jueves, 23 de julio de 2015

Immortalité

Cosas tontas.
Eso pensaba la mayoría de las personas que la rodeaban o la veían pasar.
Ella se dedicaba a cosas inútiles, definitivamente inútiles.
Usaba el paraguas sin tela de resguardo, para que puedan colarse los chubascos entre los alambres desprolijos. Ella podía así, mojarse la frente. 
Cuando llovía, ella juraba que respiraba.
Se proponía metas cortas en la vida. Contar las rejas de una Iglesia mientras recorría con las manos los barrotes, llegar a destino sin pisar las líneas blancas de la acera, caminar con los ojos cerrados hasta presentir que se acercaba la esquina. Y recién ahí... abrirlos.
Nunca se apuraba al caminar, ni si quiera cuando estaba corriendo. Coleccionaba barajas de poker que encontraba por la calle, casi místicamente. Las guardaba en una caja de madera de naranjo y las olía sin mirar, para asegurarse que aún conservaban el aroma inconfundible de la intemperie.
Imaginaba historias, en las que un niño persiguiendo un globo corría y corría hasta toparse con un anciano ciego de barba blanca, éste le prometía diez globos a cambio de poder ver a través de sus ojos, la vida por primera vez, y el niño decía que sí y ella reía, desconsolada.
Tenía un reloj de pulsera, sin agujas, lo llevaba a todas partes y lo miraba detenidamente durante algunos segundos, varias veces al día... como si estuviera llegando tarde a ninguna parte. En verdad, el reloj guardaba un secreto adentro que sólo ella conocía. Dentro de él había un minúsculo papel color amarillo con una inscripción que marcaba la hora exacta. "No corras", rezaba.
Fue al mar durante los cuatro meses que duró aquel verano. A la madrugaba abandonaba el campamento y se iba a la playa a juntar las estrellas de mar casi deshidratadas, atoradas en la arena de la orilla, despojadas de su hogar. En una oportunidad se le acercó un niño que había ido a llorar al muelle. Al observarla largo rato hacer su trabajo, arrojando una de las miles de estrellas marinas al océano, le preguntó qué hacía. Ella con una luz de plácton en la mirada y sin abandonar su tarea, le dijo: "Las estoy salvando".
El niño la miró y analizó el panorama. Luego, le replicó: "No tiene sentido. Son miles. No acabarás nunca. La próxima ola la volverá a desprender del mar y esa estrella tarde o temprano morirá". Ella se rió a carcajadas y con un bonito ejemplar de cinco puntas en su mano, le dijo: "¿Qué importaría eso? Para esta estrella, hoy es un día más de vida. Para ella, entre estas miles, hoy ha habido una diferencia". El niño en ese momento dejó de llorar en el muelle.
Ella asumía que las cosas no podían ser blancas o negras. Amaba los grises y todas sus variantes, Un poco más de claro, una pizca más de oscuro pero nunca era puramente blanco y jamás, nunca, (mucho menos), negro.
En una ocasión ella estuvo muy sana, pero en seguida se curó. Fue a una montaña y desde ahí se puso a cantar, lloró todo lo que quiso y tiró su reloj al precipicio cantando y llorando sin parar.
Una sola cosa lograba asustarla más que la vida misma y era la Nada. El avance inevitable e intrépido de la Nada. Luchaba contra esa Nada y así vivió sin dejar rastros, y así murió sin ni siquiera entender si había vivido. Nunca supo bien si la Nada la había carcomido o si ella misma era incluso, la Nada.
Cuando se fue, lloraron todos los puntos cardinales. Gritaron las nubes llenas de lluvia, y se escondieron todas las estrellas del mar. Los relojes se detuvieron y dejaron al fin, de correr. Estaban cansados de haber corrido cientos de años, de haber apurado, de haber retardado, de haber causado tantos desencuentros, de haber matado.
Cuando ella se fue, el niño encontró por fin su globo, antes de que llegue al anciano. Pero el viejo se quedó sin poder ver una vez más el mundo.
La lluvia cayó con desgano en paraguas coloridos que frenaban su impetuoso impacto. Las gotas tuvieron que pedirles permiso.
Los grises fueron de pronto o blancos o negros y las barajas olvidadas en las calles perdieron su olor a humedad.
Sólo quedó una cosa: La Nada.
Si me preguntan su nombre, aunque nunca me lo haya dicho, yo creo que ella se llamaba Inmortalidad.

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