcomido por la droga y el desamparo, por la muerte y por el abandono, por la traición y la desolación de ser marginado todos los días durante toda su vida, un pibe que llora cuando le tocan a su vieja, que no conoce otra ley que la anti-ley, un pibe que va a la propia policía apañar a los dealers de su barrio, para seguir metiendo droga que hace que los chiquitos pierdan la cabeza. Un pibe que pide piedad debajo de una mesa y recibe un tiro en la cabeza. ¿Es un asesino? En fin, no sabemos.¿Quién sabe qué más era? ¿Quién sabe qué pudo haber sido? Si ya lo mataron.

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