“Cuando se murió New York quedó vacío. Por lo menos para mí se vació. New York era una fiesta con Andy Warhol. Apenas lo encontrabas, él ya sabía de todos los lugares adonde había que ir. Cada vez que me veía me decía: ‘La única, la única’, era una identificación total, como con Dalí. Gente que se reconoce como colega. Él era un par. Nunca más lo volví a sentir. Antes lo había sentido acá con Alberto Greco. Y antes, no sé, con Miguel Angel y Leonardo. Con Warhol los dos trabajábamos mucho en el mundo de las discotecas, de la frivolidad. Yo, cuando voy a un cóctel, estoy trabajando. Ésa es la idea: tomar toda la vida como trabajo y el trabajo como vida. Yo antes estaba mucho en la noche de Buenos Aires, ahora no tanto porque la noche cambió. Quizás él también hubiera dejado de salir porque New York cambió mucho. Antes ibas a las discotecas y era una maravilla, había gente viva en las vidrieras, encantadores de víboras, cosas que ves por la calle Florida, pero metidos en peceras. Warhol convirtió todo eso en oro y logró hacerse millonario en vida. Convirtió a la serie en original. Lo masivo, en único. Y las películas fabulosas que hizo, genial: la diversión de aburrir a la gente. Después salieron a decir que su obra no resistía la muerte del personaje. La verdad es que su muerte fue una pérdida brutal porque algo de su obra murió con él. Pero con el tiempo su obra renació. Mirá sus muestras ahora llenas de gente. Él se inventó a sí mismo. Como yo. La gente dice: ‘Marta Minujín es nada más que el personaje’. No, está toda la obra detrás. Todos somos artistas, el problema es darse cuenta. Ahora que me acuerdo, yo tenía una lata de sopa firmada por él pero alguien se la llevó.”
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