sábado, 10 de julio de 2010

Días grises



El pueblo donde yo vivía por aquellos años, era muy extraño. Nunca llegué a entenderlo del todo, ni tampoco era mi intención hacerlo… Ni yo ni mi familia éramos muy aceptados en esos lugares y yo quería mudarme lo antes posible. Además era un lugar tan grande, que pasaban días enteros sin que vea a mis padres, porque al caminar por la ciudad me terminaba perdiendo. Y, ni hablar de los peligros a los que me enfrentaba a diario. Pasaba días enteros sin comer, noches enteras sin dormir, meses enteros sin tener noticias de mis hermanos y eso realmente no era una vida digna.
Cuando me encontraba con mis padres, les contaba mi situación. Me sentía solo, triste, hambriento y no encontraba un lugar a donde poder estar tranquilo. Siempre había muchachos que me molestaban, palos que caían en mi cabeza cuando grupos de jóvenes se enfrentaban en los callejones, y nunca podía dormir sin despertarme por el frío de la noche, o el rocío que caía sigilosamente sobre mi pelo. Realmente, lo que a mis padres les resultaba más extraño es que yo no pretendía ningún tipo de ayuda, sólo quería irme de ahí.
Es cierto que hice algunos amigos, pero muy pocos y muy extraños también. Eran amistades temporarias. Algunas duraban días, otras duraban horas y otras eran cuestión de minutos. Ese lugar definitivamente no me terminaba de convencer.
Un día, mi vida cambió por completo. Era marzo del año 1995 y yo caminaba muy tranquilo por una galería, cuando de repente sentí que algo dentro mío latía fuertemente. - Será el corazón del que tanto hablan?- me pregunté. Pero como de costumbre, no tenía a nadie a quien preguntarle semejante duda. Ella era hermosa, era perfecta, no le encontraba ni un defecto. Lo único que no me gustaba era que fuese más alta que yo, pero eso podría solucionarse. Intenté acercarme disimuladamente y cuando por fin logré que me viera, se tiró sobre mí y empezó a acariciarme. “¿Esto será amor a primera vista?” volví a preguntar, pero ella no me respondió. Estaba muy ocupada observando mi pelo y mis ojos.
Esa misma tarde, fuimos a pasear, nos conocimos, y nos llevamos bien, aunque en verdad no respondía a nada de lo que yo preguntaba, pero como es costumbre, tampoco me importaba demasiado. Con que me haya invitado a caminar con ella, me alcanzaba y me sobraba.
Días como ese, vivimos miles. Nos conocimos cada vez más y creo que comenzó a enamorarse de mí y yo de ella (digo creo porque nunca me respondió, si eso era estar enamorado realmente). Unos meses después, decidimos vivir juntos. Ella me preparaba la comida, la cama, organizaba nuestros paseos y hasta se encargaba de prepararme el baño cuando me deseaba asear. ¡Era la mujer perfecta! Los días con ella eran cada vez más entretenidos y especiales, pero en un momento que no supe bien distinguir, las cosas cambiaron. Nos veíamos poco en el día, cada uno estaba en sus cosas y ella tenía actitudes sospechosas. Hablaba mucho por teléfono encerrada en la pieza, recibía cartas y sonreía muy seguido. Había días que me pasaba por al lado y ni me miraba y otros que se olvidaba de cocinarme o al menos saludarme al despertar. Yo comencé a irritarme, pero, no pude decirle nada.
Sé que nada es color de rosa, o al menos lo escuché decir, pero tampoco imaginé que la vida podía ser tan cruel. Ella estaba saliendo con un hombre, lógicamente más alto que yo, era apuesto, tenía nariz pequeña, un hermoso pelo rubio y una sonrisa encantadora. Además pasaban horas y horas hablando, cosa que yo nunca pude hacer. Quizás por eso decidió reemplazarme. Y decidí fugarme y volver a las calles, a soportar nuevamente lo insoportable. La vida de un perro es bruscamente cruel.

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